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viernes, 26 de abril de 2019

Los límites del neoliberalismo: ¿por qué no al camino macrista?

El pasado domingo 21 de abril, con las elecciones municipales, provinciales y presidenciales a la vuelta de la esquina, Viviana Canosa le hizo una nota en la TV Pública a Mauricio Macri, quizás con la esperanza la una de respuestas, el otro de repuntes en las encuestas para su candidatura. De más está decir que la entrevista, arreglada como estuvo, fue todo un fiasco. Incluso, cuando la periodista, con sus sesgos evidentemente oficialistas, no pudo evitar interrogar al presidente sobre la pobreza en el país, su respuesta fue de lo más deplorable, al punto que los espectadores no supimos si se trataba de una broma de mal gusto o de un diálogo de sordos: en efecto, cuando a Macri le preguntó qué podía decir acerca de la actual situación nacional y local que gran parte de la población sufre en la pobreza, el presidente tuvo la desfachatez de responder que, en todo caso, los chicos pobres que van a la escuela, tienen que agradecerle a él y a su camarilla de ladrones, que pueden caminar sobre calles pavimentadas y que ya no conviven más con la mierda. Traducción: en otras palabras, que el pavimento de la calle, aún no siendo comestible, podría ser alimento para los pobres. Cuando, casi finalizando la entrevista, la periodista le preguntó hacia dónde vamos si él fuese reelecto, respondió que el camino económico actual, el único posible según su mirada, es el correcto; "cuando la gente piensa en la Argentina, piensa en China y en Estados Unidos", dijo. Traducción: cuando los sectores medios, y algunos intelectuales, tanto nacionales como extranjeros, piensan en la Argentina, se imaginan un país que guarda ciertas similitudes con la República Popular China, un país con rasgos claramente imperialistas, donde la saga dinástica y monárquica del viejo imperio ha sido reemplazada, secuencialmente, por un paradigma republicano liberal primero -de 1912 a 1925-, por la Revolución de Xinhay de Sun Yatsen, reemplaza ésta a su vez por un nacionalismo fascista, el ejercido por Zhang Kayzhek, y, finalmente, por el régimen comunista, cuyos únicos años de relativa cercanía con su pueblo fue de cortísima duración, de 1950 a 1966, cuando, con el Salto Adelante de 1953 primero y la Revolución Cultural de 1963-69 después, acabó por quedar cristalizado y se degradó al puro militarismo y la dictadura de partido único. Finalmente, y desde 1976, con la muerte de Mao, desde entonces hasta 1997, y de ahí hasta la actualidad, Deng Xiaoping llevó a China lo que acabó por denominarse capitalismo mixto, que es solo un nombre elusivo y estéticamente rentable para un régimen totalitario, donde el imperialismo económico, la élite del partido comunista y los grandes empresarios, confluyen para oprimir, como ya es clásico para un pueblo con más de tres mil años de historia, a sus habitantes, que no tienen derechos garantizados. Y Estados Unidos: un país que, gobernado hoy en día por Trump, soporta un régimen que ya nadie sabe bien qué nombre ponerle, populismo de derecha, fascismo, racismo yanky, pero en el cual el complejo tecnológico-mediático-militar-imperialista encuentra, si no su representante más acérrimo, al menos su mejor excusa para que nadie siga pensando que bajo su rostro se esconden otros intereses, con un muro al sur del país que solo aumenta las presiones internacionales a su alrededor.
Ahora, por otra parte, y por falta de tiempo, no nos dedicaremos a esbozar los orígenes del neoliberalismo, que en un futuro todo aquel que se digne llamarse a sí mismo intelectual comprometido con la realidad de la región estará obligado a realizar, pero si ahora nos dedicamos a esbozar sus límites, es porque entre estos y sus orígenes, una fina línea separa a ambos, a saber que los orígenes hablan de una arqueología o genealogía del pasado al presente, mientras sus límites deben mostrar, concomitantemente, cómo el presente no está lejos del futuro.
Si hemos llegado a pensar que mecanismos e instrumentos propios de los regímenes dictatoriales, autoritarios y totalitarios del siglo XX confluyen y resurgen, sintomáticamente, en el actual régimen de gobierno neoliberal, ello se debe a cómo la violencia económica, racial, social y política, por ejemplo, se manifiesta tanto desde los miembros y la estructura de la coalición gobernante, en el PRO y Cambiemos, como desde sus voceros intelectuales y mediáticos, con diferentes poblaciones objetivo: los pueblos aborígenes, el peronismo, las izquierdas, los trabajadores, los docentes de la educación pública, comerciantes y empresarios de PIMEs, entre otras, con una rama del paradigma biopolítico, a saber, la necropolítica, que arroja a la muerte sistemática a los sectores sociales que no pueden subsistir por sí mismos. No es lo mismo sobrevivencia que supervivencia; todo ser viviente, vegetal, animal o humano, nace en el mundo con ciertas condiciones y capacidades de supervivencia; tanto en la naturaleza como en la sociedad humana, deben estar aseguradas condiciones mínimas para la mínima supervivencia, lo que Aristóteles llamaba los bienes exteriores, ya que para el filósofo, para que un hombre pudiera alcanzar la virtud y ser virtuoso, para poder ejercer sus virtudes morales e intelectuales, primero necesitaba tener asegurados bienes exteriores como alimento, vestimenta o familia, por ejemplo. Pero sin medios que aseguren condiciones mínimas de supervivencia, a todo ser viviente lo único que le queda es sobrevivir, ya sea porque su medio de subsistencia se ve amenazado por la alteración natural o artificial de su entorno, porque una catástrofe medioambiental o social y económica lo arroja a la arbitrariedad de una realidad incontrolable, a la lucha por la vida y por la misma subsistencia. Y cuando esto ocurre, no hay selección natural o lucha por la especie que valga para justificar una catástrofe económica, social, cultural y política como lo representa el neoliberalismo de Cambiemos. Ello sin ignorar, por supuesto, otros regímenes cercanos espacial e ideológicamente al del macrismo, como el impulsado en sus diferentes fases tras el golpe al gobierno de Dilma Roussef en Brasil, primero por la gestión títere de Michel Temer, ahora por una especie de neofascismo por Bolsonaro; un retorno del conservadurismo en Chile o el mismo régimen racista y panamericanista e imperialista de Donald Trump desde Estados Unidos.
Por fuerza es imperioso buscar los orígenes de este retorno regional de los regímenes conservadores, que también en Europa expande sus tentáculos. Ya no se trata de explicar qué ocurrió o quiénes lo llevaron a cabo, sino del por qué y el cómo, el de dónde y desde cuándo. Tiene Cambiemos, sus orígenes, sus filiaciones, creemos, que en el pensamiento revanchista de la libertadora del 55, la doctrina económica y de seguridad nacional de la última dictadura cívico-militar del 76, así como en el golpe de mercado del 89 al alfonsinismo y los principios económicos, políticos y culturales del menemismo de los 90, con su consolidación durante el gobierno de De la Rúa entre el 99 y el 2001. Pero también implica haber fundido en su seno elementos tanto de dictaduras y democracia, por no ser, en su aplicación, efectivamente ni una democracia plena, porque lo es solo de forma, siendo la misma vaciada de su sentido y principios tradicionales, ni tampoco, a pesar de adoptar sus mecanismos represores contra marchas populares mediante la instrumentalización del aparato policial, una dictadura, porque ha suspendido de hecho, aunque quizás no de derecho, las garantías y libertades constitucionales. pero si hecho y derecho ya no son distinguibles, si legalidad e ilegalidad, legitimidad e ilegitimidad ya no son contrapuntos opuestos de disyunciones equivalentes y válidas, sino solo expresiones contradictorias de otra cosa cuyo nombre se desconoce y cuyas categorías suelen ignorarse, lo que queda es un estado de excepción, a saber, un estado de cosas en el cual lo legal, la constitución, los códigos y sus leyes subordinadas, están suspendidos en su aplicación, quedando inoperantes, siendo convertidos en puras formas de ley, mientras se aplica y surge en una especie de reglamentación arbitraria y momentánea, una fuerza de ley, en forma de decretos discrecionales. Un estado de excepción que queda revestido por nombres tales como estado de necesidad o de urgencia, mientras el pueblo y la oposición buscan hacer patente el estado mismo de excepción como estado de emergencia: emergencia alimentaria, económica, ambiental, tarifaria y social.
Empero, si la famosa grieta que el gobierno ha querido imponer en el imaginario social y cultural en los últimos tres años y medio va diseminándose en su cada vez más improbable confirmabilidad, como una pura categoría de política imaginaria, por otra parte, las marchas populares y las voces de intelectuales y opositores han intentado detener la violencia estatal y gubernamental que el gobierno utiliza para denostar y violentar derechos de la población. Una población política y económicamente expuesta, rebelada contra su precarización; invisibilizada pero que, mientras algunos pujan por su desaparición real y virtual, otros -y el pueblo mismo en su conjunto- luchan por su derecho a reaparecer y repolitizar los espacios públicos.
El neoliberalismo, que en su crítica por izquierda pero también en su aplicación, desde la derecha en el poder, muestra sus límites: formador de subjetividades atomizadas y de sujetos emprendedores de sí mismos, con paradigmas económicos que reducen los intercambios humanos a su absorción total por los mercados financieros, que no es más mercantilista sino que se ha vuelto mercadista, ya no hay para él capitalismo mercantil, como había durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, sino una lógica financiera sostenida en los discursos del marketing, para el cual la vida ya no vale nada, mientras vivir se torna imposible y absolutamente irrentable, demasiado cara la vida para seguir siendo digna, demasiado caro vivir, a menos que se acepte vivir sobreviviendo en condiciones de miseria. 
 Recuerda la aptitud del presidente, tomada por algunos periodistas e intelectuales del propio stablishment como infantil, a aquella particular promesa de campaña durante 2015 de que, cuando se equivocase, escucharía a los demás para corregirse a sí mismo. Sócrates y Confucio habrían admirado semejante aptitud, sino fuese que tal declaración habría de resultar ser falsa. En efecto, en sus Analectas, dice Confucio: «Un caballero que carece de gravedad no tiene autoridad y lo que ha aprendido es superficial. (...) Cuando comete una falta no tiene reparos en corregirla.» (Confucio, 1997, 1.8). Y en otra parte, dice: «En los asuntos del mundo, un caballero no tiene una posición predeterminada: adopta la posición que es justa.» (Confucio, 1997, 4.10). Sobre un discípulo que llevaba más dinero del que realmente necesitaba (arroz en la Antigua China), se dice que Confucio comentó: «Siempre he oído que un caballero ayuda a los necesitados, no que haga aún más ricos a los ricos.» (Confucio, 1997, 6.4). Incluso llegó a decir: «Un caballero debería avergonzarse si sus obras no están a la altura de sus palabras.» (Confucio, 1997, 14.27). Sí, es cierto que Confucio también justificaba al despotismo ilustrado y monárquico de su época, afirmando que los que ocuparan cargos públicos y en el gobierno central no tendrían que hacerlo por su nacimiento, sino por sus virtudes en el conocimiento, la benevolencia y el respeto a sus semejantes, al tiempo que estos siempre se hallarían, necesariamente, por encima del vulgo, pero lo que queremos recalcar aquí es la falsedad -o mala fe, si se admite que Macri declaró aquello en su campaña, es decir que realizó un acto declarativo y performativo, discursivo de habla- de la declaración del presidente, ya que un error es factible de ser corregido y quien se equivoca puede corregir su error sabiendo en qué se equivocó, y continuar adelante; Macri, en cambio, no se equivocó; su único error, quizás, sea el presentarse para ser reelecto, pero se trata de una mala táctica electoral, donde es la ineficacia de la acción la que se muestra errónea, no la buena o la mala fe de quien la realiza. Macri no se equivoca, vino a hacer "lo que hay que hacer", es decir, vino a representar con su voz y sus decretos, con sus declaraciones públicas y sus medidas, los intereses neoliberales, imperialistas y colonialistas de la élite que lo ayudó a llegar al poder. no es culpa de sus votantes, los cuales fueron sistemáticamente engañados en su mayor parte; al menos no de los votantes que lo votaron de buena fe; es responsabilidad de Macri y de todos los que colaboraron con él para que haya durado todo el tiempo que duró en el gobierno. Logró su efecto, ya que convenció a la suficiente cantidad de votantes de la población para que le dieran su voto, pero dichos votantes ignoraban la intención de Cambiemos, excepto por aquellos que, advertidos por los medios, intelectuales y partidos peronistas, de la izquierda o con memoria del 2001, que quedaron recortados de la ecuación del oficialismo.
Pero los límites -espacio-temporales, políticos, económicos y culturales- del neoliberalismo macrista también expresan los de otro ideal económico-político, a saber, el liberalismo clásico. Hay una disputa en el liberalismo contemporáneo desde la filosofía entre Rawls y Nozick; el primero aboga por un orden social liberal, sí, pero con un reparto equitativo -justicia social- de los recursos entre la población, junto con una normativa acorde con dicho orden social, mientras el segundo imagina que la asociación libre entre dos o más individuos, en cualquier época y lugar, daría paso a un liberalismo total, en el cual cualquier grupo de personas podría estar dispuesto a tomar cualquier decisión, ya que unos preferirían tomar determinado modelo económico o político, mientras otros no, etc. Por otra parte, y saltándose el ideal de Adan Smitz de una sociedad donde la mano invisible esté equilibrada con cierta solidaridad mutua entre los individuos, solidaridad que solamente podría darse de forma efectiva entre burgueses con el mismo nivel económico, ya que bien sabido es que, incluso entre dos personas que negocian el precio de un producto a ser empeñado, subastado o revendido en el mercado hay intereses en lucha, Carl Schmmmit criticaba al parlamentarismo liberal de su época, ya que el tiempo que se tarda en tomar una decisión a través de una cámara legislativa suele ser mucho más largo que el que lleva tomar decisiones por fuera, por lo cual los presidentes en el poder ejecutivo así como los dictadores y dirigentes totalitarios siempre han conseguido poner en práctica sus ideas y disposiciones antes que los congresos tuvieran el tiempo necesario para decidirse a apoyarlos o no. Macri no solamente no respeta a la oposición y se asegura de representar intereses de dominación sobre el pueblo argentino, resulta que también traiciona los principios liberales tras su propio partido, cuya posición liberal de origen le impediría precipitarse a declarar o decretar decisiones no aprobadas simultáneamente por el congreso nacional, así como sus nociones republicanas, porque vuelve inoperantes a las leyes, disponiendo en su lugar decretos excepcionales cuya única apariencia de tales se denota, apenas, en sus predicados discursivos, puro poder soberano y disciplinario.
El "único camino posible" que, según Cambiemos, nos permite "estar en el mundo" se prueba, así, no solo como falaz y antipopular, heredero de la última dictadura cívico-militar y títere de los intereses de instituciones como el FMI o la CIA, sino, además, como un mal camino, cruel y antidemocrático, que salva únicamente a sus promotores, los financistas y exportadores, mientras excluye y mata sistemáticamente al resto de la población. Un camino ante el cual alternativas como el peronismo nacional y popular, los movimientos social-libertarios, los partidos de la nueva izquierda o les intelectuales feministas y de otros grupos en defensa de la diversidad de los géneros, no puede ni conectarse, ni dialogar, mucho menos mantenerse en funcionamiento, a menos que ello implique su imposición forzada por encima de cualquier otra propuesta económica, política, jurídica, social y cultural de rasgos populares.
Si Franz Hinkelammert piensa al neoliberalismo de los 90 como un totalitarismo de mercado, en el caso macrista, como en otros de rasgos conservadores del resto de la región, algunos intelectuales de la centro izquierda y del peronismo -como Santiago Cúneo o Jorge Beinstein-, por ejemplo- coinciden en calificarlo de régimen mafioso que, a modo del nazismo y el stalinismo, como al de los líderes del narco contemporáneo, tiene en sus manos el control de una determinada población, extensible indefinidamente en el espacio y el tiempo según sus capacidades de dominio territorial. Hitler, por ejemplo, duplicó todos los ministerios y cargos diplomáticos durante el nazismo, por lo cual existían, simultáneamente, una embajada del Estado alemán y una embajada del partido nazi; Macri ha hecho esto una vez, con el ministerio de economía, el cual fue transformado en dos ocasiones, siendo ampliado a ministerio de economía y finanzas en la primera, con una tercera ampliación a ministerio de economía, finanzas y deportes de la nación, en la segunda. Su particular forma de desplazar funcionarios de ministerios a presidencias del Banco Central, sus notas y conferencias idénticas en su contenido, en las cuales la separación de la realidad y la producción sistemática de un relato ficcional para explicar la situación nacional del dólar y de la inflación, por mencionar solamente algunas de las decisiones del presidente y de sus allegados, son similares y hasta equivalentes a veces, con decisiones afines en los regímenes antes mencionados. El asesinato y desaparición forzada de Santiago Maldonado, así como la desacreditación de la complicidad con el Reino Unido en el hundimiento a punta de misil del Ara San Juan, la represión ya cotidiana y automática de la policía a las marchas populares, son formas en las que mecanismos de terrorismo de Estado resurgen como herramientas de legitimación de la violencia de un régimen en el cual capitalismo financiero, autoritarismo político y control mediático, persecución política, judicial y mediática a opositores, así como la insensivilización del gobierno nacional hacia los reclamos populares, se encarna lo peor de la antipolítica de la élite argentina. Aunque, si es cierto lo que algunos ya anuncian, de continuar las cosas como están, lo peor aún no ha llegado; una vieja frase de eslóganes de las promociones a Bariloche de otros tiempos nos viene a la mente: "no hay alegría sin dolor, y todavía falta lo mejor", que se transforma en la explicitación de un mensaje similar, oculto por el anterior, a saber: "ya no queda alegría sino dolor, y todavía falta lo peor".
Si denunciar lo que ocurre y a quienes ejercen los dispositivos de su legitimación ya no basta, la acción colectiva conjunta del pueblo, la oposición y los intelectuales populares es indispensable para articular la denuncia con la práctica del activismo social; teoría y acción ya no han de ser pensadas como fases de un pensamiento, sino que deben mostrarse como dos caras o modos del mismo impulso originario y creativo del pueblo, con su responsabilidad ciudadana en juego, para que no deje a la suerte de la buena fe su voto, sino que exija y obligue, como lo hace el contrato implícito de cualquier elección, al próximo gobierno, como lo hace con el actual, a que cumpla sus promesas y que, a su vez, haga cumplir en justicia de sus votantes las penas y procesos necesarios para retraer la deuda externa y devolverle a les argentines su capacidad de compra y poder adquisitivo, repuntando al país en su consumo interno, la reapertura de sus fábricas y el relanzamiento de sus industrias, así como del trabajo.
Bibliografía recomendada: la lista de títulos es incalculable, y no alcanzaría el breve espacio del que dispongo ahora -ni del tiempo- para anotarlos. Sin embargo, véanse, tentativamente, los siguientes: La sociedad excluyente y Debates latinoamericanos, de Maristella Svampa. El Estado burocrático autoritario de Guillermo O'Donnell, Socialismo, autoritarismo y democracia, de Alain Touraine y otros autores. De Roberto Esposito, Bíos. Biopolítica y filosofía, Inmunitas, y Comunitas. de Michel Foucault, Vigilar y castigar, El nacimiento de la biopolítica, El gobierno de sí y de los otros I y II, La verdad y las formas jurídicas, y Obrar mal, decir la verdad. De Giorgio Agamben y otros, Democracia en qué estado; del mismo autor, estado de excepción, El poder soberano y la nuda vida, Stasis: la guerra civil como paradigma político, Qué es un campo, y Qué es un dispositivo. De Judit Butler, Vida precaria. El poder del duelo y la violencia, Marcos de guerra: las vidas lloradas, Violencia de Estado, guerra, resistencia. Por una nueva política de la izquierda, y Cuerpos aliados y lucha política. Hacia una teoría performativa de la asamblea. Crítica de la víctima de Daniele Giglioli, Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt, Horrorismo de Adriana Cavarero, Qué es un genocidio de martín Shaw, ESMA: Fenomenología de la desaparición de Claudio Martiniuk, Por que: La rápida agonía de la Argentina kirchnerista y la brutal eficacia de una nueva derecha, de José Natanson, Vida de perro: del 55 a macri. Conversaciones con Diego Schluart, de Horacio Vervitski. De Carl Schmitt, La dictadura, y El concepto de lo político. De Slavoj Zizek, Bienvenidos al desierto de lo real, Pedir lo imposible, Primero como tragedia, después como farsa, Problemas en el paraíso, y Viviendo en el final de los tiempos. De Ernesto Laclau, La razón populista, y Debates y combates. De Chantal Mouffe, El retorno de lo político, En torno a lo político, y La paradoja democrática. De Antonio negri y Michael Hardt, Imperio, Multitud. Guerra y democracia en la era del imperio; de Antonio Negri y otros, Diálogo sobre la globalización, la multitud y la experiencia argentina, y Guías. Cinco lecciones en torno a Imperio. De Atilio Borón, Estado, democracia y capitalismo en América Latina, Imperio e imperialismo, Socialismo siglo XXI. ¿Hay vida después del neoliberalismo?, y Tras el búho de Minerva. Historia mínima del neoliberalismo de Fernando Escalante Gonzalbo, Breve historia del neoliberalismo de David W. Harvey, Después del liberalismo de Immanuel Wallerstein, Filosofía política del poder mediático y Crítica del neoliberalismo de José Pablo Feinmann. De Franz J. Hinkelammert y Henry Mora Jiménez, Hacia una economía para la vida; de Franz J. Hinkelammert, Democracia y totalitarismo, Dialéctica del desarrollo desigual, Quieren el mercado total. El totalitarismo del mercado, Teología del mercado total, y La vida o el capital. El grito del sujeto vivo y corporal frente a la ley del mercado. De Enrique Dussel, 14 Tesis de ética, 16 Tesis de economía política, 20 Tesis sobre política, Filosofías del sur y descolonización, Hacia una filosofía política crítica, Política de la liberación I. Historia mundial y crítica, Política de la liberación II. La arquitectónica, y Seminario: El orden ontológico-político. Las dictaduras argentinas. Historia de una frustración nacional de Alejandro Horowitz, Macri: orígenes e instalación de una dictadura mafiosa de Jorge Beinstein, Endeudar y fugar: un análisis de la historia económica argentina de martínez de Hoz a Macri de Eduardo Basualdo, Golpe en Brasil de Varios Autores, Cadáver Exquisito de Agustina Bazterrica, El hombre rebelde y Escritos libertarios de Alber Camus. De Néstor García Canclini, Consumidores y ciudadanos, Culturas híbridas, Diferentes, desiguales y desconectados, El mundo entero como lugar extraño, Imaginarios urbanos, y La sociedad sin relato. De Rita Laura Segato, La crítica de la colonialidad en ocho ensayos y una antropología por demanda, La nación y sus otros, Las estructuras elementales de la violencia, y Las nuevas formas de la guerra y el cuerpo de las mujeres. De Noam Chomsky, El nuevo humanismo militar, Estados fallidos, Miedo a la democracia, y con Michel Foucault, Justicia VS. poder: un debate. De Tzvetan Todorov, El nuevo desorden mundial, La conquista de América, La experiencia totalitaria, y Los enemigos íntimos de la democracia. De Achille Mbembe, Crítica de la razón negra, y Necropolítica. De la necropolítica neoliberal a la empatía radical, de Clara Valverde Jesaell, La intimidad como espectáculo y ¿Redes o paredes? La escuela en tiempos de dispersión, de Paula Sibilia, Crisis y utopía en el siglo XXI 
de Félix Rodrigo Mora, El Estado en la historia de Gastón Leval, El nacimiento del Estado de Quentin Skinner. De Pierre Bourdieu, Campo de poder, campo intelectual, Intervenciones políticas, Sobre el Estado, y Sobre la televisión. De Zigmunt Bauman, Retrotopía, En busca de la política, Extraños llamando a la puerta, La globalización. Consecuencias humanas, Miedo líquido, Modernidad líquida, Trabajo, consumismo y nuevos pobres, Vida de consumo, Vida líquida, Vidas desperdiciadas, con David Lyon, Vigilancia líquida, y con Leónidas Donskis, Ceguera moral. La pérdida de sensibilidad en la modernidad líquida. Pueblos expuestos, pueblos figurantes de Georges Didi-Huberman, Qué es un pueblo de Varios Autores. De Gilles Deleuze, Derrames entre el capitalismo y la esquizofrenia, y con Félix Guattari , Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Del propio Félix Guattari, La ciudad subjetiva y postmediática. La polis reinventada, Generación postalfa. Patologías e imaginarios en el semiocapitalismo, y La fábrica de la infelicidad. Nuevas formas de trabajo y movimiento global, de Franco Bifo Berardi . Crédito a muerte. La descomposición del capitalismo y sus críticos, de Anselm Jappe , La vida administrada: sobre el naufragio social de Juanma Agulles. De Gilles Lipovetsky, La sociedad de la decepción, Los tiempos hipermodernos, con Elvette Roix, El lujo eterno, con Herve Juvin, El occidente globalizado, y con Jean Serroy, La pantalla global. Decir no no basta de Naomi Klein, Planeta de ciudades miseria de Mike Davis, El hambre por Martín Caparrós, La derrota y la esperanza de Horacio González, Qué es el peronismo, de Alejandro Grimson, Fuerza de ley de Jacques Derrida, Para una crítica de la violencia y otros ensayos de Walter Benjamin, Populismo y psicoanálisis de Nora Merlín, Psicoanálisis extramuros de Silvia Bleichmar, Orizontes neoliberales en la subjetividad y Lacan en las lógicas de la emancipación, de Jorge Alemán, Escritos a contrapelo y Escritos contra teclado de Carlos Solero, Masa y poder de Elías Canetty, La silenciosa conquista china de Juan Pablo Cardenal y Heriberto Araújo, China: el imperio de las mentiras de Guy Sorman, La China de Mao y después de Maurice Meisner, China. Una nueva historia, por John King Fairbank, China. El despertar del dragón de Julio Díaz Vázquez , China: una revolución en agonía de Róbinson Rojas, China irrumpe en Latinoamérica: ¿dragón o panda? de Alfredo Jalife-Rahme, Economía para el 99% de la población y Qué fue del buen samaritano. Naciones ricas, políticas pobres, de Ha-Joon Chang, El capital en el siglo XXI, La crisis del capital en el siglo XXI y La economía de las desigualdades, de Thomas Piketty, entre otros.

lunes, 25 de febrero de 2019

Venezuela en crisis: un caso de estado de excepción en América Latina

"Íbamos camino a ser Venezuela", decían Mauricio Macri y sus agentes de marketing desde Cambiemos previamente a las elecciones presidenciales de 2015. La situación de crisis económica generalizada en aquel país hermano de nuestro continente es ya para todos bien conocida desde hace cierto tiempo: salarios bajísimos, crisis alimentaria, presos políticos, entre otras cosas.
Pero ¿cómo abordar la cuestión Venezuela en el actual contexto de retorno de los regímenes neoliberales en la región? Con excepción de Bolivia y México, y con los casos extremos de conservadurismo -populista racista y neofascista- en los Estados Unidos con Trump y Bolsonaro en Brasil, desde el sur al norte del continente, vivimos un momento de crisis económica y política de difícil diagnóstico. Si se acusa al gobierno venezolano de Nicolás maduro de autoritario y dictatorial, no menos interesante resulta observar que similares acusaciones por parte de amplios sectores de la intelectualidad y los movimientos sociales, también aquí en Argentina, como en Brasil, por ejemplo, se arrojan a los presidentes de dichos países, aún considerando que todos ellos han sido elegidos democráticamente en elecciones nacionales, pero reconociendo, extraoficialmente, que en cada uno de sus mandatos la persecución política así como la crisis económica afectan en diversa medida a sus poblaciones. Atengámonos aquí, por ahora, sólo al caso de Venezuela.
Afirmamos más arriba que sabemos qué sucede en Venezuela: crisis alimentaria, prisión de opositores políticos... Pero si retomamos la anterior aseveración ya no como tal, sino como interrogante, es decir: ¿sabemos qué sucede en Venezuela? Lo cierto es que pronto nos vemos obligados a admitir que sólo sabemos de lo que allí acontece por acotadas e interesadas informaciones periodísticas, sesgadas y monitoreadas por lupas ideológicas estrechas en las más de las veces. Así por ejemplo, si nos ceñimos a las informaciones que medios como TN o la Nación nos dicen, podríamos pensar que, según el opositor autoproclamado presidente provisional del país Guaidó, en efecto la "ayuda humanitaria" ha llegado a destino; en cambio, si nos aferramos a lo que otros medios de la talla de Telesur o C5N nos dicen, apoyando al gobierno constitucional de Maduro, y en contra de la intervención estadounidense, la "ayuda humanitaria" es un nombre clave para llamar de otra manera a la "ocupación militar" junto con el "bloqueo económico", así como que dichos "ocupación" y "bloqueo" no han tenido lugar. ¿A quién de las partes creer que dice la verdad? Y, estando en contra tanto del intervencionismo exterior como de la persecución y prisión de opositores políticos, ¿de qué lado posicionarse? ¿Es mejor ofrecer y aceptar una -real o falsa- "ayuda humanitaria" o rechazar de plano toda posible "ayuda" que no venga del interior, y simplemente apoyar y contener la opinión oficialista del presidente venezolano? En otras palabras, ¿cómo oponerse tanto a la postura intervencionista como a la oficialista, sin perder de vista una necesaria colavoración para el pueblo venezolano y una necesaria autocrítica por parte del gobierno venezolano, sin que tal colaboración suponga una forma de someter a intereses extranjeros al primero o sin ser asimilado sin más al segundo?
Antes de tomar una postura al respecto, pasemos bajo una nueva lupa interpretativa a semejante problemática, y según sus resultados, adoptemos alguna que incluya además la crítica seria y comprometida con la situación real del pueblo venezolano así como con su gobierno. Estamos hablando de lo que Giorgio Agamben nos dice en su obra, Estado de excepción, sobre la suspensión del estado de derecho durante las dos Guerras Mundiales y sus regímenes concomitantes que, inscribiéndose ideológicamente ya sea desde los nombres de democracia liberal o comunismo, encarnaron, en su mayor parte, regímenes que suspendían derechos y libertades. Releyendo la Tesis 8 de las de Filosofía de la historia de Walter Benjamin, que comienza diciendo: "La tradición de los oprimidos nos enseña que la regla es el «estado de excepción» en el que vivimos." (Benjamin, 1989, p.180). Y recordando que el autor escribía estas palabras durante su exilio del régimen nazzi, Agamben considera que el momento actual de la política occidental es el estado de excepción: no un simple estado de emergencia, de necesidad o de sitio, tampoco una ley marcial; el estado de excepción los engloba a todos ellos, pero además implica que el estado de derecho ya no existe más, sino que el mismo ha sido suspendido, y que en su lugar el poder soberano del Estado gubernamental ha reemplazado al derecho efectivo por el discurso del derecho, donde actos extrajurídicos o parajurídicos son justificados y ejecutados como si fueran de derecho, ya que el derecho se suspende en hecho, al tiempo que el hecho se vuelve derecho.
Lo anterior nos recuerda, de alguna forma, la teoría imaginaria de la política de Trasímaco, el sofista de la República de Platón, que sugería que la ley que debía regir en cada ciudad fuera la del más fuerte. También nos recuerda al Leviatán de Hobbes, en el cual el autor sugiere una teoría para explicar el surgimiento del Estado moderno filosóficamente -no históricamente, ya que utiliza una metáfora-, ofreciendo un estado de naturaleza previo al estado civil, en el cual existe una guerra latente -y real- de todos contra todos, y para detenerla, los hombres habrían acordado ceder a un único soberano, el poder para organizar la sociedad en un orden que acabe con dicha guerra total, al tiempo que tal soberano -absoluto y monárquico- está por encima de las leyes que regirían para todos sus súbditos.
Rebisando la historia antigua, Agamben sugiere como antecedentes del moderno estado de excepción dos instituciones, que no explicaremos detalladamente aquí, pero que hemos de mencionar, a saber: la stasis griega (cuya traducción aproximada sería conflicto), y el yustitium romano (detención del derecho). Para hablar de la guerra civil, un pasaje del Menéxeno platónico, refiriéndose a la stasis que separó a los ciudadanos de Atenas en el año 404 A.C. Platón utiliza el oxímoron "guerra familiar" (oikeios pólemos); "pólemos designa de hecho la guerra externa y se refiere, como Platón escribirá en la República (470c), a lo allótrion kai othneion [ajeno y extranjero], mientras que para lo oikéion kai syggenés [familiar y pariente], el término apropiado es stásis." (Agamben, 2017, pp.16-17). Indica Agamben que Stasis designa "el acto de levantarse, de estar firmemente en pie [stasimós es el punto de la tragedia en el cual el coro se detiene, permanece en pie, y habla; stes es aquel que pronuncia de pie el juramento]." (Agamben, 2017, p.23). Por otro lado, el yustitium romano era una disposición extraordinaria del senado de la República Romana, el cual se aplicaba durante situaciones de emergencia después de una guerra civil o externa; "Cuando llegaba la noticia de una situación que ponía en peligro a la República, el senado emitía un senatus consultum ultimum, con el cual se les pedía a los cónsules (o a aquellos que hacían las veces de ellos en Roma, interrex o procónsules) y en algunos casos inclusive al pretor y a los tribunos de la plebe y, en el límite, a cada ciudadano, que tomaran cualquier medida que se considerase necesaria para la salvación del Estado (...). Este senadoconsulto tenía en su base un decreto que declaraba el tumultus (la situación de emergencia que en Roma advenía luego de una guerra externa, una insurrección o una guerra civil) y daba lugar usualmente a la proclamación de un iustitium" (Agamben, 2005, pp.85-86). Y dice a continuación: "El término iustitium -construido del mismo modo que solstitium- significa literalmente "interrupción, suspensión del derecho": quando ius stat -explican desde la etimología los gramáticos- sicut solstitium dicitur (iustitium se dice cuando el derecho está detenido, como [el sol en] el solsticio); o bien, en las palabras de Aulo Gelio, inris quasi interstitio quadam et cessatio (casi un intervalo y una especie de cesación del derecho). Él implicaba, de este modo, una suspensión no simplemente de la administración de justicia, sino del derecho como tal." (Agamben, 2005, p.86).
Agamben señala en otra parte -tanto en Stasis como en Estado de excepción-, que no se trata de un poder absoluto por parte del Estado ejecutado por el gobierno, sino de un vacío jurídico, de una anomia que escapa al derecho mismo que intenta capturarla; es un campo en el cual coexisten a la vez dos dispositivos, la ley constitucional, con todos sus tratados internacionales, códigos específicos internos, etc., y los decretos del poder ejecutivo, y en el cual la primera se transforma en una pura forma de ley, es decir en un dispositivo jurídico que está vigente sin ser realmente aplicado, mientras el decreto se vuelve la auténtica fuerza de ley, que se aplica sin formar necesariamente parte de la ley vigente. Es lo que ocurre por ejemplo en la Argentina, con la persecución mediática, judicial y política; la división tradicional en tres poderes queda disuelta al ser absorbidos todos ellos por el poder ejecutivo, que pasa de simplemente ejecutar el gobierno a arrogarse las funciones de hacer leyes y de juzgar las acciones.
Habla asimismo el autor italiano de guerra civil mundial: estando Venezuela comprendido como un país en un continente donde la ONU ha declarado zona de paz y fraternidad entre las naciones, sigue vigente la Carta de las Naciones Unidas, pero al tiempo que suspendida en su aplicación real, disponiendo en su lugar acciones ilegales e ilegítimas que permitirían una ocupación militar y un bloqueo económico exterior. Como en una guerra -el embajador de Venezuela ante la OEA ha hablado de guerra de desgaste-, no es posible no tomar una posición. O bien se está a favor del bloqueo y de la intervención económico-militar, como ya lo han dejado claro explícitamente Macri y Bolsonaro, o bien en contra de tales pero a favor del gobierno constitucional de Maduro. No se ha posibilitado un diálogo, como querían que creyésemos los agentes mediáticos del imperio estadounidense, porque semejante diálogo habría implicado suspender el juicio apresurado y no tomar postura a favor o en contra de las partes sin presentar primero alternativas democráticas y sostenibles tanto para el sistema jurídico como para el pueblo venezolanos; para los defensores del intervencionismo o bien se hace necesaria tal intervención, porque ya decidieron de antemano y sin consulta ni referéndum popular alguno al pueblo venezolano, que el gobierno actual en su país es antidemocrático y autoritario, o bien se hace necesaria tal intervención, porque el pueblo sufre una crisis económica y alimentaria irresoluble por un gobierno democráticamente elegido y colocado por él mismo; es decir, que para ellos sólo es posible y necesario intervenir exteriormente en el interior de un país ajeno a las decisiones de gobiernos exteriores a la propia república venezolana. ¡Qué contradicción para las democracias latinoamericanas, suspender militar y antipopular y antidemocráticamente a Venezuela para que continúe vigente la misma democracia venezolana!
Ya lo señaló el embajador de Venezuela en la OEA: se trata de una farsa, de un robo y de una actuación ilegal, que de llevarse a cabo, sin la aprobación tanto del pueblo y del derecho venezolanos, como de la junta de la firma de veinticuatro miembros de la Organización, violaría la ley. Él dijo entonces que Trump y sus colaboradores embargaron todas las refinerías de petróleo del país, robando treinta mil millones de dólares en una sola semana, y que estarían dispuestos a devolver el 1% en una supuesta "ayuda humanitaria", que a la vez viola derechos humanos. Constituiría un atentado al gobierno, al pueblo y a los derechos humanos de Venezuela, porque no se trata de recibir o de rechazar ayuda otorgada por organizaciones no gubernamentales con el permiso del país receptor, que es el único capaz de decidir aceptar o rechazar tal ayuda, sino de una entrega de armas y ayuda militar a Guaidó, como ya lo demostraron el uso de la frontera colombiana con Venezuela para un "recital benéfico" promocionado por un rico empresario británico, que quería introducir un barco de guerra británico en aguas venezolanas, el envío de fuerzas militares estadounidenses a dichas fronteras, o el explícito apoyo del presidente de Colombia a la intervención, sin el cual su frontera no hubiera sido utilizada con tales fines nefastos para las relaciones entre ambos países.
Si Venezuela efectivamente necesita ayuda exterior e interior, no creemos que sea "humanitaria" una ayuda que sólo puede ser militar y que no está dirigida a sostener provisionalmente al pueblo venezolano en su momento de mayor crisis económica y alimentaria, sino a sostener, en cambio, a las fuerzas ilegales e ilegítimas de Guaidó, quien comparte ideas con Leopoldo  López, preso político así como anterior jefe de la derecha venezolana y quien llamara a las armas y al golpe de Estado contra Chávez en su día.
Si estamos en contra de la militarización del pueblo venezolano así como de muchas de las decisiones y actuaciones de Maduro, en la misma medida nos oponemos a la intervención militar y al bloqueo económico del país por parte de los Estados Unidos, cuyo presidente Trump no se cansa de buscar el conflicto y la ocupación que aún no ha podido realizar. Podemos hablar y opinar a favor o en contra del gobierno de Maduro, como nos oponemos al de Macri, pero si podemos darle un estatus jurídico que respalde y corresponda en su campo a la decisión ético-política aquí en nuestro país, ello es porque somos ciudadanos argentinos, y porque habitamos y conocemos esta realidad inmediata y mediatamente, desde el interior de la Argentina; pero no podemos darle el mismo respaldo jurídico a una decisión ético-política sobre un país del cual no formamos parte, el cual no habitamos, ni como ciudadanos ni como pueblo, y en el cual el derecho de nuestro país no puede entrar ni aplicarse, porque cada país por sí mismo constituye, con todas sus partes -Estado, ciudadanía y territorio, pueblo y gobierno-, su propio soberano. Sólo con motivos de guerra, los cuales de ser explicitados causarían manifiesta indignación entre la mayoría de la ciudadanía argentina, pueden personajes como Trump, Macri o Bolsonaro, pretender intervenir un país que no les compete. Estados Unidos sabe que es ser un imperio en América latina, como tiene como país satélite y colonia a Puerto Rico, y sólo los imperios, que someten bajo sus jurisdicciones a las colonias que conquistan, pueden creer y querer asimilar a sus sistemas jurídicos a un país que no se somete a sus disposiciones económicas y políticas de forma sumisa y pacífica, como ya lo hicieran Argentina, Chile o Brasil, desde el retorno conservador en la región. pero además, quiere someter a sus criterios discrecionales y excepcionales a todo un pueblo, para desauciarlo, como ya lo demuestra desde que amenazara al mercado internacional del petróleo con cerrar el suyo a países como la India, para que no compre petróleo a Venezuela, así puede someter a la miseria y al sufrimiento a un país que, sólo porque dice que no a una potencia imperialista que difunde por todo el planeta la nueva esclavitud económica al FMI y al Banco Mundial, es vilipendiado por todos, desde todas partes, desde dentro y desde fuera, para precipitar su derrumbe, ya sea abriendo elecciones prematuras o habilitando una directa invasión armada.
Notas: Véanse las siguientes obras de Giorgio Agamben: Estado de excepción. Homo Sacer II, Traducción de Flavia Costa e Ivana Costa, Introducción y entrevista de Flavia Costa, Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2005. Stasis: la guerra civil como paradigma político, Traducción de Rodrigo Molina-Zavalía, Revisión de Flavia Costa, Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2017. Véase también la conferencia dada por el embajador ante la OEA por Venezuela, en https://drive.google.com/file/d/15zQt8E-g5BOwdbjPoYZjSYOpwd1CgoNv/view.