A cuarenta y dos años del golpe de Estado que condujo a la Argentina a la dictadura más cruel, sanguinaria y mortífera, una desdibujada grieta -casi real, casi imaginaria- vuelve ingenuas las polarizaciones conocidas en la política, y mientras el gobierno nacional silencia los monumentos de la memoria, ya por tercera vez desde su comienzo en 2016, grupos de la oposición, de izquierda, de derechos humanos y de organizaciones sociales varias marchan en todo el país, con el conocido lema que, a día de hoy, cuenta ya con cuarenta y dos años de existencia: "memoria, verdad y justicia".
Parece que una fecha histórica, que marca una ructura en la política argentina de entonces -1976- interrumpe la acostumbrada marcha de los acontecimientos de la vida cotidiana de los argentinos, y, a pesar de sus diferencias ideológicas, intelectuales y demás, en boca de la mayoría están estas tres palabras: "memoria", "verdad" y "justicia". Mañana, sin embargo, la historia continuará su curso habitual, y la intelligentsia seguirá con sus mismos discursos, mientras el resto nos seguiremos preguntando: ¿y ahora qué? Es decir: ¿qué pasará mañana con la economía, con los trabajos, con las tarifas, con los decretos? Para muchos otros, el de hoy es un día de descanso, un feriado más entre otros feriados, y sus mentes han perdido la noción del tiempo y, por tanto, de la historia; ya no tienen memoria, o si la tienen, es una memoria que se reduce a la familia, a los amigos y a sí mismo. Pareciera, entonces, que aún seguimos sin comprender lo que muchos quieren -y queremos- decir con esas tres palabras.
Porque, en efecto, ¿no hemos perdido la memoria al ver regresar al mundo político las prácticas antidemocráticas y represivas de los años 50 y 70, desde el Estado y bajo el Estado, algo que creíamos imposible de regresar? ¿No hemos perdido la verdad, al vivir en un mundo en el que ya no es posible tener por verdadero prácticamente nada, sino que casi todo es tenido por verosímil? ¿Y no hemos quedado sin justicia, al ver como, día a día, en nuestro país y en el mundo, aumentan la represión desde el Estado a las protestas pacíficas, la violencia institucional y parainstitucional desde la policía, por ejemplo, y desde los medios también, hacia las mujeres, los ancianos, los trabajadores, los sectores empobrecidos y los nuevos inmigrantes?
Asistimos a un momento en el cual la memoria se ha fundido con la historia oficial, en el que nada parece verdadero sino que todo resulta verosímil, y en el cual, además, el ideal clásico de justicia -ética, política y jurídica- se está derrumbando ante la realidad de un mundo caótico, empobrecido, mercantilizado y asediado por las catástrofes habmientales, las guerras en Medio Oriente, la manipulación masiva de información por grandes compañías y agencias de inteligencia, y por políticas que desamparan a los seres humanos afectados por ellas, y políticos que, en su mayor parte, ya no representan a nadie. Desde nuestro país, aquí mismo, hay quienes, ya desde el 2016, se preguntan cómo es posible el retorno de un campo de prácticas y discursos que, entre finales del 2001 y comienzos del 2003, parecían haber desaparecido para siempre; cada vez son más los que, desde distintas disciplinas y sectores, y desde diferentes perspectivas políticas, pronostican un retorno paulatino a la crisis del 2001; esos intelectuales, decía, se preguntaban, y continúan preguntándose, cómo fue posible semejante retorno de los neoliberalismos en la región, la asunción al gobierno de los Estados Unidos de Donald Trump, y el regreso a la política mundial de discursos xenófobos y racistas, entre otras cosas.
En su más reciente trabajo, Crítica de la víctima, Daniele Giglioli dice algo interesante, que echa luz sobre estos problemas, especialmente al referido de la relación entre historia y memoria: "el que está condenado a repetir el pasado no es quien no lo recuerda, sino quien no lo comprende." (Giglioli, 2017, p.11). ¿Por qué, entonces, pareciera que, a pesar del golpe del 76, a pesar de la crisis del 2001, a pesar de los repetidos esfuerzos de grupos de derechos humanos de evitar que se repitan la crueldad y el horror del pasado, estuviéramos condenados a repetirlos? ¿Y por qué pareciera que, llegados a este punto, por otra parte y razones, la odiada y falaz teoría de los dos demonios, la teoría oficial de la historia y la memoria del alfonsinismo, pudiere convertirse muy pronto en la teoría oficial sobre la historia de la dictadura cívico-militar de 1976-83 del actual gobierno, aplicada en la práctica mediante una supuesta pero indeseable ley que legitimaría, en lo subsecuente, una guerra sistemática al narcotráfico en el país, justificando nuevamente las desapariciones y muertes que hoy aparecen bajo el nombre de gatillo fácil? No es que, según parece, el pueblo argentino no recuerde, lo cual, de ser el caso, invalidaría las movilizaciones masivas durante el intento de renovada aplicación del 2X1, sino que no comprende; y bien saben muchos que, en verdad, fueron las quince muertes del gobierno radical de De la Rüa, acompañadas por las imágenes de los saqueos a nivel nacional, todo ello con el Estado de sitio de fondo, lo que impulsó a la mayoría de la población a quitarle la legitimidad a dicho gobierno, junto con sus prácticas, en vez de alguna explicación de lo sucedido, más allá de lo que todo el mundo cree saber acerca de la extremación de la crisis económica con métodos neoliberales, comenzada por el gobierno militar en los 70, ilegítimamente, y por el menemismo de manera legítima, en los 90. Lo cierto es que aún son muchas las explicaciones -o interpretaciones- que diferentes analistas ofrecen sobre qué y por qué aquella crisis estalló y se manifestó en masivas protestas en todo el país. En el caso de la última dictadura, aún es hegemónica la explicación que, entre otros grupos de derechos humanos, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo ofrecen; pero después del asesinato y desaparición forzada de Santiago Maldonado y del asesinato de Rafael Nahuel por la espalda, ambos excusados impunemente por el gobierno nacional y, se presume, organizados por él, ya no es seguro que dicha explicación sobre la desaparición masiva de personas se mantenga como la más aceptada.
La memoria se mantiene fresca, pero está en peligro de ser manipulada para su olvido sistemático por parte del gobierno nacional; la verdad y la justicia penden de un hilo, e incluso la misma justicia, tan largamente exigida y conseguida, aún si es parcialmente, puede que esté en vías de desaparecer. Es por esto, y por todo lo anterior, que al lema "memoria, verdad y justicia" falta agregar un cuarto término, no menos problemático pero sí entendible y, quizá, fundamental y principal: el de la comprensión. Porque si con la memoria se recuerda, antes que nada y ante todo, con una historia crítica, con políticas y aportes humanísticos y filosóficos críticos, el mundo común se conoce y comprende, se lo debate y revisa; al pasado es necesario tanto comprenderlo como recordarlo, porque si solamente se lo recordara ya esto mismo sería siempre insuficiente; porque la memoria, como también la historia, es selectiva, y sólo la crítica y la pluralidad en perspectivas y realidades, podría evitar que olvidemos la razón de la selección, y así lograr, también, vivir en un mundo donde alguna razón selectiva, que configura memoria e historia, se nos presente, tal vez no como verdadera, pero al menos sí como válida, superando el relativismo de cualesquiera discursos e historias verosímiles de los medios concentrados de comunicación.
No hay que olvidar, hay que recordar, que saber y que vivir con justicia, pero también hay que comprender, porque si no el recuerdo, el saber y la justicia se vuelven nociones vacías, representantes de ideas fijas y faltas de auténtico sentido teórico, práctico y crítico. También para esto está la filosofía, que habilita la crítica, como todos los demás saberes, y, especialmente, la duda.
Nota: muy recomendable es para estos debates el libro más arriva citado, Crítica de la víctima, de Daniele Giglioli, Barcelona, Herder Editorial, S.L., [2014] (2017), traducción de Bernardo Moreno Carrillo. La perspectiva de este autor italiano insiste en deshabilitar los términos "inocencia" por parte de las víctimas, y "culpa" por la de los victimarios, que lo fueron en el pasado, y reemplazarlos por el de "responsabilidad", otorgando a cada actor su propio grado de la misma, condenando a los criminales sin expulsarlos para siempre del mundo de los seres humanos y permitiéndoles, así, el arrepentimiento y el cambio de su conducta; otra de sus conclusiones principales es la de que es posible extender el dolor de las víctimas hasta sus hijos y ñetos, pero no más allá, porque entonces el dolor es un modo de gerarquía que da poder y autoridad a quienes no experimentaron el sufrimiento real. A este autor podría replicársele que, a diferencia de lo que ocurre en otros países del mundo como Alemania, aquí aún es posible el olvido, incluso en Italia, donde las víctimas de la mafia son tan actuales en ese país como las del gatillo fácil en el nuestro. Pero puede ser útil su lectura a la hora de volvernos al caso de la desaparición del Ara San Juan y de sus cuarenta y cuatro tripulantes, cuya trágica desaparición parece que, del lado del gobierno nacional, vaya a quedar silenciada.
Filosofía para filósofos y no filósofos. “¿Quién duda de que vive, recuerda, entiende, quiere, piensa, conoce y juzga? Puesto que si duda, vive; si duda, recuerda su duda; si duda, entiende que duda; si duda, quiere estar cierto; si duda, piensa; si duda, sabe que no sabe; si duda, juzga que no conviene asentir temerariamente, Y aunque dude de todas las demás cosas, de éstas jamás debe dudar: porque, si no existiesen, sería imposible la duda.” San Agustín, De Trinitate, X, 10, 14
sábado, 24 de marzo de 2018
lunes, 12 de marzo de 2018
Merlí: profesor escandaloso, filósofo despierto
Durante los últimos tiempos, ha aparecido una nueva serie que desde España está cautivando: Merlí.
Se trata, como muchos ya sabemos, de un profesor fuera de lo común, que se vuelve profesor de su propio hijo en la preparatoria, es amistoso con los alumnos y poco dado a los convencionalismos.
Sin embargo, quizás muchos espectadores argentinos de la serie olvidan o ignoran que no es la única serie filosófica que alguna vez se ha escrito: hasta el 2015 en Canal Encuentro se transmitían Mentira la verdad, programa producido y escrito por Darío Sztajnszrajber, y Filosofía aquí y ahora, por José Pablo Feinmann. programas ambos que se dedicaban y estaban dedicados a la difusión de la filosofía. ¿Qué trae como novedad la nueva serie de Netfflix? En Mentira la verdad, su protagonista, Darío Sztajnszrajber, introduce a su audiencia en temas y problemas clásicos de la filosofía a través de dramas teatrales, en los que participa acompañado de otros actores, gente desconocida; en Filosofía aquí y ahora, por otro lado, Feinmann explica un poco de la historia de la filosofía y se vale para ello, diferentemente del anterior, de explicaciones que son acompañadas por videos, frases e imágenes que configuran todo un documental. El caso de Merlí es muy distinto a los dos anteriores: Merlí, el profesor y protagonista de la serie omónima, no se dedica únicamente a explicar un tema, ni las actuaciones que protagoniza son incidentales; es un personaje más de entre otros, con los que se relaciona especialmente, como lo haría un profesor (¿) en la vida real, en un instituto de bachillerato español. Los capítulos forman parte de un auténtico drama de comedia, que suelen comenzar con Merlí presentando y explicando a un filósofo en particular-Sócrates, Platón, etc.-, introduciendo tanto a la audiencia como a los estudiantes, en sus teorías e ideas propias, explicaciones que continúan a lo largo del episodio, mientras la vida cotidiana de estudiantes, docentes y padres de familia transcurre sin pausa.
Como en la "vida real": chicos y chicas que se conocen, discuten y se meten en problemas, de los cuales, a veces, el mismo protagonista participa, en las clases y en los recreos, en las aulas, en el patio y en la sala de profesores, por ejemplo, y también en las casas de los estudiantes y del protagonista. Pero eso no es todo: como en toda buena serie televisiva, en la cual los personajes forman parte de una trama que crea sus propias reglas y su propio campo de verosimilitud, las cosas no son nunca tan simples; Merlí no es una persona "políticamente correcta", está separado, vive con su madre y su hijo adolescente, el cual es gay, en sus clases tomar apuntes es lo de menos, y profesores y estudiantes en todo el instituto o no le tienen confianza o piensan que es arrogante y raro. En verdad, la serie misma se encarga de sacar a relucir todos aquellos aspectos molestos de la gente, y el profesor Merlí no pierde la ocasión de tener una cita con la profesora de inglés a plena luz del día, o en recibir quejas y críticas muy duras de sus colegas; ¿y cómo son los demás personajes? por sólo mencionar algunos, podemos anotar: están Iván, un chico que padece agorafobia; Pol, conocido por haber repetido dos cursos; Joan, con un padre abogado conservador y exijente; Mónica, una chica atractiva e inteligente que pronto se hace famosa por un video porno que circula en el colegio; Berta, una chica conocida por ser rápida con sus citas; o, por si la lista anterior no vasta, Bruno, el hijo del protagonista, que oculta a todo el mundo que es gay, y que no soporta a su propio padre.
Una consideración aparte merece el modo particular de Merlí de dar clases: para hablar de los peripatéticos, lleva el primer día a los chicos a dar un paseo por el colegio, hasta llegar a la cocina, excuzándose de ello diciendo que los ha llevado allí porque cree que "el cerebro es como la cocina del ser humano"; cuando habla de Sócrates, efectivamente llega a decir que los prejuicios y valores tradicionales de la familia, que siguen manteniendo los padres de los alumnos pueden irse a la mierda; y cuando se dedica a Schopenhauer, no duda en llamarle la atención a una alumna que se dedicaba a pintar su banco durante las clases, diciéndole que tomar apuntes así es sucio, "como follar con tu nobio teniendo el gato en la cama", y cosas semejantes.
¿Se cumple entonces el deseo de Nemrod Carrasco, profesor asesor en la escritura del guion de la serie? Dice él en una entrevista: "La serie pretende rescatar esa dimensión mágica que tiene la palabra Merlí y contraponerla a esta cara más burocrática del paradigma educativo"; ¿se contrapone, entonces, Merlí a "esta cara más burocrática" del paradigma educativo vijente en España y en el resto del mundo académico occidental?
Sí y no; sí, porque el protagonista es alguien fuera de lo común, que falsea todos los convencionalismos del modelo de profesor de filosofía; y no, porque sus clases no dejan de ser, en rigor, tan académicas como lo son las que, en realidad, tienen lugar en cualquier centro de estudios superior en el mundo. Incluso hemos de afirmar que los contenidos son insuficientes, aún si se trata simplemente de alcanzar algunas ideas básicas a una audiencia multifacética y formada en su mayor parte por jóvenes y adultos que o bien ejercen alguna profesión como la de ser docente de alguna asignatura en un colegio o universidad, o bien asisten como estudiantes a alguno de dichos centros. Por sólo dar un ejemplo, Merlí atribuye, en el episodio dedicado a Maquiavelo, la frase "el fin justifica los medios" al florentino, siendo que se trata de una frase apócrifa; durante el mismo incluso llega a decir que el italiano justifica el mal de los políticos, porque es con el uso del mal como mucha gente poderosa consigue lo que quiere, mintiendo y haciendo maldades, cosa que no es del todo falsa, pero que reduce el pensamiento maquiaveliano a un despotismo desmedido, y no considera que, por ejemplo, el florentino indica al príncipe que debe ser temido y no amado ni odiado, o que es mejor para él, siempre que pueda tener de su lado al pueblo y no a los grandes, si tiene que elegir en un momento apremiante.
Empero, la serie cuenta con una ventaja, y se trata de algo que, al menos hasta aora, no se había visto en este tipo de programas: no sólo se muestra la realidad cotidiana de los personajes de un modo desenfadado y sincero; la intención de la serie, así nos lo ha parecido, es y sigue siéndolo, interesar al público en la filosofía, mostrando su influencia no tanto en la historia occidental como en nuestras propias vidas, salvándola del conocido prejuicio de que se trata de algo inútil, y así por ejemplo Merlí llega, incluso, a cumplir las funciones de padre, psicólogo o consejero de pareja de sus estudiantes, que en la mayoría de los casos sienten que sus vidas no tienen sentido o que estudiar en la escuela carece de sentido; entonces aparece Merlí, y como si de un mago se tratara, abre puertas y caminos a sus dudas y problemas; su ironía y franqueza desmedidas joden la paciencia de sus alumnos y de su hijo en más de una ocasión, pero también les hace reflexionar y enfrentarse a sus problemas. Paradigmático (¿) es el episodio dedicado a Guy Deborn, donde el mismo Merlí le dice a Mónica que deje de esconderse y enfrente su situación; el que había mandado el video a los demás dentro del instituto termina por confesar, y todos demuestran el ridículo del problema quedando en ropa interior en plena clase del protagonista.
Todo verosímil desafía, en fin, lo verdadero; y mientras en la "vida real" parecería cumplirse el famoso principio enunciado por Todorov de que lo verosímil no es verdadero y lo verdadero no es verosímil, al interior de la serie se establece otro diferente: la filosofía ya no busca descubrir la verdad -por lo menos no la Verdad con mayúscula-, sino la verosimilitut, y así lo que es verdad en la vida cotidiana "real" e inverosímil en el imaginario de la ficción, se torna una verdad entre otras, transformándose en una doble verdad que es tanto verdadera como verosímil. Gracias a que la hipótesis original de la serie funda el filosofar en la búsqueda de la verdad dentro de un campo propio de verosimilitud, en vez de buscarla o bien en el mundo o bien entre los sujetos, se vuelve posible, deseable incluso, que la filosofía se aplique al mundo cotidiano de los personajes con una facilidad que no suele encontrarse en la vida cotidiana de los seres humanos reales y existentes. El problema es: ¿es igual de posible y deseable esa misma estrategia del filosofar en nuestro mundo inmediato y real, más allá del mundo verosímil de la propia serie? Posible no, porque no parece probable la aparición en nuestro mundo de una pracsis y una metodología pedagógico-filosóficas de alguien como Merlí; ni siquiera deseable, puesto que la extravagancia del mismo protagonista no es aceptable en el campo de sentido de un colegio secundario o de preparatoria común y corriente. Hasta que el propio Merlí aparezca por primera vez en la vida cotidiana de los alumnos y profesores del instituto, casi nadie cree posible ni considera deseable conocer ni compartir la actividad de alguien tan extrambótico como él; se trata, en todo caso, de una construcción original de un personaje auténtico que irrumpe en y sacude la vida de los demás, dentro de una cosmovisión reducida de lo humano (ejemplo de ello es la completa ausencia del debate político dentro de la serie, considerando que el protagonista enseña filosofía y no ciencias políticas, aún si intenta mostrarles a sus alumnos que la fuente de todo filosofar es política, pero sigue siendo una pasión política ambigua, que se limita a desafiar lo establecido sin criticarlo en todos sus alcances).
¿Qué nos queda a nosotros, los espectadores? No es un simple acercamiento entre otros, sino de una llamada de alarma a todos, jóvenes, adultos, padres, hijos y docentes, a que intentemos y nos atrevamos a ser humildes, a relacionarnos verdaderamente con los demás y a decir y enseñar de otra manera las mismas ideas, a mostrar con otro tacto, el particular de los estudiantes adolescentes de una preparatoria española, con la calidez y el realismo de nuestro siglo XXI y en nuestros propios contextos, cosas que se han descuidado mucho hasta ahora y que, quizás por primera vez, se reflejan en una serie de televisión.
Si en Mentira la verdad una supuesta filosofía apolitizada se transmitía a través de su escenificación dramática, y en Filosofía aquí y ahora el disenio documental configuraba y significaba la única estrategia explicativa, prefigurada por una intelectualidad y una teoría política no enunciadas -marxismo, peronismo, kirchnerismo-, en Merlí la novelización desdramatiza y desplaza así el papel del filósofo y de la filosofía del lugar de autoridad que otorga el papel de autor, anclados a la trama y a la narrativa sólo en su encarnación como herramientas del protagonista y no ya como los protagonistas ellos mismos; de modo que ya no son ni el filósofo ni la filosofía los que cumplen el papel principal y encarnan protagonistas de una obra con otros personajes incidentales; ni tampoco es ya la política y la historia los que dan pie a un discurso más o menos coehrente y unívoco; en cambio, con Merlí asistimos a una serie en la cual el protagonista es alguien extrabagante, que conserva los rasgos característicos de una persona de clase media española, con los defectos y virtudes de cualquier profesor de filosofía de carne y hueso, y en la que, además, tanto los espectadores como los alumnos ficticios participamos del proceso de enseñanza-aprendizaje, que devuelve a la filosofía al mundo real y cotidiano, a las calles, a los colegios y centros de estudio medio y superior, e incluso a las discusiones habituales entre compañeros, amigos, colegas y familiares, cumpliendo así -si bien a medias- el sueño socrático de conversar, refutar e incomodar con y entre todos, como lo hiciera el mismo Sócrates en las calles de Atenas.
Asistimos por fin, de una manera inédita y original, no sólo a la renovación de la enseñanza de la filosofía en el nivel medio, sino también y sobre todo, a un nuevo modo de mostrar la actividad filosófica en el mundo, uno que no es reductible a la didáctica, que excede los lineamientos clásicos de cualquier programa televisivo, y que recoloca a la misma filosofía tanto en su lugar clásico como saber primero y preponderante al tiempo que como un saber entre otros; un modo de mostrarla -a la filosofía-, al fin, como un saber auténticamente útil entre todos los demás tipos de conocimiento, aún si su utilidad se reduce, sencillamente, a permitirnos ejercer y organizar, de una forma inteligente y responsable, la duda.
Notas: un fragmento de la entrevista a Nemrod Carrasco puede encontrarse en el suplemento Educación del diario La Capital, accediendo al siguiente enlace: https://www.lacapital.com.ar/educacion/cuanto-mas-muerta-parece-la-filosofia-aparece-merli-y-la-resucita-n1562118.html. De Maquiavelo es muy recomendable la lectura de su famoso libro El Príncipe. Acerca del problema de lo verosímil, véase: AA. VV., Lo verosímil, 1972, especialmente los artículos El efecto de realidad, de R. Barthes, pp.95-101, y Lo verosímil que no se podría evitar, por T. Todorov, pp.175-179. Un libro que examina la utilidad de la filosofía en el currículum escolar en España es Huérfanos de Sofía, por Varios Autores, 2014. útil para la enseñanza de la filosofía en relación a la vida cotidiana, y especialmente al reflejo de la misma en ciertos programas televisivos, es Los Simpson y la filosofía, de Varios Autores, 2001. También es muy recomendable el libro, de reciente aparición, Juego de tronos y la filosofía, de William Irwin y Henry Jacoby, traducido por Rosa Sanz, 2012.
Se trata, como muchos ya sabemos, de un profesor fuera de lo común, que se vuelve profesor de su propio hijo en la preparatoria, es amistoso con los alumnos y poco dado a los convencionalismos.
Sin embargo, quizás muchos espectadores argentinos de la serie olvidan o ignoran que no es la única serie filosófica que alguna vez se ha escrito: hasta el 2015 en Canal Encuentro se transmitían Mentira la verdad, programa producido y escrito por Darío Sztajnszrajber, y Filosofía aquí y ahora, por José Pablo Feinmann. programas ambos que se dedicaban y estaban dedicados a la difusión de la filosofía. ¿Qué trae como novedad la nueva serie de Netfflix? En Mentira la verdad, su protagonista, Darío Sztajnszrajber, introduce a su audiencia en temas y problemas clásicos de la filosofía a través de dramas teatrales, en los que participa acompañado de otros actores, gente desconocida; en Filosofía aquí y ahora, por otro lado, Feinmann explica un poco de la historia de la filosofía y se vale para ello, diferentemente del anterior, de explicaciones que son acompañadas por videos, frases e imágenes que configuran todo un documental. El caso de Merlí es muy distinto a los dos anteriores: Merlí, el profesor y protagonista de la serie omónima, no se dedica únicamente a explicar un tema, ni las actuaciones que protagoniza son incidentales; es un personaje más de entre otros, con los que se relaciona especialmente, como lo haría un profesor (¿) en la vida real, en un instituto de bachillerato español. Los capítulos forman parte de un auténtico drama de comedia, que suelen comenzar con Merlí presentando y explicando a un filósofo en particular-Sócrates, Platón, etc.-, introduciendo tanto a la audiencia como a los estudiantes, en sus teorías e ideas propias, explicaciones que continúan a lo largo del episodio, mientras la vida cotidiana de estudiantes, docentes y padres de familia transcurre sin pausa.
Como en la "vida real": chicos y chicas que se conocen, discuten y se meten en problemas, de los cuales, a veces, el mismo protagonista participa, en las clases y en los recreos, en las aulas, en el patio y en la sala de profesores, por ejemplo, y también en las casas de los estudiantes y del protagonista. Pero eso no es todo: como en toda buena serie televisiva, en la cual los personajes forman parte de una trama que crea sus propias reglas y su propio campo de verosimilitud, las cosas no son nunca tan simples; Merlí no es una persona "políticamente correcta", está separado, vive con su madre y su hijo adolescente, el cual es gay, en sus clases tomar apuntes es lo de menos, y profesores y estudiantes en todo el instituto o no le tienen confianza o piensan que es arrogante y raro. En verdad, la serie misma se encarga de sacar a relucir todos aquellos aspectos molestos de la gente, y el profesor Merlí no pierde la ocasión de tener una cita con la profesora de inglés a plena luz del día, o en recibir quejas y críticas muy duras de sus colegas; ¿y cómo son los demás personajes? por sólo mencionar algunos, podemos anotar: están Iván, un chico que padece agorafobia; Pol, conocido por haber repetido dos cursos; Joan, con un padre abogado conservador y exijente; Mónica, una chica atractiva e inteligente que pronto se hace famosa por un video porno que circula en el colegio; Berta, una chica conocida por ser rápida con sus citas; o, por si la lista anterior no vasta, Bruno, el hijo del protagonista, que oculta a todo el mundo que es gay, y que no soporta a su propio padre.
Una consideración aparte merece el modo particular de Merlí de dar clases: para hablar de los peripatéticos, lleva el primer día a los chicos a dar un paseo por el colegio, hasta llegar a la cocina, excuzándose de ello diciendo que los ha llevado allí porque cree que "el cerebro es como la cocina del ser humano"; cuando habla de Sócrates, efectivamente llega a decir que los prejuicios y valores tradicionales de la familia, que siguen manteniendo los padres de los alumnos pueden irse a la mierda; y cuando se dedica a Schopenhauer, no duda en llamarle la atención a una alumna que se dedicaba a pintar su banco durante las clases, diciéndole que tomar apuntes así es sucio, "como follar con tu nobio teniendo el gato en la cama", y cosas semejantes.
¿Se cumple entonces el deseo de Nemrod Carrasco, profesor asesor en la escritura del guion de la serie? Dice él en una entrevista: "La serie pretende rescatar esa dimensión mágica que tiene la palabra Merlí y contraponerla a esta cara más burocrática del paradigma educativo"; ¿se contrapone, entonces, Merlí a "esta cara más burocrática" del paradigma educativo vijente en España y en el resto del mundo académico occidental?
Sí y no; sí, porque el protagonista es alguien fuera de lo común, que falsea todos los convencionalismos del modelo de profesor de filosofía; y no, porque sus clases no dejan de ser, en rigor, tan académicas como lo son las que, en realidad, tienen lugar en cualquier centro de estudios superior en el mundo. Incluso hemos de afirmar que los contenidos son insuficientes, aún si se trata simplemente de alcanzar algunas ideas básicas a una audiencia multifacética y formada en su mayor parte por jóvenes y adultos que o bien ejercen alguna profesión como la de ser docente de alguna asignatura en un colegio o universidad, o bien asisten como estudiantes a alguno de dichos centros. Por sólo dar un ejemplo, Merlí atribuye, en el episodio dedicado a Maquiavelo, la frase "el fin justifica los medios" al florentino, siendo que se trata de una frase apócrifa; durante el mismo incluso llega a decir que el italiano justifica el mal de los políticos, porque es con el uso del mal como mucha gente poderosa consigue lo que quiere, mintiendo y haciendo maldades, cosa que no es del todo falsa, pero que reduce el pensamiento maquiaveliano a un despotismo desmedido, y no considera que, por ejemplo, el florentino indica al príncipe que debe ser temido y no amado ni odiado, o que es mejor para él, siempre que pueda tener de su lado al pueblo y no a los grandes, si tiene que elegir en un momento apremiante.
Empero, la serie cuenta con una ventaja, y se trata de algo que, al menos hasta aora, no se había visto en este tipo de programas: no sólo se muestra la realidad cotidiana de los personajes de un modo desenfadado y sincero; la intención de la serie, así nos lo ha parecido, es y sigue siéndolo, interesar al público en la filosofía, mostrando su influencia no tanto en la historia occidental como en nuestras propias vidas, salvándola del conocido prejuicio de que se trata de algo inútil, y así por ejemplo Merlí llega, incluso, a cumplir las funciones de padre, psicólogo o consejero de pareja de sus estudiantes, que en la mayoría de los casos sienten que sus vidas no tienen sentido o que estudiar en la escuela carece de sentido; entonces aparece Merlí, y como si de un mago se tratara, abre puertas y caminos a sus dudas y problemas; su ironía y franqueza desmedidas joden la paciencia de sus alumnos y de su hijo en más de una ocasión, pero también les hace reflexionar y enfrentarse a sus problemas. Paradigmático (¿) es el episodio dedicado a Guy Deborn, donde el mismo Merlí le dice a Mónica que deje de esconderse y enfrente su situación; el que había mandado el video a los demás dentro del instituto termina por confesar, y todos demuestran el ridículo del problema quedando en ropa interior en plena clase del protagonista.
Todo verosímil desafía, en fin, lo verdadero; y mientras en la "vida real" parecería cumplirse el famoso principio enunciado por Todorov de que lo verosímil no es verdadero y lo verdadero no es verosímil, al interior de la serie se establece otro diferente: la filosofía ya no busca descubrir la verdad -por lo menos no la Verdad con mayúscula-, sino la verosimilitut, y así lo que es verdad en la vida cotidiana "real" e inverosímil en el imaginario de la ficción, se torna una verdad entre otras, transformándose en una doble verdad que es tanto verdadera como verosímil. Gracias a que la hipótesis original de la serie funda el filosofar en la búsqueda de la verdad dentro de un campo propio de verosimilitud, en vez de buscarla o bien en el mundo o bien entre los sujetos, se vuelve posible, deseable incluso, que la filosofía se aplique al mundo cotidiano de los personajes con una facilidad que no suele encontrarse en la vida cotidiana de los seres humanos reales y existentes. El problema es: ¿es igual de posible y deseable esa misma estrategia del filosofar en nuestro mundo inmediato y real, más allá del mundo verosímil de la propia serie? Posible no, porque no parece probable la aparición en nuestro mundo de una pracsis y una metodología pedagógico-filosóficas de alguien como Merlí; ni siquiera deseable, puesto que la extravagancia del mismo protagonista no es aceptable en el campo de sentido de un colegio secundario o de preparatoria común y corriente. Hasta que el propio Merlí aparezca por primera vez en la vida cotidiana de los alumnos y profesores del instituto, casi nadie cree posible ni considera deseable conocer ni compartir la actividad de alguien tan extrambótico como él; se trata, en todo caso, de una construcción original de un personaje auténtico que irrumpe en y sacude la vida de los demás, dentro de una cosmovisión reducida de lo humano (ejemplo de ello es la completa ausencia del debate político dentro de la serie, considerando que el protagonista enseña filosofía y no ciencias políticas, aún si intenta mostrarles a sus alumnos que la fuente de todo filosofar es política, pero sigue siendo una pasión política ambigua, que se limita a desafiar lo establecido sin criticarlo en todos sus alcances).
¿Qué nos queda a nosotros, los espectadores? No es un simple acercamiento entre otros, sino de una llamada de alarma a todos, jóvenes, adultos, padres, hijos y docentes, a que intentemos y nos atrevamos a ser humildes, a relacionarnos verdaderamente con los demás y a decir y enseñar de otra manera las mismas ideas, a mostrar con otro tacto, el particular de los estudiantes adolescentes de una preparatoria española, con la calidez y el realismo de nuestro siglo XXI y en nuestros propios contextos, cosas que se han descuidado mucho hasta ahora y que, quizás por primera vez, se reflejan en una serie de televisión.
Si en Mentira la verdad una supuesta filosofía apolitizada se transmitía a través de su escenificación dramática, y en Filosofía aquí y ahora el disenio documental configuraba y significaba la única estrategia explicativa, prefigurada por una intelectualidad y una teoría política no enunciadas -marxismo, peronismo, kirchnerismo-, en Merlí la novelización desdramatiza y desplaza así el papel del filósofo y de la filosofía del lugar de autoridad que otorga el papel de autor, anclados a la trama y a la narrativa sólo en su encarnación como herramientas del protagonista y no ya como los protagonistas ellos mismos; de modo que ya no son ni el filósofo ni la filosofía los que cumplen el papel principal y encarnan protagonistas de una obra con otros personajes incidentales; ni tampoco es ya la política y la historia los que dan pie a un discurso más o menos coehrente y unívoco; en cambio, con Merlí asistimos a una serie en la cual el protagonista es alguien extrabagante, que conserva los rasgos característicos de una persona de clase media española, con los defectos y virtudes de cualquier profesor de filosofía de carne y hueso, y en la que, además, tanto los espectadores como los alumnos ficticios participamos del proceso de enseñanza-aprendizaje, que devuelve a la filosofía al mundo real y cotidiano, a las calles, a los colegios y centros de estudio medio y superior, e incluso a las discusiones habituales entre compañeros, amigos, colegas y familiares, cumpliendo así -si bien a medias- el sueño socrático de conversar, refutar e incomodar con y entre todos, como lo hiciera el mismo Sócrates en las calles de Atenas.
Asistimos por fin, de una manera inédita y original, no sólo a la renovación de la enseñanza de la filosofía en el nivel medio, sino también y sobre todo, a un nuevo modo de mostrar la actividad filosófica en el mundo, uno que no es reductible a la didáctica, que excede los lineamientos clásicos de cualquier programa televisivo, y que recoloca a la misma filosofía tanto en su lugar clásico como saber primero y preponderante al tiempo que como un saber entre otros; un modo de mostrarla -a la filosofía-, al fin, como un saber auténticamente útil entre todos los demás tipos de conocimiento, aún si su utilidad se reduce, sencillamente, a permitirnos ejercer y organizar, de una forma inteligente y responsable, la duda.
Notas: un fragmento de la entrevista a Nemrod Carrasco puede encontrarse en el suplemento Educación del diario La Capital, accediendo al siguiente enlace: https://www.lacapital.com.ar/educacion/cuanto-mas-muerta-parece-la-filosofia-aparece-merli-y-la-resucita-n1562118.html. De Maquiavelo es muy recomendable la lectura de su famoso libro El Príncipe. Acerca del problema de lo verosímil, véase: AA. VV., Lo verosímil, 1972, especialmente los artículos El efecto de realidad, de R. Barthes, pp.95-101, y Lo verosímil que no se podría evitar, por T. Todorov, pp.175-179. Un libro que examina la utilidad de la filosofía en el currículum escolar en España es Huérfanos de Sofía, por Varios Autores, 2014. útil para la enseñanza de la filosofía en relación a la vida cotidiana, y especialmente al reflejo de la misma en ciertos programas televisivos, es Los Simpson y la filosofía, de Varios Autores, 2001. También es muy recomendable el libro, de reciente aparición, Juego de tronos y la filosofía, de William Irwin y Henry Jacoby, traducido por Rosa Sanz, 2012.
lunes, 19 de febrero de 2018
¿Qué es la filosofía?
Hoy en día, cuando el sentido común de la mayoría estima muchísimo los oficios y profesiones tecnológicas y técnicas, mientras aún, a pesar de todo, sigue teniendo para muchos gran relevancia el conocimiento que aportan las humanidades, pocos se dedican a algo tan difícil de definir, y cuya naturaleza y alcances están lejos de contar con algún consenso entre los propios interesados en estos temas, y son menos aún los que la difunden fuera de los ámbitos propiamente académicos, siendo aún menor la cantidad de personas que, fuera de sus prácticas y lejanos al conocimiento de su historia, le encuentran sentido, utilidad o interés como para confiarle a esta extraña y casi misteriosa práctica académica la educación de sus hijos, la búsqueda de respuestas a sus problemas económicos, la resolución de las preguntas sobre la política o la historia, mucho menos, por supuesto, la fuente de los conocimientos de las ciencias más "serias", como la física, las matemáticas o la astronomía.
¿De qué sirve, en fin, estudiar filosofía? Es cierto que con la filosofía uno no puede armar un microondas, arreglar una computadora, hacerse rico, ni siquiera descubrir una nueva ley de la física cuántica o resolver un viejo problema matemático. Así puestos, pareciera que no posee ni utilidad práctica ni teórica, porque ni nos puede servir para hacer más confortable nuestra vida cotidiana, ni tampoco para dar un paso más en el camino de la ciencia, ya que con ella no podríamos encontrar un nuevo planeta, ni responder suficientemente la pregunta de ¿estamos solos en el universo? ¡Qué cosa más inútil!
Sin embargo, topamos con un acontecimiento que no deja de ser sorprendente: a pesar de su aparente inutilidad, vemos cómo la filosofía y los filósofos siguen contando a día de hoy, con un gran prestigio y autoridad en las academias de altos estudios del planeta. Incluso para la persona menos culta y con menos estudios, nombres como los de Platón, Aristóteles, Marx o Kant no son desconocidos; ¿quién no ha oído hablar del "pienso, luego existo" de Descartes? Y en boca de todos, como otro refrán, está el "sólo sé que no sé nada", en varias versiones, de Sócrates. Sin embargo, la mayoría de la gente, que desconoce la auténtica importancia histórica de estas cosas, suele estar al margen de la filosofía académica, y escucha todas estas cosas en boca de cómicos, humoristas o escritores, pero nadie parece pensar demasiado en qué hay más allá de esos nombres y dichos, y aunque todo el mundo conoce la famosa historia de Sócrates, cómo sus palabras, que sonaban raras y feas parecieron ofender a algunos cascarravias, cómo fue condenado a muerte y obligado a tomar la cicuta, resulta vastante evidente, por otra parte, que la vida de ningún ser humano puede ser tan breve y poco interesante que quepa en un par de palabras.
Es bien ilustrativa, para nuestra explicación, la siguiente anégdota con la que el filósofo español Manuel Cruz comienza la introducción de un libro suyo, Ser sin tiempo. El ocaso de la temporalidad en el mundo contemporáneo:
"Hace ya unos cuantos años, cuando mi hija todavía iba al colegio, plantearon en su clase la consabida pregunta acerca de a qué se dedicaban los respectivos padres. Cuando le llegó su turno, ella contestó que su padre era filósofo. Su compañero de pupitre, algo sorprendido por el exotismo de la respuesta, le reclamó mayor concreción: «¿Y qué hace tu padre?», a lo que mi hija respondió: «Mi padre piensa». Respuesta ante la cual el niño reaccionó como un autómata, exclamando: «¡Pues mi padre también piensa y no le pagan!».
He recordado muchas veces esa anécdota, bien representativa de una mentalidad, por desgracia, demasiado frecuente. En su candor (la verdad es que la criatura era bastante repelente), aquel niño manejaba dos supuestos que le parecían obvios. El primero, que la valoración económica de cualquier actividad está en función de la oferta y la demanda y, en consecuencia, algo que todo el mundo es capaz de hacer no debería merecer apenas retribución. El segundo supuesto era el de que eso que denominamos «pensar» hace referencia a una actividad homogénea, esto es, una actividad que no solo todo el mundo hace, sino que lo hace de la misma manera.
Tal vez resida aquí el quid de la cuestión, aquello que el angelito que compartía pupitre con mi hija daba absolutamente por descontado, y que resultaba todo menos obvio. Porque si otro niño de la clase hubiera contestado a la misma pregunta acerca de a qué se dedicaba su progenitor diciendo «Mi padre es cantante», probablemente a nadie en el aula se le hubiera ocurrido apostillar «Pues mi padre también canta en la ducha y no le pagan», porque de inmediato el resto de la clase se le hubiera echado encima haciéndole notar la diferencia abismal entre la calidad profesional de uno y el amateurismo del otro. [...] El filósofo, [...] no piensa en cosas distintas a aquellas en las que piensa el común de los mortales, sino que, pensando en las mismas cosas, lo hace de otra manera." (Cruz, 2012, pp.8-9).
Quizás en una ocasión semejante, la respuesta de la niña hubiera tenido que ser: no "mi padre piensa", sino "mi padre duda", a lo que, estoy vastante seguro, el niño no habría objetado lo mismo, porque el término "duda" no es tan simple ni resulta tan abarcativo como los de "pensar", "pensamiento". Al igual que lo que ocurre con otros términos, como "cultura", "sociedad" o "idea", se asume comúnmente que los seres humanos -todos los seres humanos, así parece- tenemos cultura, vivimos en sociedad, tenemos ideas y, por extensión, pensamos.
Las famosas frases de Sócrates y de Descartes tampoco surgieron de la nada, ni pueden reducirse simplemente a su literalidad, como simples fórmulas hechas, que pueden iniciar un tema de conversación entre amigos ("¿qué te parece el clima?", "¡Qué calor está haciendo!", "¿cómo te está llendo en el trabajo?", etc.), o como parte de un conjunto de claves que sirven para terminar una discusión, comenzar una seción de chistes o convencer a alguien de que se tiene la razón ("el tiempo es oro", "el dinero es la clave del éxito", "hay que ser feliz", etc.). En el caso del primero, se trata de una conclusión a la que bien habría llegado el ateniense tras siglos previos de predominio de formas de vida y de pensamiento más simples en su inmediatez, para las que bastava creer en los dioses tradicionales de la religión griega, haber leído a Homero y conocer y recordar con cierto detalle los relatos míticos de jestas, luchas y disputas entre seres más que humanos, con los que se explicaba el origen de todo, el orden del universo y, en última instancia, la vida terrenal se llenaba con la participación pública en las representaciones periódicas de dichos relatos; sin embargo, con el surgimiento posterior de las polis, y con la breve pero importante época de predominio de la democracia, sin guerras o peleas con otras regiones griegas o extrangeras, en Atenas, crecieron tanto la participación pública en los conflictos políticos, así como la necesidad de educarse para ello. Aparecieron, entonces, los sofistas, con orígenes diversos que se remontaban a antiguos poetas y hombres de sabiduría, que enseñaban a cómo discutir persuasiva y convincentemente para ganar las discusiones en el Ágora. Así pues, con una serie de sabios e investigadores de la naturaleza por un lado, y el intercambio y lucha de discursos por otro, Sócrates intentó, según cuenta Platón, aprender de los últimos, a ver si podían enseñarle algo que fuera verdadero; empero, como todos caían ante las refutaciones de este extraño hombre, que no participaba en las discusiones públicas y que interrogaba a todo el mundo sobre casi cualquier cosa, algunos hombres poderosos pensaron que era alguien peligroso, denunciaron a Sócrates por no creer en los dioses y corromper a los jóvenes, creyendo que las cosas se calmarían una vez que, en pleno juicio, el acusado declarara su culpabilidad y pidiera ser exiliado, evitando su muerte. Pero según parece, como lo relata Platón en su Apología, Sócrates simplemente se declaró inocente, argumentando con sus abituales palabras que no había razones para que se lo acusara de tal cosa, y luego de la votación, el filósofo fue condenado a muerte. Los llamados discursos socráticos, por otra parte, que son la obra de juventud de su discípulo Platón, ponen al lector ante la refutación socrática, y los diálogos nunca acaban con una idea sobre el problema planteado, sino que queda abierta la interrogante por alguna razón o acontecimiento inesperado, que corta la conversación y deja dudando tanto a Sócrates mismo como a su interlocutor, que antes creía saber pero que, en verdad, y después de la prueba socrática, muestra y demuestra que no sabe.
En el caso de Descartes ocurre que el principio socrático es transformado en un axioma, es decir un principio que ya no puede ser revatido, y sobre el cual el filósofo basará todas sus ideas posteriores. Luego de estudiar extensamente a los clásicos, a los autores medievales y de descubrir en su tiempo que no se sabe más de cuanto sabían los antiguos, el francés busca librarse de toda esa ingente masa de lecturas, que llegan a parecerle inútiles; es cierto que cada filósofo dio su propia respuesta a qué es el principio de todas las cosas, pero nadie pudo decir que su respuesta era mejor que la de los demás. Descubriendo así que todo resultaba entonces dudoso, Descartes llegó a la conclusión de que, si era posible dudar de todo y nada parecía cierto, necesariamente tenía que haber algo de que no pudiera dudar, y ese algo era de que dudaba, por lo cual, si es que dudaba, pensaba, y si pensaba, entonces gracias a que pensaba, existía.
Hoy quizás volvamos a encontrarnos en una situación similar a las que enfrentaron Sócrates y Descartes, ya que después de las dos guerras mundiales, y de tantas cosas que han llegado a ocurrir en el mundo, hasta la ciencia oficial parece perdida, la economía oficial y clásica nos parece ingenua e inútil, y hasta los más grandes escritores, analistas de la política y escritores enmudecen ante la insistente pregunta: ¿qué nos ha pasado? Hoy resulta natural reírse de lo que alguien dice cuando ridiculiza a los políticos, porque ya nadie cree mucho ni ciegamente en los nobles principios y metas de quienes, con palabras que no muestran la realidad por su abstracción o su dogmatismo, un día salen a defender al pueblo, como otro se van de vacaciones y se olvidan de la gente por un rato, como quien se olvida de prender la televisión por un día o deja libre el fin de semana de facebook y sale a comer con los amigos, como si la gente fuera un cúmulo de cosas útiles o inútiles, que a veces entienden lo que dicen los que saben, y a veces no, aunque por lo general quienes se llaman a sí mismos economistas, analistas y conocedores de los problemas, al igual que ocurría en tiempos de Descartes, ni se ponen de acuerdo en mucho de lo que dicen, ni nos muestran un milímetro más de luz en medio de la oscuridad. ¿No será que son ellos los que no saben, y así los ignorantes son más sabios, porque no saben y lo admiten, en cambio los que desean el poder no saben, pero tienen que hacer como si supieran, para que les den la razón y los votos?
Aunque los problemas de la política suelen presentarse como algo mucho más complicado que eso, al menos lo que hemos dicho hasta aquí hará que más de una persona de buen juicio -pero ¿qué será tener buen juicio?, ¿es posible tenerlo?- se piense dos veces lo que está haciendo antes de seguir haciéndolo, al menos que un buen día, sin sospecharlo siquiera, puede que se despierte transformado en el personaje de Neo de Matrix o en la cucaracha gigante de La Metamorfosis.
Entonces, ¿para qué sirve la filosofía? ya sabemos para qué: para dudar. Ahora bien, ¿qué es la filosofía? No agoviemos más al cansado lector de estas líneas, y antes de continuar en una dirección aburrida y larguísima, que equivaldría a cuatro o cinco horas de clases de introducción a la filosofía, digamos simplemente que, para hacer filosofía -Kant decía que no se aprende a ser filósofos, se aprende a hacer filosofía-, si aún no somos máquinas con un cerebro y cuatro extremidades, con las que nos levantamos de la cama y comenzamos el día, es decir si aún no nos hemos convertido en una extensión mejorada de nuestro reloj despertador, para hacer filosofía es imprenscindible: asombrarse de lo que nos pasa y de lo que vemos que pasa a nuestro alrededor, dudar de lo que creemos y de lo que nos han dicho siempre, y vivir al límite, para evitar que nos convirtamos en esas máquinas parlantes que eran los sofistas.
La filosofía no es solamente, como lo indica su nombre, amor al saber; ante todo es amor al preguntar;sólo por eso el filósofo nunca se aburre, no importa cuántas respuestas reciba, porque sus dudas y preguntas no cesan nunca.
¿De qué sirve, en fin, estudiar filosofía? Es cierto que con la filosofía uno no puede armar un microondas, arreglar una computadora, hacerse rico, ni siquiera descubrir una nueva ley de la física cuántica o resolver un viejo problema matemático. Así puestos, pareciera que no posee ni utilidad práctica ni teórica, porque ni nos puede servir para hacer más confortable nuestra vida cotidiana, ni tampoco para dar un paso más en el camino de la ciencia, ya que con ella no podríamos encontrar un nuevo planeta, ni responder suficientemente la pregunta de ¿estamos solos en el universo? ¡Qué cosa más inútil!
Sin embargo, topamos con un acontecimiento que no deja de ser sorprendente: a pesar de su aparente inutilidad, vemos cómo la filosofía y los filósofos siguen contando a día de hoy, con un gran prestigio y autoridad en las academias de altos estudios del planeta. Incluso para la persona menos culta y con menos estudios, nombres como los de Platón, Aristóteles, Marx o Kant no son desconocidos; ¿quién no ha oído hablar del "pienso, luego existo" de Descartes? Y en boca de todos, como otro refrán, está el "sólo sé que no sé nada", en varias versiones, de Sócrates. Sin embargo, la mayoría de la gente, que desconoce la auténtica importancia histórica de estas cosas, suele estar al margen de la filosofía académica, y escucha todas estas cosas en boca de cómicos, humoristas o escritores, pero nadie parece pensar demasiado en qué hay más allá de esos nombres y dichos, y aunque todo el mundo conoce la famosa historia de Sócrates, cómo sus palabras, que sonaban raras y feas parecieron ofender a algunos cascarravias, cómo fue condenado a muerte y obligado a tomar la cicuta, resulta vastante evidente, por otra parte, que la vida de ningún ser humano puede ser tan breve y poco interesante que quepa en un par de palabras.
Es bien ilustrativa, para nuestra explicación, la siguiente anégdota con la que el filósofo español Manuel Cruz comienza la introducción de un libro suyo, Ser sin tiempo. El ocaso de la temporalidad en el mundo contemporáneo:
"Hace ya unos cuantos años, cuando mi hija todavía iba al colegio, plantearon en su clase la consabida pregunta acerca de a qué se dedicaban los respectivos padres. Cuando le llegó su turno, ella contestó que su padre era filósofo. Su compañero de pupitre, algo sorprendido por el exotismo de la respuesta, le reclamó mayor concreción: «¿Y qué hace tu padre?», a lo que mi hija respondió: «Mi padre piensa». Respuesta ante la cual el niño reaccionó como un autómata, exclamando: «¡Pues mi padre también piensa y no le pagan!».
He recordado muchas veces esa anécdota, bien representativa de una mentalidad, por desgracia, demasiado frecuente. En su candor (la verdad es que la criatura era bastante repelente), aquel niño manejaba dos supuestos que le parecían obvios. El primero, que la valoración económica de cualquier actividad está en función de la oferta y la demanda y, en consecuencia, algo que todo el mundo es capaz de hacer no debería merecer apenas retribución. El segundo supuesto era el de que eso que denominamos «pensar» hace referencia a una actividad homogénea, esto es, una actividad que no solo todo el mundo hace, sino que lo hace de la misma manera.
Tal vez resida aquí el quid de la cuestión, aquello que el angelito que compartía pupitre con mi hija daba absolutamente por descontado, y que resultaba todo menos obvio. Porque si otro niño de la clase hubiera contestado a la misma pregunta acerca de a qué se dedicaba su progenitor diciendo «Mi padre es cantante», probablemente a nadie en el aula se le hubiera ocurrido apostillar «Pues mi padre también canta en la ducha y no le pagan», porque de inmediato el resto de la clase se le hubiera echado encima haciéndole notar la diferencia abismal entre la calidad profesional de uno y el amateurismo del otro. [...] El filósofo, [...] no piensa en cosas distintas a aquellas en las que piensa el común de los mortales, sino que, pensando en las mismas cosas, lo hace de otra manera." (Cruz, 2012, pp.8-9).
Quizás en una ocasión semejante, la respuesta de la niña hubiera tenido que ser: no "mi padre piensa", sino "mi padre duda", a lo que, estoy vastante seguro, el niño no habría objetado lo mismo, porque el término "duda" no es tan simple ni resulta tan abarcativo como los de "pensar", "pensamiento". Al igual que lo que ocurre con otros términos, como "cultura", "sociedad" o "idea", se asume comúnmente que los seres humanos -todos los seres humanos, así parece- tenemos cultura, vivimos en sociedad, tenemos ideas y, por extensión, pensamos.
Las famosas frases de Sócrates y de Descartes tampoco surgieron de la nada, ni pueden reducirse simplemente a su literalidad, como simples fórmulas hechas, que pueden iniciar un tema de conversación entre amigos ("¿qué te parece el clima?", "¡Qué calor está haciendo!", "¿cómo te está llendo en el trabajo?", etc.), o como parte de un conjunto de claves que sirven para terminar una discusión, comenzar una seción de chistes o convencer a alguien de que se tiene la razón ("el tiempo es oro", "el dinero es la clave del éxito", "hay que ser feliz", etc.). En el caso del primero, se trata de una conclusión a la que bien habría llegado el ateniense tras siglos previos de predominio de formas de vida y de pensamiento más simples en su inmediatez, para las que bastava creer en los dioses tradicionales de la religión griega, haber leído a Homero y conocer y recordar con cierto detalle los relatos míticos de jestas, luchas y disputas entre seres más que humanos, con los que se explicaba el origen de todo, el orden del universo y, en última instancia, la vida terrenal se llenaba con la participación pública en las representaciones periódicas de dichos relatos; sin embargo, con el surgimiento posterior de las polis, y con la breve pero importante época de predominio de la democracia, sin guerras o peleas con otras regiones griegas o extrangeras, en Atenas, crecieron tanto la participación pública en los conflictos políticos, así como la necesidad de educarse para ello. Aparecieron, entonces, los sofistas, con orígenes diversos que se remontaban a antiguos poetas y hombres de sabiduría, que enseñaban a cómo discutir persuasiva y convincentemente para ganar las discusiones en el Ágora. Así pues, con una serie de sabios e investigadores de la naturaleza por un lado, y el intercambio y lucha de discursos por otro, Sócrates intentó, según cuenta Platón, aprender de los últimos, a ver si podían enseñarle algo que fuera verdadero; empero, como todos caían ante las refutaciones de este extraño hombre, que no participaba en las discusiones públicas y que interrogaba a todo el mundo sobre casi cualquier cosa, algunos hombres poderosos pensaron que era alguien peligroso, denunciaron a Sócrates por no creer en los dioses y corromper a los jóvenes, creyendo que las cosas se calmarían una vez que, en pleno juicio, el acusado declarara su culpabilidad y pidiera ser exiliado, evitando su muerte. Pero según parece, como lo relata Platón en su Apología, Sócrates simplemente se declaró inocente, argumentando con sus abituales palabras que no había razones para que se lo acusara de tal cosa, y luego de la votación, el filósofo fue condenado a muerte. Los llamados discursos socráticos, por otra parte, que son la obra de juventud de su discípulo Platón, ponen al lector ante la refutación socrática, y los diálogos nunca acaban con una idea sobre el problema planteado, sino que queda abierta la interrogante por alguna razón o acontecimiento inesperado, que corta la conversación y deja dudando tanto a Sócrates mismo como a su interlocutor, que antes creía saber pero que, en verdad, y después de la prueba socrática, muestra y demuestra que no sabe.
En el caso de Descartes ocurre que el principio socrático es transformado en un axioma, es decir un principio que ya no puede ser revatido, y sobre el cual el filósofo basará todas sus ideas posteriores. Luego de estudiar extensamente a los clásicos, a los autores medievales y de descubrir en su tiempo que no se sabe más de cuanto sabían los antiguos, el francés busca librarse de toda esa ingente masa de lecturas, que llegan a parecerle inútiles; es cierto que cada filósofo dio su propia respuesta a qué es el principio de todas las cosas, pero nadie pudo decir que su respuesta era mejor que la de los demás. Descubriendo así que todo resultaba entonces dudoso, Descartes llegó a la conclusión de que, si era posible dudar de todo y nada parecía cierto, necesariamente tenía que haber algo de que no pudiera dudar, y ese algo era de que dudaba, por lo cual, si es que dudaba, pensaba, y si pensaba, entonces gracias a que pensaba, existía.
Hoy quizás volvamos a encontrarnos en una situación similar a las que enfrentaron Sócrates y Descartes, ya que después de las dos guerras mundiales, y de tantas cosas que han llegado a ocurrir en el mundo, hasta la ciencia oficial parece perdida, la economía oficial y clásica nos parece ingenua e inútil, y hasta los más grandes escritores, analistas de la política y escritores enmudecen ante la insistente pregunta: ¿qué nos ha pasado? Hoy resulta natural reírse de lo que alguien dice cuando ridiculiza a los políticos, porque ya nadie cree mucho ni ciegamente en los nobles principios y metas de quienes, con palabras que no muestran la realidad por su abstracción o su dogmatismo, un día salen a defender al pueblo, como otro se van de vacaciones y se olvidan de la gente por un rato, como quien se olvida de prender la televisión por un día o deja libre el fin de semana de facebook y sale a comer con los amigos, como si la gente fuera un cúmulo de cosas útiles o inútiles, que a veces entienden lo que dicen los que saben, y a veces no, aunque por lo general quienes se llaman a sí mismos economistas, analistas y conocedores de los problemas, al igual que ocurría en tiempos de Descartes, ni se ponen de acuerdo en mucho de lo que dicen, ni nos muestran un milímetro más de luz en medio de la oscuridad. ¿No será que son ellos los que no saben, y así los ignorantes son más sabios, porque no saben y lo admiten, en cambio los que desean el poder no saben, pero tienen que hacer como si supieran, para que les den la razón y los votos?
Aunque los problemas de la política suelen presentarse como algo mucho más complicado que eso, al menos lo que hemos dicho hasta aquí hará que más de una persona de buen juicio -pero ¿qué será tener buen juicio?, ¿es posible tenerlo?- se piense dos veces lo que está haciendo antes de seguir haciéndolo, al menos que un buen día, sin sospecharlo siquiera, puede que se despierte transformado en el personaje de Neo de Matrix o en la cucaracha gigante de La Metamorfosis.
Entonces, ¿para qué sirve la filosofía? ya sabemos para qué: para dudar. Ahora bien, ¿qué es la filosofía? No agoviemos más al cansado lector de estas líneas, y antes de continuar en una dirección aburrida y larguísima, que equivaldría a cuatro o cinco horas de clases de introducción a la filosofía, digamos simplemente que, para hacer filosofía -Kant decía que no se aprende a ser filósofos, se aprende a hacer filosofía-, si aún no somos máquinas con un cerebro y cuatro extremidades, con las que nos levantamos de la cama y comenzamos el día, es decir si aún no nos hemos convertido en una extensión mejorada de nuestro reloj despertador, para hacer filosofía es imprenscindible: asombrarse de lo que nos pasa y de lo que vemos que pasa a nuestro alrededor, dudar de lo que creemos y de lo que nos han dicho siempre, y vivir al límite, para evitar que nos convirtamos en esas máquinas parlantes que eran los sofistas.
La filosofía no es solamente, como lo indica su nombre, amor al saber; ante todo es amor al preguntar;sólo por eso el filósofo nunca se aburre, no importa cuántas respuestas reciba, porque sus dudas y preguntas no cesan nunca.
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