sábado, 21 de septiembre de 2019

Democracia para la emancipación: Boaventura de Sousa Santos frente a la problemática de un nuevo contrato social para el siglo XXI


0. Introducción[1]
  En Reinventar la democracia, reinventar el Estado, el sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos ensaya tanto una revisión histórico-crítica del papel jugado por el concepto de contrato social, de raíz europea, en las modernas sociedades latinoamericanas y periféricas, como un replanteamiento, desde su posición en la teoría crítica de las ciencias sociales, denominada sociología de las emergencias, para ampliar y reformular críticamente dicho contrato social, en pos de reponer a los movimientos sociales emancipatorios del planeta, como de rehabilitar y actualizar al contrato social mismo, notando e indicando sus deficiencias y sesgos epistemológicos, históricos y políticos, a la luz de un nuevo modo de definir la democracia, no ya como sistema representativo, sino en tanto que significante popular, como campo participativo de las mayorías. Propone asimismo buscar una conjunción entre democracia y Estado, ya que para él las democracias actuales no pueden servir a la emancipación de los países periféricos y semiperiféricos sin una importante participación del Estado en la sociedad.
  Se trata de postular un análisis que toma tres problemas claves en su lectura crítica: el contrato social moderno, la tensión entre capitalismo y democracia a partir del siglo XIX en occidente, y el papel innovador del Estado en la construcción de regímenes que ampliaron derechos durante buena parte del siglo XX, desde la posguerra hasta los años del neoliberalismo. En efecto, para el autor portugués, la emancipación de dichas zonas colonizadas  y dominadas durante siglos por Europa, no será posible sin una reinvención crítica, primero, de la misma noción de democracia, que implica en su seno, la reinvención de la noción o concepto de Estado, así como de una reinvención de las epistemologías situadas en sus propias geografías históricas, que supone desmontar el etnocidio y epistemicidio de los saberes y culturas encubiertos por el mismo sistema capitalista.
Dividiremos este trabajo en dos partes, dedicando la primera a anotar los argumentos principales de un escrito del sociólogo portugués, Reinventar la democracia, publicado originalmente en 1998 e incluido después como primera parte de su libro Reinventar la democracia, reinventar el Estado, mientras que en la segunda nos centraremos en la puesta a crítica de su posición frente a nuestra propia consideración de lo político en la actualidad.
1. El contrato social de la modernidad y sus problemas
1.1. Características del contrato social
 “El contrato social es el meta-relato sobre el que se asienta la moderna obligación política.” Así comienza el ensayo de Boaventura de Sousa Santos titulado Reinventar la democracia. Según sigue diciendo el autor, dicho contrato social encierra “una tensión dialéctica entre regulación social y emancipación social, tensión que se mantiene merced a la constante polarización entre voluntad individual y voluntad general, entre interés particular y bien común. El Estado nación, el derecho y la educación cívica son los garantes del discurrir pacífico y democrático de esa polarización en el seno del ámbito social que ha venido en llamarse sociedad civil. El procedimiento lógico del que nace el carácter innovador de la sociedad civil radica, como es sabido, en la contraposición entre sociedad civil y estado de naturaleza o estado natural.” (de Sousa Santos, 2004, p.5). Al tratarse de un contrato hecho entre iguales, el mismo se establece sobre la base de criterios de inclusión, a los cuales corresponden, lógicamente, criterios de exclusión y, de estos últimos, se destacan tres: “el primero se sigue del hecho de que el contrato social sólo incluye a los individuos y a sus asociaciones; la naturaleza queda excluida: todo aquello que precede o permanece fuera del contrato social se ve relegado a ese ámbito significativamente llamado "estado de naturaleza". La única naturaleza relevante para el contrato social es la humana, aunque se trate, en definitiva, de domesticarla con las leyes del Estado y las normas de convivencia de la sociedad civil. Cualquier otra naturaleza o constituye una amenaza o representa un recurso. El segundo criterio es el de la ciudadanía territorialmente fundada. Sólo los ciudadanos son partes del contrato social. Todos los demás -ya sean mujeres, extranjeros, inmigrantes, minorías (y a veces mayorías) étnicas- quedan excluidos; viven en el estado de naturaleza por mucho que puedan cohabitar con ciudadanos. El tercer y último criterio es el (del) comercio público de los intereses. Sólo los intereses que pueden expresarse en la sociedad civil son objeto del contrato. La vida privada, los intereses personales propios de la intimidad y del espacio doméstico, quedan, por lo tanto, excluidos del contrato.” (de Sousa Santos, 2004, p.6).
  En efecto, aunque “la contractualización se asienta sobre una lógica de inclusión/exclusión, su legitimidad deriva de la inexistencia de excluidos. De ahí que éstos últimos sean declarados vivos en régimen de muerte civil, La lógica operativa del contrato social se encuentra, por lc/tanto, en permanente tensión con su lógica de legitimación. (...)En cada momento o corte sincrónico, la contractualización es al mismo tiempo abarcadora y rígida: diacrónicamente, es el terreno de una lucha por la definición de los criterios y términos de la exclusión/inclusión, lucha cuyos resultados van modificando los términos del contrato. Los excluidos de un momento surgen en el siguiente como candidatos a la inclusión y, acaso, son incluidos en un momento ulterior. ¿Pero, debido a la lógica operativa del contrato, los nuevos incluidos sólo lo serán en detrimento de nuevos o viejos excluidos.” (de Sousa Santos, 2004, p.7). Las tensiones y antinomias surgidas durante la contractualización no se resuelven, en última instancia, por la vía contractual, sino que su gestión controlada depende de tres presupuestos metacontractuales: un régimen común de valores, un sistema común de medidas y un espacio-tiempo privilegiado. La perspectiva y la escala, combinadas con el sistema general de valores, aplicados al principio de la soberanía popular, permiten la democracia representativa: “a un número x de habitantes corresponde un número y de representantes. Un sistema común de medidas permite incluso, con las homogeneidades que crea, establecer correspondencias entre valores antinómicos. Así, por ejemplo, entre la libertad y la Igualdad pueden definirse criterios de Justicia social, de redistribución y de solidaridad. El presupuesto es que las medidas sean comunes y procedan por correspondencia y homogeneidad. De ahí que la única solidaridad posible sea la que se da entre iguales: su concreción más cabal está en la solidaridad entre trabajadores.” (de Sousa Santos, 2004, p.8). Finalmente, el espacio-tiempo privilegiado es el del Estado-nación. “En este espacio-tiempo se consigue la máxima agregación de intereses (...).La economía alcanza su máximo nivel de agregación, integración y cohesión en el espacio-tiempo nacional y estatal que es también el ámbito en el que las familias organizan su vidas y establecen el horizonte de sus expectativas, o de la falta de las mismas. La obligación política de los ciudadanos ante el Estado y de éste ante aquéllos se define dentro de ese espacio-tiempo que sirve también de escala a las organizaciones y a las luchas políticas, a la violencia ^legítima y a la promoción del bienestar general. (...)Por último, el espacio-tiempo nacional y estatal es el espacio señalado de la cultura en cuanto conjunto de dispositivos identitarios que fijan un régimen de pertenencia y legitiman la normatividad que sirve de referencia a todas las relaciones sociales que se desenvuelven dentro del territorio nacional; desde el sistema educativo a la historia nacional, pasando por las ceremonias oficiales o los días festivos.” (de Sousa Santos, 2004, pp.8-9).
  El contrato social, sobre cuyos principios se asientan la sociabilidad y la política de las sociedades modernas, pretende crear un paradigma que produzca cuatro bienes públicos: legitimidad del gobierno, bienestar económico y social, seguridad e identidad colectiva. Los mismos sólo se realizan conjuntamente; son, en efecto, los “distintos pero convergentes modos de realizar el bien común”. Su consecución se proyectó, históricamente, a través de una basta constelación de luchas sociales. “De esta prosecución contradictoria de los bienes públicos, con sus consiguientes contractualizaciones, resultaron tres grandes constelaciones institucionales, todas ellas asentadas en el espacio-tiempo nacional y estatal: la socialización de la economía, la politización del Estado y la nacionalización de la identidad. La socialización de la economía vino del progresivo reconocimiento de la lucha de clases como instrumento, no de superación, sino de transformación del capitalismo.” (de Sousa Santos, 2004, p.10). Entre los hitos en el largo camino de la socialización de la economía destacan “la regulación de la jornada laboral y de las condiciones de trabajo y salariales, la creación de seguros sociales obligatorios y de la seguridad social, el reconocimiento del derecho de huelga, de los sindicatos, de la negociación o de la contratación colectivas” (de Sousa Santos, 2004, pp.10-11). En él, se fue reconociendo que la economía capitalista “no sólo estaba constituida por el capital, el mercado y los factores de producción sino que también participan de ella trabajadores, personas y clases con unas necesidades básicas, unos Intereses legítimos y, en definitiva, con unos derechos ciudadanos.” (de Sousa Santos, 2004, p.11). A su vez, la socialización de la economía influyó grandemente en la configuración de la segunda constelación institucional, a saber, la politización del Estado, proceso asentado en su capacidad reguladora de la economía y para la intermediación en los conflictos. “El desarrollo de esta capacidad asumió, en las sociedades capitalistas, principalmente, dos formas: el Estado de bienestar en el centro del sistema mundial y el Estado desarrollista en la periferia y semiperlferia del sistema mundial. A medida que fue estatalizando la regulación, el Estado la convirtió en campo para la lucha política, razón por lo cual acabó politizándose. Del mismo modo que la ciudadanía se configuró desde el trabajo, la democracia estuvo desde el principio ligada a la socialización de la economía. La tensión entre capitalismo y democracia es, en este sentido, constitutiva del Estado moderno”, cuya legitimidad estuvo siempre vinculada al modo en que resolvió esa tensión. (Ibidem). “El grado cero de legitimidad del Estado moderno es el fascismo: la completa rendición de la democracia ante las necesidades de acumulación del capitalismo. Su grado máximo de legitimidad resulta de la conversión, siempre problemática, de la tensión entre democracia y capitalismo en un círculo virtuoso en el que cada uno prospera aparentemente en la medida en que ambos prosperan conjuntamente. En las sociedades capitalistas este grado máximo de legitimidad se alcanzó en los Estados de bienestar de Europa del norte y de Canadá.” (De Sousa Santos, 2004, pp.11-12).
  Finalmente, la nacionalización de la identidad cultural es el proceso mediante el que quedan territorializadas y temporalizadas las diferentes identidades de los distintos grupos, dentro del espacio-tiempo nacional. “La nacionalización de la identidad cultural refuerza los criterios de inclusión/exclusión que subyacen a la socialización de la economía y a la politización del Estado, confiriéndoles mayor vigencia histórica y mayor estabilidad.” (De Sousa Santos, 2004, p.12).
  Las tres constelaciones institucionales arriba señaladas tienen, sin embargo, dos límites, que sirven de contrapartida a las mismas: el primero es inherente a los propios criterios, por lo que “la inclusión siempre tiene como límite lo que excluye. La socialización de la economía se consiguió a costa de una doble des-socialización: la de la naturaleza y la de los grupos sociales que no consiguieron acceder a la ciudadanía a través del trabajo. Al ser una solidaridad entre iguales, la solidaridad entre trabajadores no alcanzó a los que quedaron fuera del círculo de la igualdad. De ahí que las organizaciones sindicales nunca se percataran, y en algunos casos sigan sin hacerlo, de que el lugar de trabajo y de producción es a menudo el escenario de delitos ecológicos o de graves discriminaciones sexuales y raciales. Por otro lado, la politización y la visibilidad pública del Estado tuvo como contrapartida la despolitización y privatización de toda la esfera no estatal: la democracia pudo desarrollarse en la medida en que su espacio quedó restringido al Estado y a la política que éste sintetizaba. Por último, la nacionalización de la identidad cultural se asentó sobre el etnocidio y el epistemicidio: todos aquellos conocimientos, universos simbólicos, tradiciones y memorias colectivas que diferían de los escogidos para ser incluidos y erigirse en nacionales fueron suprimidos, marginados o desnaturalizados, y con ellos los grupos sociales que los encarnaban.” (De Sousa Santos, 2004, pp.12-13).
  El segundo límite respecta a las desigualdades articuladas por el moderno sistema mundial. “Los ámbitos y las formas de la contractualización de la sociabilidad' fueron distintos según fuera la posición de cada país en el sistema mundial (...). “En la periferia y semiperiferia la contractualización tendió a ser más limitada y precaria que en el centro. El contrato siempre tuvo que convivir allí con el status; los compromisos no fueron sino momentos evanescentes a medio camino entre los pre-compromisos y los post-compromisos; la economía se socializó sólo en pequeñas islas de Inclusión situadas en medio de vastos archipiélagos de exclusión; la politización del Estado cedió a menudo ante la privatización del Estado y la casimundialización de la dominación política; y la identidad cultural nacionalizó a menudo poco más que su propia caricatura.” (De Sousa Santos, 2004, p.13).
1.2. El contrato social en crisis: postulación de su ampliación y adaptación en el siglo XXI
  El contrato social ha presidido la organización de la sociabilidad económica, política y cultural de las sociedades modernas. “Este paradigma social, político y cultural viene, sin embargo, atravesando desde hace más de una década una gran turbulencia que afecta no ya sólo a sus dispositivos operativos sino a sus presupuestos; una turbulencia tan profunda que parece estar apuntando a un cambio de época, a una transición paradigmática.” (ibidem).
  Su régimen común de valores no parece poder resistir la creciente fragmentación de una sociedad dividida “en múltiples apartheids y polarizada en torno a múltiples eges económicos, sociales, políticos y culturales. En este contexto, no sólo pierde sentido la lucha por el bien común, también parece ir perdiéndolo la lucha por las definiciones alternativas de ese bien. La voluntad general parece haberse convertido en un enunciado absurdo.” (De Sousa Santos, 2005, p.14). “Lo cierto es que cabe decir que nos encontramos en un mundo post-foucaultiano (lo cual revela, retrospectivamente, lo muy organizado que era ese mundo anarquista de Foucault). Según él, dos son los grandes modos de ejercicio del poder que, de modo complejo, coexisten: el dominante poder disciplinario, basado en las ciencias, y el declinante poder jurídico, centrado en el Estado y el derecho. Hoy en día, estos poderes no sólo se encuentran fragmentados y desorganizados sino que coexisten con muchos otros poderes. El poder disciplinario resulta ser cada vez más un poder indisciplinario a medida que las ciencias van perdiendo seguridad espistemológica y se ven obligadas a dividir el campo del saber entre conocimientos rivales capaces de generar distintas formas de poder. Por otro lado, el Estado pierde centralidad y el derecho oficial se desorganiza al coexistir con un derecho no oficial dictado por múltiples legisladores fácticos que, gracias a su poder económico, acaban transformando lo fáctico en norma, disputándole al Estado el monopolio de la violencia y del derecho. La caótica proliferación de poderes dificulta la identificación de los enemigos y, en ocasiones, incluso la de las víctimas.” (Ibidem).
  Los valores de la modernidad –justicia, igualdad, libertad, solidaridad, subjetividad, autonomía-, junto con sus antinomias, perviven, pero los mismos están sometidos a una “creciente sobrecarga simbólica: vienen a significar cosas cada vez más dispares para los distintos grupos y personas, al punto que el exceso de sentido paraliza la eficacia de estos valores y, por tanto, los neutraliza.” (Ibidem).
  “La turbulencia de nuestros días resulta especialmente patente en el sistema común de medidas.” El autor portugués señala que hay una “turbulencia por la que atraviesan las escalas con las que hemos venido identificando los fenómenos, los conflictos y las reacciones. Como cada fenómeno es el producto de las escalas con las que lo observamos, la turbulencia en las escalas genera extrañamiento, desfamiliarización, sorpresa, perplejidad y ocultación: la violencia urbana es un ejemplo paradigmático de esta turbulencia en las escalas. Cuando un niño de la calle busca cobijo para pasar la noche y acaba, por ese motivo, asesinado por un policía o cuando una persona abordada por un mendigo se niega a dar limosna y, por ese motivo, es asesinada por el mendigo estamos ante una explosión imprevisible de la escala del conflicto: un fenómeno aparentemente trivial e Inconsecuente se ve correspondido por otro dramático y de fatales consecuencias.” (De Sousa Santos, 2004, p.15). según parece, “nuestras sociedades están atravesando un periodo de bifurcación, es decir, una situación de inestabilidad sistémica en el que un cambio mínimo puede producir, imprevisible y caóticamente, transformaciones cualitativas.” Así pues, “la turbulencia de las escalas deshace las secuencias y los términos de comparación y, al hacerlo, reduce las alternativas, generando impotencia o induciendo a la pasividad. (...)La constante transformación de la perspectiva se da igualmente en las tecnologías de la información y de la comunicación donde la turbulencia en las escalas es, de hecho, acto originario y condición de funcionamiento. La creciente inter-actividad de las tecnologías permite prescindir cada vez más de la de los usuarios de modo que, subrepticiamente, la inter-actividad se va deslizando hacia la Inter-pasividad.” (De sousa Santos, 2004, pp.15-16).
  Por último, el espacio-tiempo nacional está perdiendo su primacía frente a la creciente competencia de los espacios-tiempo global y local. “El espacio-tiempo nacional estatal se configura con ritmos y temporalidades distintos pero compatibles y articulables: la temporalidad electoral, la de la contratación colectiva, la temporalidad judicial, la de la seguridad social, la de la memoria histórica nacional, etc. La coherencia entre estas temporalidades confiere al espacio-tiempo nacional estatal su configuración específica. Pero esta coherencia resulta hoy en día cada vez más problemática en la medida en que varía el impacto que sobre las distintas temporalidades tienen los espacios-tiempo global y local.” Lo que ocurre es que “aumenta la importancia de determinados ritmos y temporalidades completamente incompatibles con la temporalidad estatal nacional en su conjunto.” (De Sousa Santos, 2004, p.16). A este respecto, de Sousa Santos mencionará, especialmente, dos de dichos fenómenos, de gran actualidad: “el tiempo instantáneo del ciberespacio, por un lado, y el tiempo glacial de la degradación ecológica, de la cuestión indígena o de la biodiversidad, por otro.” (Ibidem). El tiempo instantáneo de los mercados financieros hace inviable cualquier deliberación o regulación por parte del Estado. El freno a esta temporalidad instantánea sólo puede lograrse actuando desde la misma escala en que opera, la global, es decir, con una acción internacional. El tiempo glacial, por su parte, es demasiado lento para compatibilizarse adecuadamente con cualquiera de las temporalidades nacional-estatales. De hecho, las recientes aproximaciones entre los tiempos estatal y glacial se han traducido en poco más que en intentos por parte del primero de canibalizar y desnaturalizar al segundo. Basta recordar el trato que ha merecido en muchos países la cuestión indígena o, también, la reciente tendencia a aprobar leyes nacionales sobre la propiedad intelectual e industrial que inciden sobre la biodiversidad.” (De Sousa Santos, 2004, pp.16-17).
  “Pero donde las señales de crisis del paradigma resultan más patentes es en los dispositivos funcionales de la contractualización social. A primera vista, la actual situación, lejos de asemejarse a una crisis del contractualismo social, parece caracterizarse por la definitiva consagración del mismo. Nunca se ha hablado tanto de contractualización de las relaciones sociales, de las relaciones de trabajo o de las relaciones políticas entre el Estado y las organizaciones sociales. Pero lo cierto es que esta nueva contractualización poco tiene que ver con la idea moderna del contrato social. Se trata, en primer lugar, de una contractualización liberal individualista, basada en la idea del contrato de derecho civil celebrado entre individuos y no en la idea de contrato social como agregación colectiva de intereses sociales divergentes. El Estado, a diferencia de lo que ocurre con el contrato social, tiene respecto a estos contratos de derecho civil una intervención mínima: asegurar su cumplimiento durante su vigencia sin poder alterar las condiciones o los términos de lo acordado. En segundo lugar la nueva contractualización no tiene, a diferencia del contrato social, estabilidad: puede ser denunciada en cualquier momento por cualquiera de las partes. (...) En tercer lugar, la contractualización liberal no reconoce el conflicto y la lucha como elementos estructurales del contrato. Al contrario, los sustituye por el asentimiento pasivo a unas condiciones supuestamente universales e Insoslayables. Así, el llamado consenso de Washington se configura como un contrato social entre los países capitalistas centrales que, sin embargo, se erige, para todas las otras sociedades nacionales, en un conjunto de condiciones ineludibles, que deben aceptarse acríticamente, salvo que se prefiera la implacable exclusión. Estas condiciones ineludibles de carácter global sustentan los contratos individuales de derecho civil.” Todas estas razones prueban que “la nueva contractualización no es, en cuanto contractualización social, sino un falso contrato: la apariencia engañosa de un compromiso basado de hecho en unas condiciones impuestas sin discusión a la parte más débil, unas condiciones tan onerosas como ineludibles. Bajo la apariencia de contrato, la nueva contractualización propicia la renovada emergencia del status”  (De Sousa Santos, 2004, p.18). “El status posmoderno es el contrato leonino.” (Ibidem).
  La crisis de la contractualización moderna es puesta de manifiesto en el actual predominio estructural de los procesos de exclusión sobre los de inclusión. “Estos últimos aún perviven, incluso bajo formas avanzadas que combinan virtuosamente los valores de la modernidad, pero se van confinando a unos grupos cada vez más restringidos que imponen a grupos mucho más amplios formas abismales de exclusión.” Dicho predominio se presenta bajo dos formas aparentemente opuestas: el post-contractualismo y el pre-contractualismo. “El post-contractualismo es el proceso mediante el cual grupos e intereses sociales hasta ahora incluidos en el contrato social quedan excluidos del mismo, sin perspectivas de poder regresar a su seno. Los derechos de ciudadanía, antes considerados inalienables, son confiscados. (...)El pre-contractualismo consiste, por su parte, en impedir el acceso a la ciudadanía a grupos sociales anteriormente considerados candidatos a la ciudadanía y que tenían expectativas fundadas de poder acceder a ella.” (De Sousa Santos, 2004, p.19). Aunque la diferencia estructural entre ambas formas es clara, a menudo el discurso político las confunde; “a menudo se presenta como post-contractualismo lo que no es sino pre-contractualismo. Se habla, por ejemplo, de pactos sociales y de compromisos adquiridos que ya no pueden seguir cumpliéndose cuando en realidad nunca fueron otra cosa que contratos-promesa o compromisos previos que nunca llegaron a confirmarse. Se pasa así del pre- al post-contractualismo sin transitar por el contractualismo.” (ibidem). En verdad, las exclusiones generadas por el pre- y el post-contractualismo “tienen un carácter radical e ineludible, hasta el extremo en que los que las padecen se ven de hecho excluidos de la sociedad civil y expulsados al estado de naturaleza, aunque sigan siendo formalmente ciudadanos. En nuestra sociedad posmoderna, el estado de naturaleza está en la ansiedad permanente respecto al presente y al futuro, en él inminente desgobierno de las expectativas, en el caos permanente en los actos más simples de la supervivencia o de la convivencia.” (De Sousa Santos, 2004, p.20).
 La crisis del contrato social viene siendo provocada por las transformaciones que, directa o indirectamente, atraviesan a los tres dispositivos señalados más arriba –la socialización de la economía, la politización del Estado y la nacionalización de la identidad cultural-, por lo que de Sousa Santos denomina el consenso liberal, en el cual convergen cuatro consensos básicos: el primero es el consenso económico neoliberal o consenso de Washington, referente a la organización de la economía global, el cual promueve la liberalización de los mercados, la desregulación, la privatización, el recorte del gasto social, “la reducción del déficit público y la concentración del poder mercantil en las grandes empresas multinacionales y del poder financiero en los grandes bancos transnacionales.” (ibidem). El segundo consenso es el del Estado débil, ligado al primero. “Para este consenso, el Estado deja de ser el espejo de la sociedad civil para convertirse en su opuesto. La debilidad y desorganización de la sociedad civil se debe al excesivo poder de un Estado que, aunque formalmente democrático, es inherentemente opresor, ineficaz y predador por lo que su debilitamiento se erige en requisito ineludible del fortalecimiento de la sociedad civil. Este consenso se asienta, sin embargo, sobre el siguiente dilema: sólo el Estado puede producir su propia debilidad por lo que es necesario tener un Estado fuerte capaz de producir eficientemente, y de asegurar con coherencia, esa su debilidad. El debilitamiento del Estado produce, por lo tanto, unos efectos perversos que cuestionan la viabilidad de las funciones del Estado débil: el Estado débil no puede controlar su debilidad.” (De Sousa Santos, 2004, p.21). El tercer consenso es el consenso democrático liberal, “la promoción internacional de unas concepciones minimalistas de la democracia erigidas en condición que los Estados deben superar para acceder a los recursos financieros internacionales. (...) El consenso democrático liberal descuida la soberanía del poder estatal, sobre todo en la periferia y semiperiferia del sistema mundial, y percibe las funciones reguladoras del Estado más como incapacidades que como capacidades.” (ibidem). Por último, el consenso liberal contempla un cuarto consenso básico, el de la primacía del derecho y de los tribunales. Se trata de un modelo que “confiere absoluta prioridad a la propiedad privada, a las relaciones mercantiles y a un sector privado cuya funcionalidad depende de transacciones seguras y previsibles protegidas contra los riesgos de incumplimientos unilaterales. Todo esto exige un nuevo marco jurídico y la atribución a los tribunales de una nueva función, mucho más relevante, como garantes del comercio jurídico e instancias para la resolución de litigios: el marco político de la contractualización social debe ir cediendo su sitio al marco jurídico y judicial de la contractualización individual. Es ésta una de las principales dimensiones de la actual judicialización de la política.” (De Sousa Santos, 2004, p.22).
  “El trabajo fue, en la contractualización social de la modernidad capitalista, la vía de acceso a la ciudadanía”, mediante la extensión a los trabajadores de los derechos civiles o políticos, o por la conquista de nuevos derechos propios, como el derecho al trabajo. “La creciente erosión de estos derechos, combinada con el aumento del desempleo estructural lleva a los trabajadores a transitar desde el estatuto de ciudadanía al de lumpen-ciudadanía.” (Ibidem).
  Ya sea por medio del pre-contractualismo o del post-contractualismo, la intensificación de la lógica de exclusión crea nuevos estados de naturaleza: “la precariedad y la servidumbre generadas por la ansiedad permanente del trabajador asalariado respecto a la cantidad y continuidad del trabajo, la ansiedad de aquellos que no reúnen condiciones mínimas para encontrar trabajo, la ansiedad de los trabajadores autónomos respecto a la continuidad de un mercado que deben crear día tras día para asegurar sus rendimientos o la ansiedad del trabajador ilegal que carece de cualquier derecho social.” (De Sousa Santos, 2004, pp.22-23). Por otro lado, cuando el consenso neoliberal habla de estabilidad, lo hace en detrimento de la inestabilidad de las personas, refiriéndose a las expectativas de los mercados, nunca a las de aquellas.
  Por todo lo anterior, el autor señala que se vive una crisis de tipo paradigmático, un cambio de época, lo que algunos autores han llegado a denominar desmodernización o contra-modernización.
1.3. El fascismo societal
  Lo que emerge, fruto del consenso liberal, es lo que, a partir de aquí, el autor llamará “fascismo societal”, afirmando que “No se trata de un regreso al fascismo de los años treinta y cuarenta. No se trata, como entonces, de un régimen político sino de un régimen social y de civilización.” (De Sousa Santos, 2004, p.26). Éste es un fascismo que “no sacrifica la democracia ante las exigencias del capitalismo sino que la fomenta hasta el punto en que ya no resulta necesario, ni siquiera conveniente, sacrificarla para promover el capitalismo.” (ibidem).
  Las principales formas de este nuevo fascismo, de la sociabilidad fascista, son: el fascismo del apartheid social, “la segregación social de los excluidos dentro de una cartografía urbana, dividida en zonas salvajes y zonas civilizadas.” (ibidem). El segundo es el fascismo del Estado paralelo; éste se caracteriza tanto por una acción estatal distanciada del derecho positivo, como por la utilización de una doble vara en la medicción de dicha acción, una para las zonas salbajes y otra para las civilizadas. En estas últimas, el Estado actúa democráticamente, como Estado protector, mientras que en las salvajes actúa de modo fascista, como Estado predador, “sin ningún propósito, ni siquiera aparente, de respetar el derecho.” (de Sousa Santos, 2004, p.27). La tercer forma de fascismo societal es el fascismo paraestatal, “resultante de la usurpación, por parte de poderosos actores sociales, de las prerrogativas estatales de la coerción y de la regulación social. Usurpación, a menudo completada con la connivencia del Estado, que o bien neutraliza o bien suplanta el control social producido por el Estado. El fascismo paraestatal tiene dos vertientes destacadas: el fascismo contractual y el fascismo territorial.” (Ibidem). “La cuarta forma de fascismo societal es el fascismo populista. Consiste en la democratización de aquello que en la sociedad capitalista no puede ser democratizado (por ejemplo, la trasparencia política de la relación entre representantes y representados o los consumos básicos). Se crean dispositivos de identificación inmediata con unas formas de consumo y unos estilos de vida que están fuera del alcance de la mayoría de la población.” (De Sousa Santos, 2004, p.28). Una quinta forma es el fascismo de la inseguridad, que consiste en “la manipulación discrecional de la Inseguridad de las personas y de los grupos sociales debilitados por la precariedad del trabajo o por accidentes y acontecimientos desestabilizadores.” (Ibidem). La sexta forma es el fascismo financiero.
1.4. Sociabilidades alternativas
  Ante los riesgos devenidos de la crisis del contrato social, es imperioso buscar nuevas alternativas de sociabilidad que neutralicen y prevengan dichos riesgos y abran el camino a nuevas posibilidades democráticas.
  Se trata de un desafío teórico-práctico complejo, ya que el consenso liberal y la sociabilidad fascista a la que da lugar, desorganizan y confunden a los actores, de modo en que no sólo se torna dificultoso definir al enemigo, sino que la propia resistencia y las reivindicaciones emancipadoras se enfrentan a la dificultad de tener que redefinir también a favor de qué y de quién se resiste. “Esta reivindicación debe reclamar, en términos genéricos, la reconstrucción y reinvención de un espacio-tiempo que permita y promueva la deliberación democrática.” (De Sousa Santos, 2004,p.33).
  Primero, hay que señalar que no basta con sugerir alternativas; éstas a menudo o suelen ser irrealistas, y por ello desacreditadas como utópicas, o cuando han sido más realistas, por ello son susceptibles de ser cooptadas por aquellos cuyos intereses podrían verse negativamente afectados por las mismas. Entonces, como afirma el autor, necesitamos un “pensamiento alternativo sobre las alternativas.” (ibidem). En segundo lugar, hace falta concebir y construir una epistemología crítica y situada, cuya trayectoria desde un punto de ignorancia a un punto de saber, equivale a partir del caos para llegar al orden en el análisis; una que “tenga como punto de ignorancia el colonialismo y como punto de llegada la solidaridad”, un conocimiento como emancipación (ibidem). “El paso desde un conocimiento-como-regulación a un conocimiento-como-emancipación no es sólo de orden epistemológico, sino que implica un tránsito desde el conocimiento a la acción.” Gracias a lo cual, el autor esboza el segundo de sus principios de la reinvención de la deliberación democrática: propone que, desde ahora, centremos la atención “en la distinción entre acción conformista y acción rebelde, esa acción que, siguiendo a Epicuro y Lucrecio denomino acción-con-clinamen.” Mientras que la acción conformista es aquella que reduce el realismo a lo meramente existente, la acción rebelde debe ser –e inspirarse en- una acción con clinamen. “Clinamen es la capacidad de desvío atribuida por Epicuro a los átomos de Demócrito: un quantum inexplicable que perturba las relaciones de causa-efecto. El clinamen confiere a los átomos creatividad y movimiento espontáneo. El conocimiento-como-emancipación es un conocimiento que se traduce en acciones-con-clinamen.” (De Sousa Santos, 2004, pp.33-34). Se vuelve imperioso un pensamiento turbulento, que sepa responder a este período de escalas en turbulencia; la acción con clinamen se define así no solamente como una acción creativa y espontánea, sino también como “la acción turbulenta de un pensamiento en turbulencia. (...) Este pensamiento puede redistribuir socialmente la ansiedad y la inseguridad, creando así las condiciones para que la ansiedad de los excluidos se convierta en motivo de ansiedad de los incluidos hasta conseguir hacer socialmente patente que la reducción de la ansiedad de unos no se consigue sin reducir la ansiedad de los otros.” (De Sousa Santos, 2004, p.34). Por último, el tercer principio consiste en pensar la reinvención de espacios-tiempo que consigan promover la deliberación democrática, en contrapartida al fascismo societal, que divide y disgrega a la sociedad en zonas salvajes y zonas civilizadas.
  Estos principios definen, en general, parte de la exigencia cosmopolita de reconstruir el espacio-tiempo de la deliberación política. El objetivo final consiste en la construcción y concreción de un nuevo contrato social, muy diferente al de la modernidad, que deberá ser mucho más inclusivo, contemplando en su interior no ya sólo a los hombres y a los grupos sociales, sino que incluya, además, a la naturaleza; asimismo, será uno mucho más conflictivo, que tendrá que seguir criterios tanto de igualdad como de diferencia; en tercer lugar, no puede quedar limitado él mismo, como hasta entonces lo era, limitado al espacio-tiempo nacional, sino que ha de incluir los espacios-tiempo local, regional y global; finalmente, este nuevo contrato no se basa en una distinción clara y tajante entre Estado y sociedad civil, economía, cultura y política, o entre público y privado: “la deliberación democrática, en cuanto exigencia cosmopolita, no tiene sede ni forma institucional específicas.” (De Sousa Santos, 2004, p.35). Y, ante todo, debe poder neutralizar la lógica de la exclusión impuesta tanto por el pre-contractualismo como por el post-contractualismo, allí donde dicha lógica resulta más virulenta, a través de dos cuestiones, el redescubrimiento democrático del trabajo y el Estado como novísimo movimiento social.
  El redescubrimiento democrático del trabajo depende de tomar en cuenta tres condiciones: la reconstrucción social de la economía, mediante un aumento en los flujos de trabajadores de las periferias al centro, para reducir la competencia internacional entre trabajadores, así como promover medidas que desnacionalicen la ciudadanía de los inmigrantes, garantizando tanto la igualdad como el respeto de la diferencia, transformando el reparto del trabajo en un reparto multicultural de la sociabilidad. La segunda implica el reconocimiento, para su inter-complementación, del polimorfismo del trabajo, es decir de las diversas formas que ha venido adquiriendo el mundo del trabajo, irreductible a las que tomara, por ejemplo, en el fordismo. La ercera consiste en la separación entre trabajo productivo y economía real, por una parte, y capitalismo financiero o economía de casino, por la otra, lo cual implica a su vez la puesta en ejercicio de regulaciones al poder financiero mismo. Asimismo, el sindicalismo tiene que revalorizar y reinventar la tradición de solidaridad y reconstruir sus políticas sociales antagónicas, para ampliar así su abanico de solidaridad y adaptarse para responder a las nuevas condiciones de exclusión social y de explotación. Deberá ser “un sindicalismo más político, menos sectorial y más solidario; un sindicalismo con un proyecto integral de alternativa de civilización, en el que todo esté relacionado: trabajo y medio ambiente, trabajo y sistema educativo, trabajo y feminismo, trabajo y necesidades sociales y culturales de orden colectivo, trabajo y Estado de bienestar, trabajo y tercera edad, etc. En suma, su acción reivindicativa debe considerar todo aquello que afecte a la vida de los trabajadores y de los ciudadanos en general.” (De Sousa Santos, 2004, p.42). Por su parte, cuando el autor se refiera a repensar al Estado como un “novísimo movimiento social” va a concebir al mismo como un campo ampliado de lo social, rechazando tanto las concepciones liberales como las de raigambre marxista del Estado. Nos enfrentamos así a que “bajo la denominación "Estado" está emergiendo una nueva forma de organización política más amplia que el Estado: un conjunto híbrido de flujos, organizaciones y redes en las que se combinan y solapan elementos estatales y no estatales, nacionales y globales. El Estado es el articulador de este conjunto.” (De Sousa Santos, 2004, p.43). Es de esa manera que los bienes públicos son objeto de luchas y negociaciones permanentes, no ya producidos por el Estado, sino coordinados en red por él desde distintos niveles de superordenamiento. Esta nueva organización política no tiene centro: “la coordinación del Estado funciona como imaginación del centro.” (Ibidem).
  Si la democracia entendida hasta ahora como democracia representativa ya no sirve para responder a la actual crisis de la contractualización debido al consenso liberal introducido poco a poco en su interior de diversas formas, ésta debe transformarse en una democracia que sea, además de representativa, sobre todo participativa. Para lograr tal propósito, “el Estado experimental debe (...) asegurar no sólo la igualdad de oportunidades entre los distintos proyectos de institucionalidad democrática, sino (...) unas pautas mínimas de inclusión que hagan posible una ciudadanía activa capaz de controlar, acompañar y evaluar la valía de los distintos proyectos.” (De Sousa Santos, 2004, p.49).
2. Algunas críticas a la postura de de Sousa Santos
  El análisis del sociólogo portugués resulta, sin duda, esclarecedor a la luz de las actuales problemáticas que quedan por resolver en el presente y futuro inmediato, tanto global como regional y localmente. En él, las visiones de corte contractualista son puestas a prueba de los problemas histórico-políticos del contexto internacional; su nueva concepción acerca del Estado es clave tanto para comprender el papel jugado en la política, entendida como lucha por la hegemonía de los intereses de grupos sociales en pugna, por los Estados de bienestar y desarrollistas, así como para reapropiarnos de lo que de útil y práctico tuvieron, hasta su virtual desintegración entre los 80 y 90, con la consolidación de las teorías neoliberales de la economía, la política y la cultura. Supo demostrar cómo el neoliberalismo se introdujo engañosamente en el discurso político y en los planes de contención sociales de los últimos decenios.
  Es sin embargo criticable su balance de cómo el espacio-tiempo nacional y estatal ha venido siendo desplazado por otros, como el instantáneo tiempo digital de Internet, o el glacial tiempo del medio ambiente. Pero, como cualquiera puede comprobar hoy en día, las nuevas tecnologías y los nuevos desarrollos en red a través de las mismas han servido –y siguen sirviendo- a un “novísimo movimiento social”, aunque voluble y complejo, como tienden a decantarse y a transformarse en una novísima forma de hacer política o, incluso, como una novísima forma de lo político en tanto tal. Y, por extensión, tanto reorganizan lo político como las formas culturales, de la comunicación social, de la participación colectiva y de la interacción humana, por lo cual la crisis de tipo paradigmático pasa por ser, hoy más que nunca, y con el retorno de los regímenes conservadores en la región latinoamericana, más una situación de quiebre o de dislocación, del contrato social, moderno o ampliado.
  Por otra parte, la reinvención teórico-práctica del espacio-tiempo social tiene sus dificultades, tanto de orden comprensivo como en su momento de aplicación real. Si a nivel teórico, se nos exige un conocimiento emancipador que tanto parta de un caos epistemológico como arribar a un supuesto orden del saber situado, lo cual implica, al menos hasta cierto punto, ir declinando la creatividad y espontaneidad de la acción social y política, la “acción-con-clinamen” a los nuevos criterios de ordenación y organización de dicho conocimiento, por más igualitarista y respetuoso de la diferencia que sea. En definitiva, lo que se pretendía como “acción turbulenta de un pensamiento en turbulencia”, debe ceder su lugar a un “pensamiento organizado para una acción ordenada”. En lo que al orden práctico se refiere, sigue predominando la guía teórica por sobre la acción práctica, con el detalle de que el sujeto de la emancipación se mueve entre aquel asignado, significantemente, a los trabajadores, y sus organizaciones sindicales, incluyendo a los movimientos sociales en la concepción ampliada del Estado como Estado experimental, en una más amplia experimentación política, postulación provisional, creemos, de un paradigma político y social nuevo; aún así, el papel de los movimientos sociales sigue sin ser definido, o es reducido a su tensión, agónica o antagónica, con el campo estatal, o se lo pone en simetría con los mismos movimientos sindicales, sin conseguir diferenciarlos.
  Es interesante revisar y destacar la redefinición del concepto de Estado, que podríamos desglosar en los siguientes tres enunciados: 1) el Estado, como reflejo de la sociedad civil, es el espacio-tiempo último de la disputa política y del cambio social; 2) el Estado experimental, como lugar fundamental –y casi podríamos decir fundante- de una práctica más amplia, denominada experimentación política, es una herramienta o instrumento disputado por los sectores en pugna, ya sea para su utilización antidemocrática y antipopular por las corporaciones financieras y las elites, siendo su resultado el Estado predador y su correlato jurídico, económico y social la sociabilidad fascista, ya para su empoderamiento, igual de instrumental, popular y democrático, por los que, hasta entonces, estaban excluidos, es decir fuera, declarados en “régimen de muerte civil”, negados e invisibilizados por el contrato social, pero cuya meta final no es tanto redefinir y adquirir nuevos derechos, como lo sigue siendo, aún en su versión ampliada por la deliberación democrática, su inclusión en un contrato social materialmente conflictivo y en permanente ampliación, pero formalmente estático y basado todavía en la idea del contractualismo moderno del paso del estado de naturaleza al estado civil, con su consiguiente tensión permanente. Y 3) como “componente del espacio público no estatal”, el Estado podría definirse como el límite del campo de lo público frente al mundo privado individual, y como contratara a la ciudadanía como límite privado e individual al campo público, definido y delimitado en principio por el Estado.
  Si, como en alguna parte dice el autor, el Estado resurge hoy bajo una serie de prácticas que exceden al Estado en su seno y que, por lo tanto, incluyen también al campo público no estatal, y si afirma además que el nuevo Estado de bienestar debe coordinar desde distintos niveles de superordenamiento la producción del bien común, en conjunto con los diferentes actores y movimientos no estatales, ello implica que la posibilidad de seguir concibiendo al mismo Estado como instrumental o herramienta se torna problemático, ya que su misma existencia como significante vacío en la disputa por su significado, vuelve factible de introducir el dilema neoliberal –la autoproducción de su propia debilidad, en contraposición con su fuerte presencia como mecanismo administrativo para la eficiencia de los mercados- nuevamente en su interior. Si la desorganización y puesta en crisis del viejo contrato social moderno, y su transformación en mero contrato civil e individual, tornaba difícil identificar tanto contra quienes y qué se resistía y a favor de qué y de quiénes, ello gracias a la sobrecarga simbólica de los valores de la modernidad en tanto que significantes vacíos, no dejan de serlo, por su relación con los mismos, los elementos que sirven de base para la nueva práctica política en tanto conocimiento para la emancipación, es decir el Estado y la democracia.
  No por nada habla el autor de –y por ello titula su libro- reinventar la democracia, reinventar el Estado: la primera, en tanto que desplazando su carácter formal y representativo por las nuevas formas participativas de la ciudadanía; el segundo, recuperando el sentido que tuvo para las teorías del Estado de bienestar y desarrollistas. Pero la exigencia de reinvención de ambos términos sigue siendo problemática (si bien de Sousa Santos acabe cruzando “democracia” y “revolución” afirmando que se tiene que democratizar la revolución y, entonces, revolucionar la democracia ). El racionalismo epistémico de su planteamiento vuelve sospechosa la invitación del autor portugués a desplazar las epistemologías imperantes en las ciencias sociales y de la política de origen eurocéntrico, etnocidas y epistemocidas, por una epistemología de las emergencias, que sigue buscando diferenciar el caos del orden en el seno de su concepción metodológica, reduciéndolos a momentos en el conocimiento. ¿Quién podría esperar que el caos epistemológico tendiera a organizarse o a desaparecer después del momento de orden? ¿Por qué deberíamos, una vez comprendida la necesidad de abandonar esquemas epistemológicos eurocéntricos, colonialistas y antipopulares, continuar sosteniendo una concepción cientificista del nuevo hacer-saber sobre el cual basáremos las nuevas perspectivas sobre el quehacer humano de nuestros pueblos y nuestras colectividades? En otras palabras, ¿deberemos seguir concibiendo las problemáticas sociales y políticas desde supuestas ciencias sociales y de la política, o tendremos que abandonar los afanes de llamar ciencia a los nuevos saberes y conocimientos que pujamos por crear? Si es menester que una acción turbulenta sea la base para un pensamiento turbulento, su carácter espontáneo, que los define, no puede quedar mensurado a la razón política. Falta una articulación autónoma desde las mismas periferias y semiperiferias, que no sólo han de refutar, rebatir, disputar y deconstruir los saberes y conocimientos hegemónicos y etnocéntricos, también es imperioso que, si quieren –y si también nosotros queremos- acabar con la contractualización del consenso liberal o neoliberal, con sus retornos al régimen de la jerarquía y del status, y neutralizar y disolver las diferentes formas de fascismo societal, construir, crear y pensarse desde su interior, llámense los resultados epistemología, conocimiento o sistema, pero que, en definitiva, siguen teniendo al predominio del rasgo teórico sobre el práctico como obstáculo para llevar a feliz realización todas sus intenciones. En cambio, pensamos que teoría y práctica son dos expresiones o lados de una misma cosa, fenómeno, situación o ser, en la acción en tanto que combinación de un hacer y de un actuar particulares, en la teoría en tanto que su comprensión de la conexión de ese hacer con aquel actuar, de ciertas acciones con ciertas circunstancias, de ciertos principios con ciertas consecuencias, de ciertos discursos con determinados contextos de su producción, reproducción, distribución, recepción y respuesta por otros discursos y contextos equivalentes, etc.
  Si la repolitización –que podríamos llamar también repoliticidad o repolítica- de las prácticas de los movimientos sociales, culturales y políticos, de la que habla Boaventura de Sousa Santos se sostiene en lo que él llama experimentación política, también se la puede contraponer con otra postulación de dicha repolitización, como por ejemplo la teorización de la exposición política que, en diferentes textos y momentos, utiliza la filósofa feminista queer estadounidense Judith Butler, en obras como Vida precaria: el poder del duelo y la violencia, o en Cuerpos aliados y lucha política: hacia una teoría performativa de la asamblea. Centrando su análisis más en las historias particulares –ya sea individuales o colectivas- de experiencias complejas, la autora se refiere a la necesidad de reconocernos como seres que cohabitamos un mundo precario en constante vulnerabilidad, distribuida la misma subrepticiamente por el poder soberano y la gobernabilidad del grupo de poder que se encuentre en el gobierno y, por lo tanto, como seres corporeizados e interdependientes, expuestos cada vez que actuamos en pos de nuestra libertad de reunión a la violencia institucional, incluso a la posibilidad de la muerte. La espontaneidad que se da cada vez que el pueblo ejerce su derecho a la aparición en el espacio público, en la asamblea o en una marcha por derechos, o para oponerse a determinadas políticas o a determinado gobierno, o al mismo Estado, para poner o deponer a un gobierno, para disolver a un Estado, etc.
  Si en el caso de la exposición política, la teoría impera por sobre la práctica, ello es merced al reconocimiento de que la teoría se da y se construye conjunta y simultáneamente, con la práctica.
  Más que en una sociabilidad fascista y pluralista, que divide a la sociedad civil en zonas salvajes y zonas civilizadas, mi perspectiva es que vivimos en un estado de excepción, es decir, en una situación en la cual la política como práctica legítima, y ésta a su vez como exigencia y ejercicio de la acción humana tanto para la convivencia como para su rechazo, en el conflicto y en el consenso, ha desaparecido del seno del sistema capitalista, así como para sus actuales detentadores en el gobierno nacional, que practican una suerte de despolítica, una despolitización o despoliticidad del mundo público, que podríamos denominar provisionalmente desfantocracia –es decir un término que designa tanto la desaparición de un poder como la legitimidad o legitimación de algún otro para desaparecerse a sí mismo o para desaparecer a otros-, creando campos donde el derecho está ausente en su ejercicio, y donde ciertos sectores y poblaciones objetivo quedan por fuera de la ley, habilitando la violencia institucional. Una democracia que contempla en su interior su propia suspensión, en casos excepcionales, como una crisis económica o política, para su propia conservación, cada vez que las calles, pública o privativamente, se convierten en campos de lucha y de disputa agónica y antagónicamente, con la emergencia de nuevas formas de la acción política, social y cultural, que han llegado a disolver, en ciertos casos, la diferenciación entre lo público y lo privado, coincidiendo en este punto con de Sousa Santos. Nuestra tarea, sin embargo, implica no sólo reconocer estos problemas, sino también responsabilizarnos de nuestra propia condición como seres interdependientes y expuestos, dar lugar a los excluidos como a los incluidos, poniéndolos en igualdad de condiciones, así como de reconocer y responsabilizarnos del goce y de su carácter de exceso, otro de los rasgos constitutivos, como su ser político e histórico, del ser humano, sin desmerecer, en su reconocimiento jurídico y político a los grupos disidentes, las diversidades sexuales, los pueblos originarios y las comunidades naturales –plantas, animales, por ejemplo-, dejándoles decidir a ellos bajo qué criterios, con qué discursos, en qué lenguas, con qué nombres y con qué derechos se incluyan o no al contrato, comunitario, democrático y popular, debatiendo entre todes si siguen siendo la forma y el contenido de un contrato social, moderno o ampliado, las aristas necesarias, suficientes y justas para la turbulenta y mutante colectividad del presente, tanto global y regionalmente, pero que debemos comenzar desde lo local, en nuestras propias periferias y semiperiferias, ya sea para erigir un nuevo universal parcial, ya para pararnos al mismo nivel de otros particulares, disputando la hegemonía del plural y abierto campo de lo político, en un mundo vivo y despierto.
  Bibliografía:
  Agamben, Giorgio. Estado de excepción. Homo sacer II. Traducción de Flavia Costa e Ivana Costa. Buenos Aires: Adriana Hidalgo editora. 2005.
  Agamben, Giorgio et al. Democracia, ¿en qué Estado? Traducido por Matthew Gajdowskí. Buenos Aires: Prometeo Libros. 2010.
  Butler, Judith. Cuerpos aliados y lucha política: hacia una teoría performativa de la asamblea. Traducción de María José Viejo. Bogotá: Editorial Planeta Colombiana S.A. 2017.
  _____________ Vida precaria: el poder del duelo y la violencia. Buenos Aires: Paidós. 2006.
  De Sousa Santos, Boaventura. Reinventar la democracia, reinventar el Estado. Quito: Ediciones Apya-Yala. 2004.



[1] Trabajo final para el curso Filosofías para la emancipación, dictado por el prof. Sebastián Artola, realizado en COAD, Rosario, entre el 4 de junio y el 10 de septiembre de 2019.

viernes, 26 de abril de 2019

Los límites del neoliberalismo: ¿por qué no al camino macrista?

El pasado domingo 21 de abril, con las elecciones municipales, provinciales y presidenciales a la vuelta de la esquina, Viviana Canosa le hizo una nota en la TV Pública a Mauricio Macri, quizás con la esperanza la una de respuestas, el otro de repuntes en las encuestas para su candidatura. De más está decir que la entrevista, arreglada como estuvo, fue todo un fiasco. Incluso, cuando la periodista, con sus sesgos evidentemente oficialistas, no pudo evitar interrogar al presidente sobre la pobreza en el país, su respuesta fue de lo más deplorable, al punto que los espectadores no supimos si se trataba de una broma de mal gusto o de un diálogo de sordos: en efecto, cuando a Macri le preguntó qué podía decir acerca de la actual situación nacional y local que gran parte de la población sufre en la pobreza, el presidente tuvo la desfachatez de responder que, en todo caso, los chicos pobres que van a la escuela, tienen que agradecerle a él y a su camarilla de ladrones, que pueden caminar sobre calles pavimentadas y que ya no conviven más con la mierda. Traducción: en otras palabras, que el pavimento de la calle, aún no siendo comestible, podría ser alimento para los pobres. Cuando, casi finalizando la entrevista, la periodista le preguntó hacia dónde vamos si él fuese reelecto, respondió que el camino económico actual, el único posible según su mirada, es el correcto; "cuando la gente piensa en la Argentina, piensa en China y en Estados Unidos", dijo. Traducción: cuando los sectores medios, y algunos intelectuales, tanto nacionales como extranjeros, piensan en la Argentina, se imaginan un país que guarda ciertas similitudes con la República Popular China, un país con rasgos claramente imperialistas, donde la saga dinástica y monárquica del viejo imperio ha sido reemplazada, secuencialmente, por un paradigma republicano liberal primero -de 1912 a 1925-, por la Revolución de Xinhay de Sun Yatsen, reemplaza ésta a su vez por un nacionalismo fascista, el ejercido por Zhang Kayzhek, y, finalmente, por el régimen comunista, cuyos únicos años de relativa cercanía con su pueblo fue de cortísima duración, de 1950 a 1966, cuando, con el Salto Adelante de 1953 primero y la Revolución Cultural de 1963-69 después, acabó por quedar cristalizado y se degradó al puro militarismo y la dictadura de partido único. Finalmente, y desde 1976, con la muerte de Mao, desde entonces hasta 1997, y de ahí hasta la actualidad, Deng Xiaoping llevó a China lo que acabó por denominarse capitalismo mixto, que es solo un nombre elusivo y estéticamente rentable para un régimen totalitario, donde el imperialismo económico, la élite del partido comunista y los grandes empresarios, confluyen para oprimir, como ya es clásico para un pueblo con más de tres mil años de historia, a sus habitantes, que no tienen derechos garantizados. Y Estados Unidos: un país que, gobernado hoy en día por Trump, soporta un régimen que ya nadie sabe bien qué nombre ponerle, populismo de derecha, fascismo, racismo yanky, pero en el cual el complejo tecnológico-mediático-militar-imperialista encuentra, si no su representante más acérrimo, al menos su mejor excusa para que nadie siga pensando que bajo su rostro se esconden otros intereses, con un muro al sur del país que solo aumenta las presiones internacionales a su alrededor.
Ahora, por otra parte, y por falta de tiempo, no nos dedicaremos a esbozar los orígenes del neoliberalismo, que en un futuro todo aquel que se digne llamarse a sí mismo intelectual comprometido con la realidad de la región estará obligado a realizar, pero si ahora nos dedicamos a esbozar sus límites, es porque entre estos y sus orígenes, una fina línea separa a ambos, a saber que los orígenes hablan de una arqueología o genealogía del pasado al presente, mientras sus límites deben mostrar, concomitantemente, cómo el presente no está lejos del futuro.
Si hemos llegado a pensar que mecanismos e instrumentos propios de los regímenes dictatoriales, autoritarios y totalitarios del siglo XX confluyen y resurgen, sintomáticamente, en el actual régimen de gobierno neoliberal, ello se debe a cómo la violencia económica, racial, social y política, por ejemplo, se manifiesta tanto desde los miembros y la estructura de la coalición gobernante, en el PRO y Cambiemos, como desde sus voceros intelectuales y mediáticos, con diferentes poblaciones objetivo: los pueblos aborígenes, el peronismo, las izquierdas, los trabajadores, los docentes de la educación pública, comerciantes y empresarios de PIMEs, entre otras, con una rama del paradigma biopolítico, a saber, la necropolítica, que arroja a la muerte sistemática a los sectores sociales que no pueden subsistir por sí mismos. No es lo mismo sobrevivencia que supervivencia; todo ser viviente, vegetal, animal o humano, nace en el mundo con ciertas condiciones y capacidades de supervivencia; tanto en la naturaleza como en la sociedad humana, deben estar aseguradas condiciones mínimas para la mínima supervivencia, lo que Aristóteles llamaba los bienes exteriores, ya que para el filósofo, para que un hombre pudiera alcanzar la virtud y ser virtuoso, para poder ejercer sus virtudes morales e intelectuales, primero necesitaba tener asegurados bienes exteriores como alimento, vestimenta o familia, por ejemplo. Pero sin medios que aseguren condiciones mínimas de supervivencia, a todo ser viviente lo único que le queda es sobrevivir, ya sea porque su medio de subsistencia se ve amenazado por la alteración natural o artificial de su entorno, porque una catástrofe medioambiental o social y económica lo arroja a la arbitrariedad de una realidad incontrolable, a la lucha por la vida y por la misma subsistencia. Y cuando esto ocurre, no hay selección natural o lucha por la especie que valga para justificar una catástrofe económica, social, cultural y política como lo representa el neoliberalismo de Cambiemos. Ello sin ignorar, por supuesto, otros regímenes cercanos espacial e ideológicamente al del macrismo, como el impulsado en sus diferentes fases tras el golpe al gobierno de Dilma Roussef en Brasil, primero por la gestión títere de Michel Temer, ahora por una especie de neofascismo por Bolsonaro; un retorno del conservadurismo en Chile o el mismo régimen racista y panamericanista e imperialista de Donald Trump desde Estados Unidos.
Por fuerza es imperioso buscar los orígenes de este retorno regional de los regímenes conservadores, que también en Europa expande sus tentáculos. Ya no se trata de explicar qué ocurrió o quiénes lo llevaron a cabo, sino del por qué y el cómo, el de dónde y desde cuándo. Tiene Cambiemos, sus orígenes, sus filiaciones, creemos, que en el pensamiento revanchista de la libertadora del 55, la doctrina económica y de seguridad nacional de la última dictadura cívico-militar del 76, así como en el golpe de mercado del 89 al alfonsinismo y los principios económicos, políticos y culturales del menemismo de los 90, con su consolidación durante el gobierno de De la Rúa entre el 99 y el 2001. Pero también implica haber fundido en su seno elementos tanto de dictaduras y democracia, por no ser, en su aplicación, efectivamente ni una democracia plena, porque lo es solo de forma, siendo la misma vaciada de su sentido y principios tradicionales, ni tampoco, a pesar de adoptar sus mecanismos represores contra marchas populares mediante la instrumentalización del aparato policial, una dictadura, porque ha suspendido de hecho, aunque quizás no de derecho, las garantías y libertades constitucionales. pero si hecho y derecho ya no son distinguibles, si legalidad e ilegalidad, legitimidad e ilegitimidad ya no son contrapuntos opuestos de disyunciones equivalentes y válidas, sino solo expresiones contradictorias de otra cosa cuyo nombre se desconoce y cuyas categorías suelen ignorarse, lo que queda es un estado de excepción, a saber, un estado de cosas en el cual lo legal, la constitución, los códigos y sus leyes subordinadas, están suspendidos en su aplicación, quedando inoperantes, siendo convertidos en puras formas de ley, mientras se aplica y surge en una especie de reglamentación arbitraria y momentánea, una fuerza de ley, en forma de decretos discrecionales. Un estado de excepción que queda revestido por nombres tales como estado de necesidad o de urgencia, mientras el pueblo y la oposición buscan hacer patente el estado mismo de excepción como estado de emergencia: emergencia alimentaria, económica, ambiental, tarifaria y social.
Empero, si la famosa grieta que el gobierno ha querido imponer en el imaginario social y cultural en los últimos tres años y medio va diseminándose en su cada vez más improbable confirmabilidad, como una pura categoría de política imaginaria, por otra parte, las marchas populares y las voces de intelectuales y opositores han intentado detener la violencia estatal y gubernamental que el gobierno utiliza para denostar y violentar derechos de la población. Una población política y económicamente expuesta, rebelada contra su precarización; invisibilizada pero que, mientras algunos pujan por su desaparición real y virtual, otros -y el pueblo mismo en su conjunto- luchan por su derecho a reaparecer y repolitizar los espacios públicos.
El neoliberalismo, que en su crítica por izquierda pero también en su aplicación, desde la derecha en el poder, muestra sus límites: formador de subjetividades atomizadas y de sujetos emprendedores de sí mismos, con paradigmas económicos que reducen los intercambios humanos a su absorción total por los mercados financieros, que no es más mercantilista sino que se ha vuelto mercadista, ya no hay para él capitalismo mercantil, como había durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, sino una lógica financiera sostenida en los discursos del marketing, para el cual la vida ya no vale nada, mientras vivir se torna imposible y absolutamente irrentable, demasiado cara la vida para seguir siendo digna, demasiado caro vivir, a menos que se acepte vivir sobreviviendo en condiciones de miseria. 
 Recuerda la aptitud del presidente, tomada por algunos periodistas e intelectuales del propio stablishment como infantil, a aquella particular promesa de campaña durante 2015 de que, cuando se equivocase, escucharía a los demás para corregirse a sí mismo. Sócrates y Confucio habrían admirado semejante aptitud, sino fuese que tal declaración habría de resultar ser falsa. En efecto, en sus Analectas, dice Confucio: «Un caballero que carece de gravedad no tiene autoridad y lo que ha aprendido es superficial. (...) Cuando comete una falta no tiene reparos en corregirla.» (Confucio, 1997, 1.8). Y en otra parte, dice: «En los asuntos del mundo, un caballero no tiene una posición predeterminada: adopta la posición que es justa.» (Confucio, 1997, 4.10). Sobre un discípulo que llevaba más dinero del que realmente necesitaba (arroz en la Antigua China), se dice que Confucio comentó: «Siempre he oído que un caballero ayuda a los necesitados, no que haga aún más ricos a los ricos.» (Confucio, 1997, 6.4). Incluso llegó a decir: «Un caballero debería avergonzarse si sus obras no están a la altura de sus palabras.» (Confucio, 1997, 14.27). Sí, es cierto que Confucio también justificaba al despotismo ilustrado y monárquico de su época, afirmando que los que ocuparan cargos públicos y en el gobierno central no tendrían que hacerlo por su nacimiento, sino por sus virtudes en el conocimiento, la benevolencia y el respeto a sus semejantes, al tiempo que estos siempre se hallarían, necesariamente, por encima del vulgo, pero lo que queremos recalcar aquí es la falsedad -o mala fe, si se admite que Macri declaró aquello en su campaña, es decir que realizó un acto declarativo y performativo, discursivo de habla- de la declaración del presidente, ya que un error es factible de ser corregido y quien se equivoca puede corregir su error sabiendo en qué se equivocó, y continuar adelante; Macri, en cambio, no se equivocó; su único error, quizás, sea el presentarse para ser reelecto, pero se trata de una mala táctica electoral, donde es la ineficacia de la acción la que se muestra errónea, no la buena o la mala fe de quien la realiza. Macri no se equivoca, vino a hacer "lo que hay que hacer", es decir, vino a representar con su voz y sus decretos, con sus declaraciones públicas y sus medidas, los intereses neoliberales, imperialistas y colonialistas de la élite que lo ayudó a llegar al poder. no es culpa de sus votantes, los cuales fueron sistemáticamente engañados en su mayor parte; al menos no de los votantes que lo votaron de buena fe; es responsabilidad de Macri y de todos los que colaboraron con él para que haya durado todo el tiempo que duró en el gobierno. Logró su efecto, ya que convenció a la suficiente cantidad de votantes de la población para que le dieran su voto, pero dichos votantes ignoraban la intención de Cambiemos, excepto por aquellos que, advertidos por los medios, intelectuales y partidos peronistas, de la izquierda o con memoria del 2001, que quedaron recortados de la ecuación del oficialismo.
Pero los límites -espacio-temporales, políticos, económicos y culturales- del neoliberalismo macrista también expresan los de otro ideal económico-político, a saber, el liberalismo clásico. Hay una disputa en el liberalismo contemporáneo desde la filosofía entre Rawls y Nozick; el primero aboga por un orden social liberal, sí, pero con un reparto equitativo -justicia social- de los recursos entre la población, junto con una normativa acorde con dicho orden social, mientras el segundo imagina que la asociación libre entre dos o más individuos, en cualquier época y lugar, daría paso a un liberalismo total, en el cual cualquier grupo de personas podría estar dispuesto a tomar cualquier decisión, ya que unos preferirían tomar determinado modelo económico o político, mientras otros no, etc. Por otra parte, y saltándose el ideal de Adan Smitz de una sociedad donde la mano invisible esté equilibrada con cierta solidaridad mutua entre los individuos, solidaridad que solamente podría darse de forma efectiva entre burgueses con el mismo nivel económico, ya que bien sabido es que, incluso entre dos personas que negocian el precio de un producto a ser empeñado, subastado o revendido en el mercado hay intereses en lucha, Carl Schmmmit criticaba al parlamentarismo liberal de su época, ya que el tiempo que se tarda en tomar una decisión a través de una cámara legislativa suele ser mucho más largo que el que lleva tomar decisiones por fuera, por lo cual los presidentes en el poder ejecutivo así como los dictadores y dirigentes totalitarios siempre han conseguido poner en práctica sus ideas y disposiciones antes que los congresos tuvieran el tiempo necesario para decidirse a apoyarlos o no. Macri no solamente no respeta a la oposición y se asegura de representar intereses de dominación sobre el pueblo argentino, resulta que también traiciona los principios liberales tras su propio partido, cuya posición liberal de origen le impediría precipitarse a declarar o decretar decisiones no aprobadas simultáneamente por el congreso nacional, así como sus nociones republicanas, porque vuelve inoperantes a las leyes, disponiendo en su lugar decretos excepcionales cuya única apariencia de tales se denota, apenas, en sus predicados discursivos, puro poder soberano y disciplinario.
El "único camino posible" que, según Cambiemos, nos permite "estar en el mundo" se prueba, así, no solo como falaz y antipopular, heredero de la última dictadura cívico-militar y títere de los intereses de instituciones como el FMI o la CIA, sino, además, como un mal camino, cruel y antidemocrático, que salva únicamente a sus promotores, los financistas y exportadores, mientras excluye y mata sistemáticamente al resto de la población. Un camino ante el cual alternativas como el peronismo nacional y popular, los movimientos social-libertarios, los partidos de la nueva izquierda o les intelectuales feministas y de otros grupos en defensa de la diversidad de los géneros, no puede ni conectarse, ni dialogar, mucho menos mantenerse en funcionamiento, a menos que ello implique su imposición forzada por encima de cualquier otra propuesta económica, política, jurídica, social y cultural de rasgos populares.
Si Franz Hinkelammert piensa al neoliberalismo de los 90 como un totalitarismo de mercado, en el caso macrista, como en otros de rasgos conservadores del resto de la región, algunos intelectuales de la centro izquierda y del peronismo -como Santiago Cúneo o Jorge Beinstein-, por ejemplo- coinciden en calificarlo de régimen mafioso que, a modo del nazismo y el stalinismo, como al de los líderes del narco contemporáneo, tiene en sus manos el control de una determinada población, extensible indefinidamente en el espacio y el tiempo según sus capacidades de dominio territorial. Hitler, por ejemplo, duplicó todos los ministerios y cargos diplomáticos durante el nazismo, por lo cual existían, simultáneamente, una embajada del Estado alemán y una embajada del partido nazi; Macri ha hecho esto una vez, con el ministerio de economía, el cual fue transformado en dos ocasiones, siendo ampliado a ministerio de economía y finanzas en la primera, con una tercera ampliación a ministerio de economía, finanzas y deportes de la nación, en la segunda. Su particular forma de desplazar funcionarios de ministerios a presidencias del Banco Central, sus notas y conferencias idénticas en su contenido, en las cuales la separación de la realidad y la producción sistemática de un relato ficcional para explicar la situación nacional del dólar y de la inflación, por mencionar solamente algunas de las decisiones del presidente y de sus allegados, son similares y hasta equivalentes a veces, con decisiones afines en los regímenes antes mencionados. El asesinato y desaparición forzada de Santiago Maldonado, así como la desacreditación de la complicidad con el Reino Unido en el hundimiento a punta de misil del Ara San Juan, la represión ya cotidiana y automática de la policía a las marchas populares, son formas en las que mecanismos de terrorismo de Estado resurgen como herramientas de legitimación de la violencia de un régimen en el cual capitalismo financiero, autoritarismo político y control mediático, persecución política, judicial y mediática a opositores, así como la insensivilización del gobierno nacional hacia los reclamos populares, se encarna lo peor de la antipolítica de la élite argentina. Aunque, si es cierto lo que algunos ya anuncian, de continuar las cosas como están, lo peor aún no ha llegado; una vieja frase de eslóganes de las promociones a Bariloche de otros tiempos nos viene a la mente: "no hay alegría sin dolor, y todavía falta lo mejor", que se transforma en la explicitación de un mensaje similar, oculto por el anterior, a saber: "ya no queda alegría sino dolor, y todavía falta lo peor".
Si denunciar lo que ocurre y a quienes ejercen los dispositivos de su legitimación ya no basta, la acción colectiva conjunta del pueblo, la oposición y los intelectuales populares es indispensable para articular la denuncia con la práctica del activismo social; teoría y acción ya no han de ser pensadas como fases de un pensamiento, sino que deben mostrarse como dos caras o modos del mismo impulso originario y creativo del pueblo, con su responsabilidad ciudadana en juego, para que no deje a la suerte de la buena fe su voto, sino que exija y obligue, como lo hace el contrato implícito de cualquier elección, al próximo gobierno, como lo hace con el actual, a que cumpla sus promesas y que, a su vez, haga cumplir en justicia de sus votantes las penas y procesos necesarios para retraer la deuda externa y devolverle a les argentines su capacidad de compra y poder adquisitivo, repuntando al país en su consumo interno, la reapertura de sus fábricas y el relanzamiento de sus industrias, así como del trabajo.
Bibliografía recomendada: la lista de títulos es incalculable, y no alcanzaría el breve espacio del que dispongo ahora -ni del tiempo- para anotarlos. Sin embargo, véanse, tentativamente, los siguientes: La sociedad excluyente y Debates latinoamericanos, de Maristella Svampa. El Estado burocrático autoritario de Guillermo O'Donnell, Socialismo, autoritarismo y democracia, de Alain Touraine y otros autores. De Roberto Esposito, Bíos. Biopolítica y filosofía, Inmunitas, y Comunitas. de Michel Foucault, Vigilar y castigar, El nacimiento de la biopolítica, El gobierno de sí y de los otros I y II, La verdad y las formas jurídicas, y Obrar mal, decir la verdad. De Giorgio Agamben y otros, Democracia en qué estado; del mismo autor, estado de excepción, El poder soberano y la nuda vida, Stasis: la guerra civil como paradigma político, Qué es un campo, y Qué es un dispositivo. De Judit Butler, Vida precaria. El poder del duelo y la violencia, Marcos de guerra: las vidas lloradas, Violencia de Estado, guerra, resistencia. Por una nueva política de la izquierda, y Cuerpos aliados y lucha política. Hacia una teoría performativa de la asamblea. Crítica de la víctima de Daniele Giglioli, Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt, Horrorismo de Adriana Cavarero, Qué es un genocidio de martín Shaw, ESMA: Fenomenología de la desaparición de Claudio Martiniuk, Por que: La rápida agonía de la Argentina kirchnerista y la brutal eficacia de una nueva derecha, de José Natanson, Vida de perro: del 55 a macri. Conversaciones con Diego Schluart, de Horacio Vervitski. De Carl Schmitt, La dictadura, y El concepto de lo político. De Slavoj Zizek, Bienvenidos al desierto de lo real, Pedir lo imposible, Primero como tragedia, después como farsa, Problemas en el paraíso, y Viviendo en el final de los tiempos. De Ernesto Laclau, La razón populista, y Debates y combates. De Chantal Mouffe, El retorno de lo político, En torno a lo político, y La paradoja democrática. De Antonio negri y Michael Hardt, Imperio, Multitud. Guerra y democracia en la era del imperio; de Antonio Negri y otros, Diálogo sobre la globalización, la multitud y la experiencia argentina, y Guías. Cinco lecciones en torno a Imperio. De Atilio Borón, Estado, democracia y capitalismo en América Latina, Imperio e imperialismo, Socialismo siglo XXI. ¿Hay vida después del neoliberalismo?, y Tras el búho de Minerva. Historia mínima del neoliberalismo de Fernando Escalante Gonzalbo, Breve historia del neoliberalismo de David W. Harvey, Después del liberalismo de Immanuel Wallerstein, Filosofía política del poder mediático y Crítica del neoliberalismo de José Pablo Feinmann. De Franz J. Hinkelammert y Henry Mora Jiménez, Hacia una economía para la vida; de Franz J. Hinkelammert, Democracia y totalitarismo, Dialéctica del desarrollo desigual, Quieren el mercado total. El totalitarismo del mercado, Teología del mercado total, y La vida o el capital. El grito del sujeto vivo y corporal frente a la ley del mercado. De Enrique Dussel, 14 Tesis de ética, 16 Tesis de economía política, 20 Tesis sobre política, Filosofías del sur y descolonización, Hacia una filosofía política crítica, Política de la liberación I. Historia mundial y crítica, Política de la liberación II. La arquitectónica, y Seminario: El orden ontológico-político. Las dictaduras argentinas. Historia de una frustración nacional de Alejandro Horowitz, Macri: orígenes e instalación de una dictadura mafiosa de Jorge Beinstein, Endeudar y fugar: un análisis de la historia económica argentina de martínez de Hoz a Macri de Eduardo Basualdo, Golpe en Brasil de Varios Autores, Cadáver Exquisito de Agustina Bazterrica, El hombre rebelde y Escritos libertarios de Alber Camus. De Néstor García Canclini, Consumidores y ciudadanos, Culturas híbridas, Diferentes, desiguales y desconectados, El mundo entero como lugar extraño, Imaginarios urbanos, y La sociedad sin relato. De Rita Laura Segato, La crítica de la colonialidad en ocho ensayos y una antropología por demanda, La nación y sus otros, Las estructuras elementales de la violencia, y Las nuevas formas de la guerra y el cuerpo de las mujeres. De Noam Chomsky, El nuevo humanismo militar, Estados fallidos, Miedo a la democracia, y con Michel Foucault, Justicia VS. poder: un debate. De Tzvetan Todorov, El nuevo desorden mundial, La conquista de América, La experiencia totalitaria, y Los enemigos íntimos de la democracia. De Achille Mbembe, Crítica de la razón negra, y Necropolítica. De la necropolítica neoliberal a la empatía radical, de Clara Valverde Jesaell, La intimidad como espectáculo y ¿Redes o paredes? La escuela en tiempos de dispersión, de Paula Sibilia, Crisis y utopía en el siglo XXI 
de Félix Rodrigo Mora, El Estado en la historia de Gastón Leval, El nacimiento del Estado de Quentin Skinner. De Pierre Bourdieu, Campo de poder, campo intelectual, Intervenciones políticas, Sobre el Estado, y Sobre la televisión. De Zigmunt Bauman, Retrotopía, En busca de la política, Extraños llamando a la puerta, La globalización. Consecuencias humanas, Miedo líquido, Modernidad líquida, Trabajo, consumismo y nuevos pobres, Vida de consumo, Vida líquida, Vidas desperdiciadas, con David Lyon, Vigilancia líquida, y con Leónidas Donskis, Ceguera moral. La pérdida de sensibilidad en la modernidad líquida. Pueblos expuestos, pueblos figurantes de Georges Didi-Huberman, Qué es un pueblo de Varios Autores. De Gilles Deleuze, Derrames entre el capitalismo y la esquizofrenia, y con Félix Guattari , Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Del propio Félix Guattari, La ciudad subjetiva y postmediática. La polis reinventada, Generación postalfa. Patologías e imaginarios en el semiocapitalismo, y La fábrica de la infelicidad. Nuevas formas de trabajo y movimiento global, de Franco Bifo Berardi . Crédito a muerte. La descomposición del capitalismo y sus críticos, de Anselm Jappe , La vida administrada: sobre el naufragio social de Juanma Agulles. De Gilles Lipovetsky, La sociedad de la decepción, Los tiempos hipermodernos, con Elvette Roix, El lujo eterno, con Herve Juvin, El occidente globalizado, y con Jean Serroy, La pantalla global. Decir no no basta de Naomi Klein, Planeta de ciudades miseria de Mike Davis, El hambre por Martín Caparrós, La derrota y la esperanza de Horacio González, Qué es el peronismo, de Alejandro Grimson, Fuerza de ley de Jacques Derrida, Para una crítica de la violencia y otros ensayos de Walter Benjamin, Populismo y psicoanálisis de Nora Merlín, Psicoanálisis extramuros de Silvia Bleichmar, Orizontes neoliberales en la subjetividad y Lacan en las lógicas de la emancipación, de Jorge Alemán, Escritos a contrapelo y Escritos contra teclado de Carlos Solero, Masa y poder de Elías Canetty, La silenciosa conquista china de Juan Pablo Cardenal y Heriberto Araújo, China: el imperio de las mentiras de Guy Sorman, La China de Mao y después de Maurice Meisner, China. Una nueva historia, por John King Fairbank, China. El despertar del dragón de Julio Díaz Vázquez , China: una revolución en agonía de Róbinson Rojas, China irrumpe en Latinoamérica: ¿dragón o panda? de Alfredo Jalife-Rahme, Economía para el 99% de la población y Qué fue del buen samaritano. Naciones ricas, políticas pobres, de Ha-Joon Chang, El capital en el siglo XXI, La crisis del capital en el siglo XXI y La economía de las desigualdades, de Thomas Piketty, entre otros.

lunes, 25 de febrero de 2019

Venezuela en crisis: un caso de estado de excepción en América Latina

"Íbamos camino a ser Venezuela", decían Mauricio Macri y sus agentes de marketing desde Cambiemos previamente a las elecciones presidenciales de 2015. La situación de crisis económica generalizada en aquel país hermano de nuestro continente es ya para todos bien conocida desde hace cierto tiempo: salarios bajísimos, crisis alimentaria, presos políticos, entre otras cosas.
Pero ¿cómo abordar la cuestión Venezuela en el actual contexto de retorno de los regímenes neoliberales en la región? Con excepción de Bolivia y México, y con los casos extremos de conservadurismo -populista racista y neofascista- en los Estados Unidos con Trump y Bolsonaro en Brasil, desde el sur al norte del continente, vivimos un momento de crisis económica y política de difícil diagnóstico. Si se acusa al gobierno venezolano de Nicolás maduro de autoritario y dictatorial, no menos interesante resulta observar que similares acusaciones por parte de amplios sectores de la intelectualidad y los movimientos sociales, también aquí en Argentina, como en Brasil, por ejemplo, se arrojan a los presidentes de dichos países, aún considerando que todos ellos han sido elegidos democráticamente en elecciones nacionales, pero reconociendo, extraoficialmente, que en cada uno de sus mandatos la persecución política así como la crisis económica afectan en diversa medida a sus poblaciones. Atengámonos aquí, por ahora, sólo al caso de Venezuela.
Afirmamos más arriba que sabemos qué sucede en Venezuela: crisis alimentaria, prisión de opositores políticos... Pero si retomamos la anterior aseveración ya no como tal, sino como interrogante, es decir: ¿sabemos qué sucede en Venezuela? Lo cierto es que pronto nos vemos obligados a admitir que sólo sabemos de lo que allí acontece por acotadas e interesadas informaciones periodísticas, sesgadas y monitoreadas por lupas ideológicas estrechas en las más de las veces. Así por ejemplo, si nos ceñimos a las informaciones que medios como TN o la Nación nos dicen, podríamos pensar que, según el opositor autoproclamado presidente provisional del país Guaidó, en efecto la "ayuda humanitaria" ha llegado a destino; en cambio, si nos aferramos a lo que otros medios de la talla de Telesur o C5N nos dicen, apoyando al gobierno constitucional de Maduro, y en contra de la intervención estadounidense, la "ayuda humanitaria" es un nombre clave para llamar de otra manera a la "ocupación militar" junto con el "bloqueo económico", así como que dichos "ocupación" y "bloqueo" no han tenido lugar. ¿A quién de las partes creer que dice la verdad? Y, estando en contra tanto del intervencionismo exterior como de la persecución y prisión de opositores políticos, ¿de qué lado posicionarse? ¿Es mejor ofrecer y aceptar una -real o falsa- "ayuda humanitaria" o rechazar de plano toda posible "ayuda" que no venga del interior, y simplemente apoyar y contener la opinión oficialista del presidente venezolano? En otras palabras, ¿cómo oponerse tanto a la postura intervencionista como a la oficialista, sin perder de vista una necesaria colavoración para el pueblo venezolano y una necesaria autocrítica por parte del gobierno venezolano, sin que tal colaboración suponga una forma de someter a intereses extranjeros al primero o sin ser asimilado sin más al segundo?
Antes de tomar una postura al respecto, pasemos bajo una nueva lupa interpretativa a semejante problemática, y según sus resultados, adoptemos alguna que incluya además la crítica seria y comprometida con la situación real del pueblo venezolano así como con su gobierno. Estamos hablando de lo que Giorgio Agamben nos dice en su obra, Estado de excepción, sobre la suspensión del estado de derecho durante las dos Guerras Mundiales y sus regímenes concomitantes que, inscribiéndose ideológicamente ya sea desde los nombres de democracia liberal o comunismo, encarnaron, en su mayor parte, regímenes que suspendían derechos y libertades. Releyendo la Tesis 8 de las de Filosofía de la historia de Walter Benjamin, que comienza diciendo: "La tradición de los oprimidos nos enseña que la regla es el «estado de excepción» en el que vivimos." (Benjamin, 1989, p.180). Y recordando que el autor escribía estas palabras durante su exilio del régimen nazzi, Agamben considera que el momento actual de la política occidental es el estado de excepción: no un simple estado de emergencia, de necesidad o de sitio, tampoco una ley marcial; el estado de excepción los engloba a todos ellos, pero además implica que el estado de derecho ya no existe más, sino que el mismo ha sido suspendido, y que en su lugar el poder soberano del Estado gubernamental ha reemplazado al derecho efectivo por el discurso del derecho, donde actos extrajurídicos o parajurídicos son justificados y ejecutados como si fueran de derecho, ya que el derecho se suspende en hecho, al tiempo que el hecho se vuelve derecho.
Lo anterior nos recuerda, de alguna forma, la teoría imaginaria de la política de Trasímaco, el sofista de la República de Platón, que sugería que la ley que debía regir en cada ciudad fuera la del más fuerte. También nos recuerda al Leviatán de Hobbes, en el cual el autor sugiere una teoría para explicar el surgimiento del Estado moderno filosóficamente -no históricamente, ya que utiliza una metáfora-, ofreciendo un estado de naturaleza previo al estado civil, en el cual existe una guerra latente -y real- de todos contra todos, y para detenerla, los hombres habrían acordado ceder a un único soberano, el poder para organizar la sociedad en un orden que acabe con dicha guerra total, al tiempo que tal soberano -absoluto y monárquico- está por encima de las leyes que regirían para todos sus súbditos.
Rebisando la historia antigua, Agamben sugiere como antecedentes del moderno estado de excepción dos instituciones, que no explicaremos detalladamente aquí, pero que hemos de mencionar, a saber: la stasis griega (cuya traducción aproximada sería conflicto), y el yustitium romano (detención del derecho). Para hablar de la guerra civil, un pasaje del Menéxeno platónico, refiriéndose a la stasis que separó a los ciudadanos de Atenas en el año 404 A.C. Platón utiliza el oxímoron "guerra familiar" (oikeios pólemos); "pólemos designa de hecho la guerra externa y se refiere, como Platón escribirá en la República (470c), a lo allótrion kai othneion [ajeno y extranjero], mientras que para lo oikéion kai syggenés [familiar y pariente], el término apropiado es stásis." (Agamben, 2017, pp.16-17). Indica Agamben que Stasis designa "el acto de levantarse, de estar firmemente en pie [stasimós es el punto de la tragedia en el cual el coro se detiene, permanece en pie, y habla; stes es aquel que pronuncia de pie el juramento]." (Agamben, 2017, p.23). Por otro lado, el yustitium romano era una disposición extraordinaria del senado de la República Romana, el cual se aplicaba durante situaciones de emergencia después de una guerra civil o externa; "Cuando llegaba la noticia de una situación que ponía en peligro a la República, el senado emitía un senatus consultum ultimum, con el cual se les pedía a los cónsules (o a aquellos que hacían las veces de ellos en Roma, interrex o procónsules) y en algunos casos inclusive al pretor y a los tribunos de la plebe y, en el límite, a cada ciudadano, que tomaran cualquier medida que se considerase necesaria para la salvación del Estado (...). Este senadoconsulto tenía en su base un decreto que declaraba el tumultus (la situación de emergencia que en Roma advenía luego de una guerra externa, una insurrección o una guerra civil) y daba lugar usualmente a la proclamación de un iustitium" (Agamben, 2005, pp.85-86). Y dice a continuación: "El término iustitium -construido del mismo modo que solstitium- significa literalmente "interrupción, suspensión del derecho": quando ius stat -explican desde la etimología los gramáticos- sicut solstitium dicitur (iustitium se dice cuando el derecho está detenido, como [el sol en] el solsticio); o bien, en las palabras de Aulo Gelio, inris quasi interstitio quadam et cessatio (casi un intervalo y una especie de cesación del derecho). Él implicaba, de este modo, una suspensión no simplemente de la administración de justicia, sino del derecho como tal." (Agamben, 2005, p.86).
Agamben señala en otra parte -tanto en Stasis como en Estado de excepción-, que no se trata de un poder absoluto por parte del Estado ejecutado por el gobierno, sino de un vacío jurídico, de una anomia que escapa al derecho mismo que intenta capturarla; es un campo en el cual coexisten a la vez dos dispositivos, la ley constitucional, con todos sus tratados internacionales, códigos específicos internos, etc., y los decretos del poder ejecutivo, y en el cual la primera se transforma en una pura forma de ley, es decir en un dispositivo jurídico que está vigente sin ser realmente aplicado, mientras el decreto se vuelve la auténtica fuerza de ley, que se aplica sin formar necesariamente parte de la ley vigente. Es lo que ocurre por ejemplo en la Argentina, con la persecución mediática, judicial y política; la división tradicional en tres poderes queda disuelta al ser absorbidos todos ellos por el poder ejecutivo, que pasa de simplemente ejecutar el gobierno a arrogarse las funciones de hacer leyes y de juzgar las acciones.
Habla asimismo el autor italiano de guerra civil mundial: estando Venezuela comprendido como un país en un continente donde la ONU ha declarado zona de paz y fraternidad entre las naciones, sigue vigente la Carta de las Naciones Unidas, pero al tiempo que suspendida en su aplicación real, disponiendo en su lugar acciones ilegales e ilegítimas que permitirían una ocupación militar y un bloqueo económico exterior. Como en una guerra -el embajador de Venezuela ante la OEA ha hablado de guerra de desgaste-, no es posible no tomar una posición. O bien se está a favor del bloqueo y de la intervención económico-militar, como ya lo han dejado claro explícitamente Macri y Bolsonaro, o bien en contra de tales pero a favor del gobierno constitucional de Maduro. No se ha posibilitado un diálogo, como querían que creyésemos los agentes mediáticos del imperio estadounidense, porque semejante diálogo habría implicado suspender el juicio apresurado y no tomar postura a favor o en contra de las partes sin presentar primero alternativas democráticas y sostenibles tanto para el sistema jurídico como para el pueblo venezolanos; para los defensores del intervencionismo o bien se hace necesaria tal intervención, porque ya decidieron de antemano y sin consulta ni referéndum popular alguno al pueblo venezolano, que el gobierno actual en su país es antidemocrático y autoritario, o bien se hace necesaria tal intervención, porque el pueblo sufre una crisis económica y alimentaria irresoluble por un gobierno democráticamente elegido y colocado por él mismo; es decir, que para ellos sólo es posible y necesario intervenir exteriormente en el interior de un país ajeno a las decisiones de gobiernos exteriores a la propia república venezolana. ¡Qué contradicción para las democracias latinoamericanas, suspender militar y antipopular y antidemocráticamente a Venezuela para que continúe vigente la misma democracia venezolana!
Ya lo señaló el embajador de Venezuela en la OEA: se trata de una farsa, de un robo y de una actuación ilegal, que de llevarse a cabo, sin la aprobación tanto del pueblo y del derecho venezolanos, como de la junta de la firma de veinticuatro miembros de la Organización, violaría la ley. Él dijo entonces que Trump y sus colaboradores embargaron todas las refinerías de petróleo del país, robando treinta mil millones de dólares en una sola semana, y que estarían dispuestos a devolver el 1% en una supuesta "ayuda humanitaria", que a la vez viola derechos humanos. Constituiría un atentado al gobierno, al pueblo y a los derechos humanos de Venezuela, porque no se trata de recibir o de rechazar ayuda otorgada por organizaciones no gubernamentales con el permiso del país receptor, que es el único capaz de decidir aceptar o rechazar tal ayuda, sino de una entrega de armas y ayuda militar a Guaidó, como ya lo demostraron el uso de la frontera colombiana con Venezuela para un "recital benéfico" promocionado por un rico empresario británico, que quería introducir un barco de guerra británico en aguas venezolanas, el envío de fuerzas militares estadounidenses a dichas fronteras, o el explícito apoyo del presidente de Colombia a la intervención, sin el cual su frontera no hubiera sido utilizada con tales fines nefastos para las relaciones entre ambos países.
Si Venezuela efectivamente necesita ayuda exterior e interior, no creemos que sea "humanitaria" una ayuda que sólo puede ser militar y que no está dirigida a sostener provisionalmente al pueblo venezolano en su momento de mayor crisis económica y alimentaria, sino a sostener, en cambio, a las fuerzas ilegales e ilegítimas de Guaidó, quien comparte ideas con Leopoldo  López, preso político así como anterior jefe de la derecha venezolana y quien llamara a las armas y al golpe de Estado contra Chávez en su día.
Si estamos en contra de la militarización del pueblo venezolano así como de muchas de las decisiones y actuaciones de Maduro, en la misma medida nos oponemos a la intervención militar y al bloqueo económico del país por parte de los Estados Unidos, cuyo presidente Trump no se cansa de buscar el conflicto y la ocupación que aún no ha podido realizar. Podemos hablar y opinar a favor o en contra del gobierno de Maduro, como nos oponemos al de Macri, pero si podemos darle un estatus jurídico que respalde y corresponda en su campo a la decisión ético-política aquí en nuestro país, ello es porque somos ciudadanos argentinos, y porque habitamos y conocemos esta realidad inmediata y mediatamente, desde el interior de la Argentina; pero no podemos darle el mismo respaldo jurídico a una decisión ético-política sobre un país del cual no formamos parte, el cual no habitamos, ni como ciudadanos ni como pueblo, y en el cual el derecho de nuestro país no puede entrar ni aplicarse, porque cada país por sí mismo constituye, con todas sus partes -Estado, ciudadanía y territorio, pueblo y gobierno-, su propio soberano. Sólo con motivos de guerra, los cuales de ser explicitados causarían manifiesta indignación entre la mayoría de la ciudadanía argentina, pueden personajes como Trump, Macri o Bolsonaro, pretender intervenir un país que no les compete. Estados Unidos sabe que es ser un imperio en América latina, como tiene como país satélite y colonia a Puerto Rico, y sólo los imperios, que someten bajo sus jurisdicciones a las colonias que conquistan, pueden creer y querer asimilar a sus sistemas jurídicos a un país que no se somete a sus disposiciones económicas y políticas de forma sumisa y pacífica, como ya lo hicieran Argentina, Chile o Brasil, desde el retorno conservador en la región. pero además, quiere someter a sus criterios discrecionales y excepcionales a todo un pueblo, para desauciarlo, como ya lo demuestra desde que amenazara al mercado internacional del petróleo con cerrar el suyo a países como la India, para que no compre petróleo a Venezuela, así puede someter a la miseria y al sufrimiento a un país que, sólo porque dice que no a una potencia imperialista que difunde por todo el planeta la nueva esclavitud económica al FMI y al Banco Mundial, es vilipendiado por todos, desde todas partes, desde dentro y desde fuera, para precipitar su derrumbe, ya sea abriendo elecciones prematuras o habilitando una directa invasión armada.
Notas: Véanse las siguientes obras de Giorgio Agamben: Estado de excepción. Homo Sacer II, Traducción de Flavia Costa e Ivana Costa, Introducción y entrevista de Flavia Costa, Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2005. Stasis: la guerra civil como paradigma político, Traducción de Rodrigo Molina-Zavalía, Revisión de Flavia Costa, Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2017. Véase también la conferencia dada por el embajador ante la OEA por Venezuela, en https://drive.google.com/file/d/15zQt8E-g5BOwdbjPoYZjSYOpwd1CgoNv/view.

jueves, 30 de agosto de 2018

Por una educación pública, popular y rebelde

Con un dólar que superó hoy los 40 pesos, con las mayorías populares en las calles, y con un país en crisis económica masiva, el gobierno nacional enfrenta hoy graves problemas de legitimidad.
Recordemos: 100 años de la reforma universitaria de Córdova, 50 del Mayo Francés. No son acontecimientos menores, ya que hoy una gran parte de la población nacional salió a las calles para manifestarse, entre otras cosas, contra el ajuste económico, la desfinanciación de la educación pública, el acuerdo con el FMI, la represión policial, la persecución política a opositores, etc.
El régimen neoliberal, con su particular articulación de los poderes de dominación de los que hablaba en su día Foucault -el poder soberano, el disciplinario y el de control-, que utiliza un discurso jurídico para legitimar sus acciones parajurídicas, porque el poder soberano no responde ya más a un hipotético estado de derecho, sino sólo al discurso del derecho que, en manos del gobierno oficial, blinda con argumentos falaces sus verdaderas intenciones: acabar con esa otra soberanía que, no siendo la ejercida por el gobierno sino por el pueblo, quiere ceder a los imperios del mundo -China, Gran Bretaña o los Estados Unidos-, con sus diferentes bases secretas: en las Malvinas, en Baca Muerta, mientras un ejército israelí vigila a potenciales poblaciones peligrosas en el sur argentino. Un gobierno que creó una empresa off-shore con fondos del ANSES, que mandó a la muerte a cuarenta y cuatro tripulantes del submarino Ara San Juan, que ocultó y evitó un posible rescate de los mismos, que habrían sido eliminados por un misil británico cerca de las Malvinas. También es un gobierno neoliberal que semeja un régimen totalitario, ya que con sus simulacros democráticos -no suspende ley alguna, ni la constitución, ni el congreso-, oculta pero a la vez ejerce, persecuciones y amedrentamientos policiales, encarcela y detiene preventivamente sin juicio, crea campos de escepción, aquellos que, expulsando soberanamente a ciertos sujetos -como los pueblos indígenas- del territorio nacional en términos jurídicos, permite su persecución, asesinato y desaparición; no se trata simplemente de considerar delincuentes a algunos opositores, sino de considerar a todo potencial opositor como sujeto sospechoso, peligroso, que no es que pueda ser colocado al interior de las leyes de la misma sociedad que lo amedrenta, sino que, en términos de expulsado, es como si estuviera fuera de la ley, y por eso el gobierno se cree en la legitimidad del uso indiscriminado de la fuerza. No por nada, cuando en su momento se reencarceló a Facundo jones Huala, se lo trató, como se lo había tratado desde un principio, como un extrangero, y mientras se lo confina sin un proceso justo, sin defensa legítima, por fuera jueces y gobernantes intentan forzar su extradición a Chile. Sí las comunidades mapuches, aún formando parte y habitando el mismo suelo del país, son consideradas como no-argentinas, como absolutamente distintas, el gobierno puede legitimar, aún ilegalmente, discrecionalmente, decretando a través aunque por encima de la constitución y de todo código legal, el uso de la fuerza, y allí donde se deja abierto el camino a la ausencia de toda norma, la norma mayor de que no hay norma alguna es la norma; la ley del más fuerte se impone como la ley legítima, y en vez de respetar, interpelando, los derechos consuetudinarios de dichas comunidades, el gobierno nacional y local utiliza todos sus recursos disponibles -gendarmería, policía, medios hegemónicos de comunicación- para intentar invisibilizar, en su virtual desaparición, a los sujetos y comunidades que ellos mismos consideran indeseables.
Todo en vía de desaparecer: políticos, trabajadores, sindicalistas, estudiantes y docentes, ancianos, jóvenes, adolescentes, mujeres y hombres, empobrecidos y clases medias, indígenas, ciudadanos; una política del socavamiento total de cualquier política, que violenta cualquier diálogo, que imposibilita cualquier intercambio que no sea legitimador del poder dominante, ése que dice ser democrático porque "cede la palabra", cuando la esencia de cualquier materialidad democrática debiera ser, en cambio, ejercer la propia palabra consciente de la igualdad de las de los y las demás. Discutir ya no solamente con sujetos diversos, sino también, y especialmente, como prefería pensarlo Hannah Arendt, con una pluralidad de realidades. En cambio, es como si asistiéramos a una nueva manera de hacer política, que es inversamente proporcional a la voluntad política: a menor acción, a menor disensión, a menor intervención, mayor violencia y mayor persecución. Como Daniele Giglioli nos advirtiera en su ensayo, Crítica de la víctima, la mitología victimista, esa que disfraza de víctimas imaginarias a victimarios reales, desacredita cualquier acción, porque la única acción que admitiría como posible sería la indeseable que los mismos perpetradores, inconfesadamente, aplican y sueñan con seguir aplicando: el daño, la violencia, la destrucción; sólo queda como legítima acción la consecuencia del daño, el padecimiento del dolor, y así es mejor no actuar, porque en adelante todo aquel que actúe, que ose hablar, que ose intervenir en el mundo público, o bien será una víctima, o bien un victimario: los verdaderos victimarios se confunden así con sus víctimas, y los sectores más atacados quedan catalogados, cuando responden, como otros tantos victimarios, como si el manifestarse en contra de la opinión oficial constituyera un crimen, como si todo aquel que no acata sumisamente la orden de ovedecer al tirano fuera, por sus convicciones irracionales y no consiliadoras, un sujeto violento, que es imprescindible convatir y, de ser necesario, matar y desaparecer.
100 años de una reforma universitaria, que tuvo alcances latinoamericanos, continentales: un continente que sigue sufriendo las derrotas de sus fuerzas populares a manos de los regímenes neoliberales; 50 años de una revuelta, la que en mayo de 1968, conectara estudiantes, trabajadores y ciudadanía en general, en la búsqueda de mayores libertades y derechos, en contra de tiranías y dictaduras, por la emancipación global en lo sexual, lo económico y lo cultural. Pues bien, ¿por qué no recuperar, reivindicar incluso, todas aquellas banderas? En el caso de la reforma universitaria de 1918, los estudiantes se manifestaban en todo el país por la autonomía universitaria, el cogobierno de las instituciones, la gratuidad y laicidad universitarias, y la apertura popular de las universidades, permitiendo el acceso y la educación de las mayorías empobrecidas o en vías de serlo de la población. También es cierto que, junto a aquellas reivindicaciones de una universidad popular y reformista, muchos estudiantes pedían una universidad revolucionaria, acompañada por una revolución social total. Pero a la vez necesitamos y deseamos universidades, colegios y escuelas, en todos los grados de la educación pública, que sean rebeldes, que sepan decir no a las injusticias, y levantarse contra las cadenas de un sistema capitalista, patriarcal y financiero, que nos supone mercancías, que dispone el valor de nuestras vidas y de nuestros deseos y bienes con la balanza del mercado mundial, buscando no ya solamente la mercantilización, sino también la mercadización del mundo y de lo humano, en un mercadeo de derechos y de soberanías, como si la dignidad y las necesidades básicos fueran negociables, como pretende Macri que la soberanía nacional, las Malvinas y el resto de los recursos naturales nacionales sean negociables para con los imperios extrangeros. Recursos que son también realidades, ya que estos agentes de finanzas globales ignoran por completo tanto el derecho de las comunidades que habitan los suelos nacionales como los derechos de esos mismos ecosistemas, los derechos de la naturaleza y del mediohambiente, que están a medias contemplados constitucionalmente como derechos de tercera generación, en relación a los derechos humanos a la salud o a un mediohambiente sano. no es que los animales o la naturaleza sean esencias separadas -aún si fueran autónomas- de las realidades humanas, pero al estar en contacto permanente con lo humano, debiera considerárseles con sus propios derechos, ya que todo lo que tocamos, nosotros que tenemos derechos, debiera, por tanto, adquirirlo al instante de haber caído bajo nuestros pies y manos, nuestros ojos y nuestras instituciones.
En alguna época pasada, hubo un singular debate metafísico, ya que los filósofos no se ponían de acuerdo con qué era aquello que el ser humano había traído como singularidad de su condición: las ideas, la razón, el bien, el mal, el conflicto, etc. Heidegger, por ejemplo, afirmaba que el ser humano había traído al mundo el ser; Sartre, en cambio, decía que fue la nada. Pero Albert Camus, contra ellos aunque en su misma línea, llegó a admitir que lo que el ser humano trajo al mundo fue la contradicción, su condición de rebeldía, su naturaleza que siempre se niega a ser algo que hay previo, lo que es o está preestablecido, así como no renuncia a su realidad y a sus congéneres, de modo en que no se arroja a la nada. Para evitar caer en los vicios burgueses del capitalismo, que según el autor francés llevaron a la humanidad a cometer los peores crímenes -exterminios masivos en todo el planeta, persecuciones, matanzas, etc.-, que convirtieron las aspiraciones totalitarias del nazismo y el stalinismo en sistemáticos suicidios colectivos -que tanto matan a sus semejantes como a sí mismos-, que habrían podido afirmar que "existimos solos", él quería que afirmásemos otro principio, casi cartesiano, rebelde: "me rebelo, entonces nosotros somos". El neoliberalismo, como un nuevo tipo de totalitarismo, más moderado, cuya herramienta letal no es tanto la policía secreta como el mercado y los instrumentos financieros, implica, me parece, esa nueva manera de hacer política que, en sus intenciones de invisibilizarlo todo, activa la vitalidad de una desfantocracia -un poder del desaparecer para evitar comparecer-, en sus ancias de dominación, desaparición y destrucción totales del mundo, de los seres humanos y de sus tiempos y espacios públicos, privados y cotidianos. El totalitarismo neoliberal, como nuevo criterio de formador de subjetividad -la de los sujetos emprendedores-, así como destructor de las soberanías tradicionales, que retira al Estado y sus herramientas de salvación de derechos y libertades democráticos, que arroja a todos a la arbitrariedad de una lucha interminable por la supervivencia del más fuerte, pretende una absorción total de lo humano que, si antes sólo era posible parcialmente para los regímenes totalitarios ya desmantelados en el siglo XX -nazismo, stalinismo, o los autoritarismos del franquismo, los despotismos totalitarios orientales de Corea del Norte o de la China comunista postmaoísta, así como las dictaduras latinoamericanas de los años 70 y 80-, mediante cierta fabricación de la soledad absoluta, en el aislamiento de los campos de concentración y de exterminio, ahora se vuelve más posible y amplia desde los mecanismos neoliberales, porque desde la irrupción postmoderna del tiempo total, del presente absoluto y del "no hay tiempo", o del "se acaba el tiempo", incluso del "el tiempo es dinero", son los gobiernos neoliberales los que, con sus extremismos y gradualismos, economías de shock o de competencia masiva, se han apropiado de ese último resquicio democrático del tiempo, que los gobiernos como los de Macri o Temer, gestionan los tiempos, limitan los tiempos de vencimiento de deuda, endeudan al infinito sus democracias (cuando el presidente Macri dice que "estamos creciendo", la conjugación de las oraciones en los tiempos presente y futuro plurales de la primera persona, al indicar un "nosotros", en realidad habla para algunos, que no son todos los habitantes argentinos, sino que son los ricos y poderosos del empresariado nacional, pero que es fundamental que abarque a todos en sus pretenciones discursivas, aparentando hablar a todos). SI en un par de meses se adelantan las elecciones nacionales, presa o no Cristina Fernández, ello seguirá indicando la manipulación de Cambiemos del tiempo político -el cambio permanente es otro indicador adicional de un rasgo totalitario en el partido oficialista nacional-, y sólo una eficaz y responsable organización, articulación y reempoderamiento hegemónico de los sentidos populares en ese entonces, posibilitará a la oposición ganar elecciones sin olvidar sus debates abiertos con las pluralidades del resto de la población, reabriendo el espacio público para la legitimación de otros discursos que permitan deconstruir la ya vieja "grieta" nacional, para revisar y rearmar las tramas y redes ciudadanas. No bastará cancelar la nueva deuda externa, normalizar las tarifas o procesar a los perpetradores, ni siquiera recuperando las provincias en manos del peronismo o la izquierda, dialogando además con aquellos movimientos sociales y varriales de corte libertario -por ejemplo-, sino que faltará también saber actualizar las nuevas luchas discursivas, que implican hoy, por poner un ejemplo, el debate de la legalización del aborto.
Hay que repolitizar los espacios públicos, las instituciones educativas en todos los niveles, las conversaciones más íntimas; también hay que continuar reconociendo los rasgos sociales, radicales y emancipatorios de las luchas populares. Hay que hacer que reaparezca el ser del pueblo, individual, social, político y latinoamericano, para que los usurpadores del poder de turno no puedan evitar comparecer ni ser procesados debidamente por una nueva justicia, por nuevos jueces y mejores legisladores, para que no se le vuelva a permitir a nadie, fácilmente, arrancar al ser y matarlo en cada persona, en cada sector social empobrecido, destruir los derechos y las garantías adquiridos, violar las leyes básicas, desaparecer a nadie bajo ningún concepto al colocarse ellos en los lugares de poder real.