domingo, 24 de noviembre de 2019

Estado de sacrificio: excepción, sacrificio y profanación

Vivimos en un presente convulso; en un mundo paradójicamente fragmentado a la vez que globalizado: la globalización, como ruptura de límites, es tanto una homogeneización como una ampliación del orizonte espacial. Pero la paradoja es aparente, ya que la globalización se ha dado, históricamente, siempre como un proceso de dominación extendida, de expansión de unos imperios o civilizaciones sobre otros u otras; la globalización, de hecho, no empezó en el siglo pasado; se remonta a la antigüedad: Ejipto, Grecia, Cártago, Roma... el Imperio Otomano, España, Francia, Gran Bretaña, hasta llegar al multipolarismo actual entre Estados Unidos, China y Rusia.
Ciertamente, por otro lado, las corrientes intelectuales, los analistas y pensadores contemporáneos suelen estudiar y explicar casi todo, pero, tan a menudo como ocurre, lo hacen con presupuestos parciales, ideologías europeizantes o lecturas reductivas. falta, por lo tanto, ampliar tanto las nociones como los campos de estudio y enlazarlos con las realidades históricas y sus problemas sociales.
1. Quienes reducen la historia de las ciencias, de la filosofía o del pensamiento humano en general, a su historia antigua y moderna, encubren, a veces inconscientemente, a veces con intención manifiesta, lo que incomoda: hacen un salto cualitativo de la antigüedad a la modernidad, y explican el interregno como un abandono progresivo y feliz del oscurantismo medieval, cuando es con la Edad media que los antiguos pueden ser heredados, antes de su  redescubrimiento completo en el renacimiento, a los modernos; árabes, judíos y cristianos medievales fueron reencontrando, en medio de disputas políticas con trasfondo religioso, a los clásicos, mayormente a Aristóteles. El renacimiento, por otra parte, no comenzó en el siglo XV, antes bien, es en el siglo XV que se consolida y cristaliza el pasaje del mundo medieval al moderno, con una progresiva, pero sólo paulatina, secularización de las costumbres, con la pérdida paulatina del poder eclesiástico, aunque sólo parcialmente. Antes, entre los siglos XIII y XIV, los redescubrimientos de los textos aristotélicos, la difusión del papel y la canonización del libro en códice, habían dado sus primeros pasos en semejante revolución.
En El reino y la gloria, Giorgio Agamben explica, con su genealogía de la gubernamentalidad medieval, cómo un dispositivo explicativo, que llama máquina providencial, precede, ideológicamente, a la máquina gubernamental foucaultiana: Foucault explicaba, entre otras obras, en su seminario Seguridad, territorio y población, cómo las ciencias de la modernidad se apropiaron y fueron la base epistemológica nueva para fundamentar el poder y el saber modernos; pero le faltó hablar de su precedente medieval, en la teología cristiana. Más que ser una teología política, como pensaba Carl Schmitt, se trata, a su vez, de adjuntarle a la misma, en su seno, una teología económica, una oyconomía: una forma de basar en la teología el orden del mundo, familiar y social, antes que político, en el que el Padre representó, según dice Agamben, el poder absoluto de la creación, con sus ángeles como deriva burocrática; hasta la venida del Mesías cristiano, en el Padre ser y obrar no estaban separados; con Cristo, el padre quedará confinado al Cielo o más allá, inoperoso; al Hijo será delegada la obra terrena, hasta que, en el Espíritu Santo, la unión trinitaria restaure, aunque insuficientemente, ser y obrar, en la huella del sacrificio en la cruz convertida, desde entonces, en promesa de salvación eterna y de segunda venida, con un futuro Apocalipsis. Es así como se comprende la aparición de una idea en la Edad media tardía, la de potestas divina y su separación interna entre plenitudo potestatis, o potestad absoluta, y potestas ordinata, y el debate que suscitó. Sin meternos a explicar el debate, aclaremos de paso lo que implicaba la división: un problema clásico, como el de la omnipotencia divina y su relación con el libre albedrío, así como el de la existencia del mal, resultaban explicables para los Padres de la Iglesia -o patrística- y los escolásticos, por dicha división; se argumentaba que Dios podría hacerlo todo, según el poder absoluto -de plena potestad-, pero que sólo termina realizando aquello que se ordena al poder real del mundo -la potestad ordenada. Al Padre le corresponde así mandar en el Cielo, la "potestad", además de la "majestad", mientras que, sobre la tierra, al Hijo le corresponde la praxis: como vicario del Padre, el Hijo, ingénito y, por tanto, anárquico -venido al mundo sin origen, sin fundamento-, representa la majestad de aquel, del cual, entonces, queda sólo el reino. El "Rey de reyes" que sería Cristo es, en el sentido glorioso del término, el que reina pero que, sin ocupar sitio alguno en la institución imperial, no gobierna: antes, los ángeles administraban el orden divino; después, en el mundo judío precristiano, los profetas; el ciclo se cierra con Cristo, último y único redentor, cuya muerte en la cruz es el intento mítico de suturar la fisura, ya para siempre instaurada, entre ser y obrar, que en la Edad media se convertirá en la tensión del Papa y los reyes seculares y,  hacia la modernidad, entre los reyes y sus ministros. Gobernar significa, a este respecto, etimológicamente, hegemonem, administración.
Si ya en la Grecia clásica el oykos era el orden de la familia, separado de la polis, el mundo público del ciudadano, en el cual los hombres griegos son tanto los dueños de los esclavos, los niños, las mujeres y los extranjeros, sistema que continuó en la Roma imperial posterior, en la Edad media cristianizada el orden familiar, la casa u oykos pasará a ser el que domine y prevalezca sobre el político: así por ejemplo, Tomás de Aquino podrá hablar del reino terrenal como un orden sobre todo social, familiar, donde todos los seres humanos son parte de una gran familia, incluyendo al soberano, los sacerdotes que están por encima, todos hijos de Dios. Antes que él, Agustín de Hipona pudo construir su teología de la historia como una dialéctica donde el espíritu de cada persona se debate entre una ciudad terrenal y una ciudad divina, tomando como modelos ciudades históricas: Jerusalén y Roma. Lo que no dijo fue que, como simples modelos extremos de una lucha interior, considerando que, al final de la historia, triunfaría, necesariamente, en los bienaventurados, la ciudad divina sobre la terrena, el paso de una ciudad a la otra en su filosofía encubre que se trata de un modelo de conquista: en la historia positiva, no teológica, Roma conquistó Jerusalén; en la época de Agustín, quien conoció el derrumbe del Imperio Romano de occidente, en plena cristalización del cristianismo por medio de su oficialización por Constantino, al institucionalizarse, la persecución de judíos por cristianos, recambio de la anterior persecución tanto a judíos como a cristianos, justificó, religiosamente, dicha conquista. En el modelo agustiniano, por el contrario, el dominio de una religión originalmente sin fundamento geográfico alguno, justifica su apropiación de un territorio históricamente disputado por judíos y palestinos, y la destrucción progresiva y definitiva del mundo que daría en herencia la decadente sociedad romana.
En la Edad Media, los escolásticos transformaron la noción paulina, acordándola a su tiempo: si en sus cartas, Pablo de Tarso hablaba de "economía del misterio", de orden de los misterios, los escolásticos invocarán el principio de "misterio de la economía", el misterio del orden subordinaría, hasta la definitiva y definitoria hegemonía del poder secular sobre el papal, el orden público al sacerdotal, por entonces dueño del mundo de los misterios, bajo el cual Dios, en su representación, reina; el soberano secular, con derecho divino pero autorizado más por la Iglesia que por su familia o su pueblo, bajo aquel, gobierna.
El poder religioso queda reducido, progresivamente, a poder glorioso, evidenciando la paradoja que subyace a semejante concepción del orden sobre el mundo: en el origen, hay dos espadas; se dice que Pedro extrajo sólo una de ellas, con la que cortó la oreja del soldado romano que venía a llevarse a Cristo; la otra, empero, permaneció guardada. Ésta es la espada del mando, que no ha de ser usada; la otra es la del magisterio, que puede ser usada, pero que no implica gobierno, sino reino, el consejo que el papa, como vicario del Hijo, puede ofrecer al rey secular.
2. Obviamente, entre las reflexiones agambenianas, el caso americano está omitido. hay cierto eurocentrismo, olvidando que, con la conquista de América, el cristianismo, católico y evangélico, el judaísmo y el Islam, cada uno a su tiempo, se importaron y ocuparon el suelo americano, generalmente como justificación discursiva de la conquista, imponiendo, además de la encomienda semi esclavista al indígena, económico-profana, la religión cristiana oficial, con el genocidio cultural que significó en muchos casos. en otros, sin embargo, y como Dussel muestra -por ejemplo, en El episcopado hispanoamericano-, los misioneros buscaron el sincretismo, uniendo a sus tradiciones cristianas las nativas, encontrando puntos comunes: las vírgenes son, por ejemplo, una cristianización popular de divinidades femeninas amerindianas, en las que la imagen de la mujer americana sagrada, sacrificial, fue reivindicada, aunque a costa de su santificación, su asexualización y su reducción a las formas religiosas oficiales, con lo cual la dimensión erótica y sagrada de su origen quedó, hasta su redescubrimiento por los antropólogos contemporáneos, olvidada y encubierta por los occidentales que no hablaban ni conocían, sino por el sistema capitalista oficial, las culturas originarias que les precedían.
En el mundo moderno latinoamericano, cada vez más después de los procesos revolucionarios y de independencia, luego también en África y Asia, durante el siglo XX, las instituciones profanas del derecho y la política convivieron con las sagradas de la religión y la cultura pre-moderna. Sin embargo, su economía fue expulsada, en su lugar el capitalismo colonizó no sólo la política, sino también la cultura, la economía y el resto de los campos de la vida social.
Con la excepción de los tercermundismos y las experiencias de Estados de bienestar, y luego de las dos Guerras mundiales, juntamente con las grandes guerras civiles a menor escala, las dictaduras latinoamericanas, los imperialismos extendidos desde el siglo XIX a Asia y África, fue cristalizando un sistema que, como también señala Agamben, tenía ya sus precedentes en la antigüedad, pero que sólo entonces pudo consolidarse: se trata de lo que él llama estado de excepción. En la antigüedad, la guerra civil griega o stasis, así como su versión en el iustitium del mundo romano, como caso especial de senatorium consultum ultimum, la suspensión del derecho implicó las dictaduras romanas, con el imperio de la fuerza, que autorizaba a cada ciudadano a hacer lo que fuera necesario para resguardar el orden público.
Desde el Trasímaco platónico hasta Hobbes, pasando por los juristas medievales y del renacimiento, la teoría del estado de excepción tuvo sus primeras formulaciones, con autores como Gabriel Naudé, lector de Maquiavelo, que en 1639 publicaba su libro titulado Golpes de Estado, institucionalizando, para la teoría política subsiguiente, sus formas más extremas.
El estado de excepción, explica Agamben, está presente no sólo en las dictaduras, no sólo en los regímenes llamados totalitarios; también en las democracias, que justifican con ello su salvación por medio de su auto suspensión: la excepción define la regla; las leyes no se definen en su aplicación, sino en su desaplicación: violaciones a los derechos humanos, desaparición y asesinato sistemático de personas, crímenes de Estado, genocidios sociales y culturales, guerras urbanas, terrorismo de Estado y paraestatal, Estados policiales o militarizados, bloqueos económicos, guerras de desestavilización... todos estos son casos de estados de excepción.
3. En el 2005, apareció publicado por primera vez el que se convertiría en el trabajo clásico del estudio de la Argentina del menemismo: La sociedad excluyente, de la filósofa y socióloga Maristella Svampa. Por entonces nadie sospechaba que el neoliberalismo pudiese volver a hegemonizar América latina, como todavía entonces -como ahora- en Europa occidental. Sin hablar directamente de esta obra, que sería una de tantas que aparecieron por entonces como referencia a la sociedad de los 90, incluyendo al 2001, ampliaremos el uso del concepto introducido por Agamben: el estado de excepción es, hoy más claramente que ayer, un estado de exclusión, y un autor portugués, De Sousa Santos, ha sabido mostrar cómo la polarización entre zonas urbanas seguras y otras, en la misma geografía, que no lo son, desdobla una forma de hacer política muy peligrosa -lo que llama fascismo social o societal-. En el actual contexto latinoamericano, de persecución política, inseguridad jurídica y despolitización social, el sistema es, económicamente, partiendo del cúmulo de formas antipopulares que vienen instalándose en la región, racista, colonial, patriarcal, y, como bien podemos constatar, neoliberal.
El golpe de Estado ha retornado, peligrosamente, del basurero de la historia, para emplazarse como nueva práctica de la violencia política: la destitución de Lugo en Paraguay, en 2014; el golpe institucional a Dilma Rousseff en Brasil en 2016, y ahora el golpe militar y policial a Evo Morales en Bolivia, son la forma extrema, aunque no nueva, del estado de excepción internacional que, cada vez más, instala la desregularización y la despolitización como nuevos paradigmas de lo político: desaparecer lo político, condenar cualquier práctica política popular, maldecir a sus protagonistas... sea como fuere, la liberación de Lula no atenúa por ello menos su procesamiento; su persecución, como la de Evo, la detención y prisión ilegal de Milagro Sala en nuestro país, la represión en Chile o en Colombia, el bloqueo económico en Venezuela, la narcomercadización en Centroamérica, con la producción de Estados fallidos, desarraigan, desplazan poblaciones pero, sobre todo, extienden y maquinizan la muerte.
El derecho del más fuerte vuelve a desplazar al estado de derecho, del cual sólo su discurso permanece; lo político queda reducido a instrumento para otros fines, en los cuales la violencia, disfrazada bajo el imperio del trabajo, principio del capitalismo industrial, es su medio. La violencia era el principio en las sociedades de sacrificio, de consumición sacrificial, como la azteca; también en las caníbales, aunque únicamente como último recurso. El capitalismo financiero ha vuelto a poner como principio a la violencia, conservando de aquel mundo premoderno sólo el aspecto homicida del sistema, el sacrificio como política, las políticas de sacrificio, de hambre, de precarización, de empobrecimiento, cuyo pináculo son las ciudades miseria del tercer mundo, y las áreas pobres de las metrópolis de los países desarrollados y subdesarrollados, implican que la muerte ya no sea cuestión de religión: si antes los inquisidores convertían la pérdida de vidas humanas en acumulación de poder y de víctimas, ello era en virtud de creerse en posesión del bien, de estar limpiando al mundo del mal. Hoy día, en un mundo que reduce al mal a la corrupción pública o a las perversiones privadas, que los medios de comunicación denuncian con una indignación inconsecuente, implica que, como quienes hacen el mal ya no creen en él, el mal no sólo se hace sin castigo, sino también sin culpa. Los culpables se vuelven ilocalizables, su imputación, meramente económica, contable, permite la estafa y el endeudamiento mundial, mientras quienes deben pagar las deudas las contraen contra su voluntad y son los pobres, el pueblo; los que inician las deudas, en calidad de meros administradores, gobiernan en el sentido más "ordinario" de la palabra, pero quien queda desprovisto de poder ya no es un Dios trascendente, por lo demás ausente o muerto, sino los pueblos, que tenían el poder de origen, pero el contrato que han hecho, decomisado por tecnócratas y banqueros, queda falsificado, convertido en contrato entre particulares, que viola su sentido original, de contrato social, de un colectivo a su interior y con su territorio, renovado cada vez por elecciones de sus gobernantes.
En un mundo en el que cada vez se cree menos en la política, reduciendo la política a administración de los bienes públicos, lo público se vuelve una exposición ampliada del mundo privado, la apertura en la opinión pública de una vida originalmente reservada a la privacidad individual o a la intimidad familiar, se asemeja a aquella oykonomía medieval, jurídica en lugar de teológica, en la actualidad, que emparenta el modelo neoliberal con aquel cristianismo económico social, excepto que lo profaniza, y al no ser su base ni sagrada ni religiosa, la mera economización, la reducción del intercambio al uso, la vida en común convertida en vivir individual, en confort, da pie a un nuevo discurso de justificación, adjunto al jurídico y al empresarial: el del evangelismo electrónico y el del budismo sin contexto, con sus versiones light, el yoga y sus promotores de la felicidad instantánea.
4. La economía era para un escritor y pensador inoportuno, Georges Bataille, la forma en que una sociedad, cualquiera que sea, maneja su excedente. Toda sociedad, dice él en La parte maldita, ensayo de economía general que debate con el keinessianismo imperante en su época, publicado por primera vez en 1949, es o bien de acumulación, como el capitalismo, o bien de consumición, como las sociedades arcaicas y precolombinas, cuya base eran las prácticas religiosas. Tomando como ejemplos de sociedades de consumición -de gasto sin medida, que opone al gasto productivo- la azteca y las del noroeste americano -entre ellas los Aida-, puede generalizar sus sistemas de economía en dos grupos que, si bien logra describir con lujo de detalle, no consigue diferenciar: la azteca, cuya fuente económica era el sacrificio, se caracteriza por sacar de circulación elementos útiles; las demás, que denomina de potlatch o intercambio sagrado, ponen a circular elementos inútiles. A todo esto, no deja de indicarnos que la finalidad del potlatch es el status, mientras la del sacrificio es la prevención y/o cura de algún mal -o enfermedad- que padecen uno o más individuos, del resto de su comunidad.
Los elementos "útiles" o "inútiles" siguen siendo clasificados, sin embargo, según un pensamiento europeo, en una época en la que los bancos como paradigma empresarial eran marginales, sin haber analizado, como hicieran otros pensadores, entre ellos Enrique Dussel o Mircea Eliade, el resto de civilizaciones no europeas. No nos cabe duda de que, lo que para nosotros, como occidentales, sería visto como algo útil, es inútil en el mundo sagrado del que habla Bataille; pasa lo mismo con lo que nos parece inútil, que tiene una característica de utilidad sagrada en el mismo sentido. La clasificación por niveles, que desde Aristóteles hasta nosotros, separa la naturaleza del mundo humano y éste a su vez de el de las cosas inanimadas, no rige en estas comunidades del mismo modo: ante todo, se distinguen el reino vegetal, el animal y el humano, pero todos están interrelacionados y son sagrados. los dioses y los demás seres, conviven en la naturaleza, en lucha o en armonía, y lo que llamamos, profanamente, cosas, no tiene ningún sentido entonces.
El reino de las cosas, el de la modernidad, que ha moldeado la ciencia, que equipara todo con un modelo universal hecho de abstracciones, es un oxímoron: en un reino de cosas, nada gobierna; ni nadie, ya que las cosas son, en sí mismas, entes inanimados, carentes de acción; la única semejanza con el mundo viviente que está en su extremo más alejado es el movimiento de los átomos y sus combinaciones en moléculas; las células sólo se distinguen por estar vivas, pero la ciencia por su propia cuenta no puede definir qué sea la vida, para ella es sólo un proceso más en la necesaria sucesión de procesos de la naturaleza, en la que vida y muerte son indiferentes, como el día y la noche son sólo nombres, fases en una sucesión temporal fijada a reloj, sin ningún horizonte sagrado, excepto por el de las matemáticas o la física. Incluso neuton creía en Dios, como otros tantos científicos modernos; aún con Einstein creyendo en el Dios de Spinoza, todos ellos -y las mujeres también- tenían creencias como horizonte meta-científico, sociales o de otros órdenes.
Es en la ignorancia, el malentendido o la discriminación etnocida hecha apropósito, que alguien pudo decir en Bolivia "aquí gobierna Cristo, no la Pachamama". Se trata de personas que, adhiriendo a una versión ortodoxa y anacrónica, descontextualizada e interesada del cristianismo, desprecian el mensaje original de Cristo, que obliga a "amar al prójimo como a uno mismo", recordando que prójimo tiene aquí el sentido de próximo: el rostro en su desnudez, como decía Levinas, en su judaísmo no sionista y sí muy crítico, así como el resto de la carne que somos, es lo que se nos expone; profana o sagradamente, escupir sobre el otro, sobre el pobre, sobre el indígena o sobre la mujer, sobre les diferentes, sobre los derechos humanos y las comunidades originarias, es escupir sobre ese rostro, violarlo, profanarlo: es así como el sacrificio, al ser realizado fuera de su contexto sagrado original, se vuelve sacrilegio. Lo sagrado esconde a su interior el sacrificio, ya sea como destrucción -el sacrificio literal de seres humanos o de animales- directo, o indirectamente, en los diferentes tipos de intercambio. Lo sagrado es esencialmente, y económicamente en su puesta en escena de lo interior, sacrificio -institución de origen arcaico que, según René Girard, podría definirse como una forma de violencia sagrada, una "violencia sin riesgo de venganza" por parte de la/s víctima/s o de sus parientes y allegados-; no cualquier sacrificio, claro, y en esto la profanación -la transgresión condenada, expulsada del terreno del mecanismo sagrado- es, dependiendo de quién y cómo la use, violación o restitución de aquello que se quería sagrado. la profanación reaccionaria de los golpistas bolivianos, por ejemplo, implica un mecanismo paradójico, el de lo salvo, que saca de sí al exterior, su mecanismo interior de polarización entre los insacrificables, como los fieles, y los insalvables, que son expulsados y excluidos del juego; el juego sagrado, practicado por unos pocos al verse reducido a su secularización, implicaba un engaño: creerse inocente en su interior, y culpable al invasor externo; ambos son -según este sistema- pecadores; pero uno se resigna a protegerse de la mancha del mal, un mal que ignora, ocultándola, creyéndose capaz de una purga; el otro, vuelto la mancha sin rostro, tiene dos opciones; o bien será salvado, convertido; o bien eliminado, asesinado. Ambas soluciones se vuelven indiferentes al inquisidor, puesto que ambas borran la mancha, que es expulsada del ámbito sagrado al profano, fundando en ella todo mal, fuente de toda condena y fundamento de un ser que, al haber caído, es divino con culpa, y sólo podría adquirir soberanía rebajándose, en forma de serpiente o de dragón.
Son tres sistemas: el primero, sagrado, se desdobla como juego de lo sacrificable y lo que aún no lo ha sido, solidariamente -y, según estemos de acuerdo o no con la posición de Girard, el sacrificio arcaico de terceros indiferentes sería sucedido, cronológicamente, por el de la venganza, sacrificio muto de unos con otros, sin distinciones absolutas; considerar a la venganza como sacrificio nos parece, empero, cosa dudosa-; el segundo, sagrado en parte, del cristianismo medieval así como de su versión primitiva, es el de lo bendito y lo maldito; el último, plenamente profano, que es sagrado en apariencia, implica el juego de lo insacrificable y lo insalvable.
5. pero el cristianismo popular, las teologías de la liberación e, incluso, la teología del pueblo -del Papa Francisco- permiten una renovación de las prácticas política y religiosa, que desafían el orden sacrificial-sacrílego, profanador y genocida del capitalismo. Para estos nuevos movimientos, la política no es mera administración; el gobierno no es mero mando u ordenación sobre el mundo. En cambio, se desdobla como una acción militante a dos tiempos, en el poder del mensaje cristiano, por un lado, y como surgimiento desde el seno mismo del pueblo de líderes populares, en la conducción política que disputa sentidos al poder oficial de los imperios. Aquí, el “trono vacío” del que habla Agamben queda desplazado por las imágenes y símbolos religiosos populares, los actores y las vidas reales, la naturaleza y las consignas de liberación y emancipación; acá, en el suelo latinoamericano –aunque bien podría valer y, de hecho, creemos que así es, para el resto de las geografías del mundo-, la “máquina providencial” sobrevive, sí, pero no tanto como un dispositivo de dominación, sino más bien como un pasaje sagrado, que queda relegado a posición intermedia, sino marginal, en las nuevas teologías populares (por otros discursos, como cuando Francisco dice “no te olvides de dónde te sacaron”). El mando y la administración como formas paradigmáticas son sustituidas, en América Latina, por el poder de la militancia y de la conducción activas, así como por el del glorioso mensaje de un Cristo viviente, que devuelve, en el actual contexto de secularización, su sentido sagrado a un mundo profano. Se trata de movimientos transformadores, del pensamiento popular, que restituyen, en el sincretismo del que son solidarios, lo sagrado a lo profano. A la profanación degradante hipermoderna de golpistas, sensacionalistas y otros inquisidores contemporáneos, entre ellos también policías, gendarmes y banqueros, responden con un llamado universal al respeto del otro. El otro es, paradójicamente, un otro no otro, un otro absoluto, en el modelo neoliberal o neofascista, condenador de la política, pero condenado, también él, a quedar confundido en medio de la destrucción que pregona. Falta todavía determinar, creo, una nueva región de lo sagrado, juntamente con otros órdenes, en una filosofía amplia y emancipadora, revolucionaria y de liberación, rebelde: los ecologistas han sabido resacralizar el mundo de la naturaleza; el cristianismo popular, el prógimo; queda por ver qué le depara al pueblo, en el cual lo profano y lo sagrado conviven. No toda profanación es degradación, ni toda degradación, profanación; hay profanaciones revolucionarias, aquellas que, en los chistes y comedias de denuncia social, en las asambleas populares y públicas pacíficas, en las proclamas de les movimientos feministas y de diversidad sexual, restituyen lo sagrado a lo profano; falta, sin embargo, una doble revolución a este respecto: una profanación de la profanación, como una transgresión de la transgresión sagrada.
El trueque, como ejemplo de un sistema de intercambio, versión profana del potlatch arcaico, es solamente una versión radical, entre otras que son posibles. En el mundo anglosajón, la navidad y el halloween son, como en la México actual lo son las festividades del día de muertos, ejemplos de otras formas posibles de economías de consumición. Sin embargo, hay que admitir una reforma en lo que hemos venido diciendo hasta ahora: la sociedad capitalista en la que hoy vivimos es tanto un sistema de acumulación como de consumición, productiva e improductivamente, sacro-profano. Bataille ha sabido mostrar, en La noción de gasto, cómo es sólo la reducción al sector rico de la sociedad, lo que ciega nuestra perspectiva de soñar con un mundo nuevo y mejor. Cambiar el actual estado de sacrificio, por un estado nuevo de intercambios, democrático, popular y solidario, está entre los fines de nuestro pensamiento.
Con todo ello, reconozcamos asimismo que una retórica, una erótica y una estética, como la económica que acabamos de esbozar, son sólo fases o expresiones de la misma filosofía que buscamos concebir. Una filosofía, no obstante, cuyo principio es la imaginación creadora, viva y rebelde; con ella no buscamos erigir un mundo desde cero, sino ampliar los horizontes del pensamiento y de la praxis. Falta, digamos por último, una arqueología, una antropología o arquitectónica que, como la de Dussel, sea de liberación, en su sentido de políticamente militante y descolonizadora: pero para ello tendríamos que investigar, a futuro, las prácticas ancestrales, antiguas y contemporáneas de la comida, de la alimentación y de sus formas culturales y sociales, religiosas y políticas. Porque si el conocimiento es poder, como dicen, también lo es el comer: no porque, como el capitalismo, que es reverso de un canibalismo profano, nos basemos en comer o ser comidos; sino en un encuentro con el otro, para amar y ser amados, gozar con otras, otros y otres, para comer en comunidad. porque, como dice Dussel en su Ética en la edad de la globalización y de la exclusión: hay siempre alguien frente nuestro, cuya necesidad nos vuelve responsables de cubrirla, de cuidarla y de desear su realización, cuando ese alguien nos dice "tengo hambre, dame de comer". Para dejar de morir de hambre en la exclusión, estamos llamados a soñar con un mundo en el que el hambre no sea una necesidad insatisfecha; y en el que la vida, como su comunión con otras vidas, sea principio fundador. Despertemos de la pesadilla, en un mundo que sea a la vez realidad y sueño libre.
Notas: además de los textos arriba sugeridos, pueden visitarse, entre otros:
Bataille, Georges: Teoría de la religión. Traducción: Fernando Savater. 1973.
De Sousa Santos, Boaventura: Reinventar la democracia, reinventar el Estado. Quito: Ediciones Apya-Yala. 2004.
Dussel, Enrique: Historia de la iglesia colonial latinoamericana (1492-1819), 2 volúmenes, Buenos Aires: Docencia. 2014.
______________ Historia de la iglesia en América Latina: medio milenio de coloniaje y liberación (1492-1992). Madrid: Mundo Negro-Esquila Misional. 1992.
Dussel, Enrique y Lafon, Ciro R: El catolicismo popular en Argentina. Cuaderno 4. Antropológico. Buenos Aires: Editorial Bonum. 1969.
Dussel, Enrique y Esandi, María Mercedes: El catolicismo popular en Argentina. Cuaderno 5. Histórico. Buenos Aires: Editorial Bonum. 1970.
Eliade, Mircea: Lo sagrado y lo profano. La naturaleza de la religión. Traducción: Luis Gil Fernández. 1956.
_____________ El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis. México: FCE. 2003.
_____________ Nacimiento y renacimiento. El significado de la iniciación en la cultura humana. Traducción de Miguel León Portilla. 1958.
Girard, René: La violencia y lo sagrado. Traducción de Joaquín Jordá. Barcelona: Editorial Anagrama. 2005.
Schmitt, carl: El nomos de la tierra, en el “Ius Publicum Europaeum”. 1950.

sábado, 21 de septiembre de 2019

Democracia para la emancipación: Boaventura de Sousa Santos frente a la problemática de un nuevo contrato social para el siglo XXI


0. Introducción[1]
  En Reinventar la democracia, reinventar el Estado, el sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos ensaya tanto una revisión histórico-crítica del papel jugado por el concepto de contrato social, de raíz europea, en las modernas sociedades latinoamericanas y periféricas, como un replanteamiento, desde su posición en la teoría crítica de las ciencias sociales, denominada sociología de las emergencias, para ampliar y reformular críticamente dicho contrato social, en pos de reponer a los movimientos sociales emancipatorios del planeta, como de rehabilitar y actualizar al contrato social mismo, notando e indicando sus deficiencias y sesgos epistemológicos, históricos y políticos, a la luz de un nuevo modo de definir la democracia, no ya como sistema representativo, sino en tanto que significante popular, como campo participativo de las mayorías. Propone asimismo buscar una conjunción entre democracia y Estado, ya que para él las democracias actuales no pueden servir a la emancipación de los países periféricos y semiperiféricos sin una importante participación del Estado en la sociedad.
  Se trata de postular un análisis que toma tres problemas claves en su lectura crítica: el contrato social moderno, la tensión entre capitalismo y democracia a partir del siglo XIX en occidente, y el papel innovador del Estado en la construcción de regímenes que ampliaron derechos durante buena parte del siglo XX, desde la posguerra hasta los años del neoliberalismo. En efecto, para el autor portugués, la emancipación de dichas zonas colonizadas  y dominadas durante siglos por Europa, no será posible sin una reinvención crítica, primero, de la misma noción de democracia, que implica en su seno, la reinvención de la noción o concepto de Estado, así como de una reinvención de las epistemologías situadas en sus propias geografías históricas, que supone desmontar el etnocidio y epistemicidio de los saberes y culturas encubiertos por el mismo sistema capitalista.
Dividiremos este trabajo en dos partes, dedicando la primera a anotar los argumentos principales de un escrito del sociólogo portugués, Reinventar la democracia, publicado originalmente en 1998 e incluido después como primera parte de su libro Reinventar la democracia, reinventar el Estado, mientras que en la segunda nos centraremos en la puesta a crítica de su posición frente a nuestra propia consideración de lo político en la actualidad.
1. El contrato social de la modernidad y sus problemas
1.1. Características del contrato social
 “El contrato social es el meta-relato sobre el que se asienta la moderna obligación política.” Así comienza el ensayo de Boaventura de Sousa Santos titulado Reinventar la democracia. Según sigue diciendo el autor, dicho contrato social encierra “una tensión dialéctica entre regulación social y emancipación social, tensión que se mantiene merced a la constante polarización entre voluntad individual y voluntad general, entre interés particular y bien común. El Estado nación, el derecho y la educación cívica son los garantes del discurrir pacífico y democrático de esa polarización en el seno del ámbito social que ha venido en llamarse sociedad civil. El procedimiento lógico del que nace el carácter innovador de la sociedad civil radica, como es sabido, en la contraposición entre sociedad civil y estado de naturaleza o estado natural.” (de Sousa Santos, 2004, p.5). Al tratarse de un contrato hecho entre iguales, el mismo se establece sobre la base de criterios de inclusión, a los cuales corresponden, lógicamente, criterios de exclusión y, de estos últimos, se destacan tres: “el primero se sigue del hecho de que el contrato social sólo incluye a los individuos y a sus asociaciones; la naturaleza queda excluida: todo aquello que precede o permanece fuera del contrato social se ve relegado a ese ámbito significativamente llamado "estado de naturaleza". La única naturaleza relevante para el contrato social es la humana, aunque se trate, en definitiva, de domesticarla con las leyes del Estado y las normas de convivencia de la sociedad civil. Cualquier otra naturaleza o constituye una amenaza o representa un recurso. El segundo criterio es el de la ciudadanía territorialmente fundada. Sólo los ciudadanos son partes del contrato social. Todos los demás -ya sean mujeres, extranjeros, inmigrantes, minorías (y a veces mayorías) étnicas- quedan excluidos; viven en el estado de naturaleza por mucho que puedan cohabitar con ciudadanos. El tercer y último criterio es el (del) comercio público de los intereses. Sólo los intereses que pueden expresarse en la sociedad civil son objeto del contrato. La vida privada, los intereses personales propios de la intimidad y del espacio doméstico, quedan, por lo tanto, excluidos del contrato.” (de Sousa Santos, 2004, p.6).
  En efecto, aunque “la contractualización se asienta sobre una lógica de inclusión/exclusión, su legitimidad deriva de la inexistencia de excluidos. De ahí que éstos últimos sean declarados vivos en régimen de muerte civil, La lógica operativa del contrato social se encuentra, por lc/tanto, en permanente tensión con su lógica de legitimación. (...)En cada momento o corte sincrónico, la contractualización es al mismo tiempo abarcadora y rígida: diacrónicamente, es el terreno de una lucha por la definición de los criterios y términos de la exclusión/inclusión, lucha cuyos resultados van modificando los términos del contrato. Los excluidos de un momento surgen en el siguiente como candidatos a la inclusión y, acaso, son incluidos en un momento ulterior. ¿Pero, debido a la lógica operativa del contrato, los nuevos incluidos sólo lo serán en detrimento de nuevos o viejos excluidos.” (de Sousa Santos, 2004, p.7). Las tensiones y antinomias surgidas durante la contractualización no se resuelven, en última instancia, por la vía contractual, sino que su gestión controlada depende de tres presupuestos metacontractuales: un régimen común de valores, un sistema común de medidas y un espacio-tiempo privilegiado. La perspectiva y la escala, combinadas con el sistema general de valores, aplicados al principio de la soberanía popular, permiten la democracia representativa: “a un número x de habitantes corresponde un número y de representantes. Un sistema común de medidas permite incluso, con las homogeneidades que crea, establecer correspondencias entre valores antinómicos. Así, por ejemplo, entre la libertad y la Igualdad pueden definirse criterios de Justicia social, de redistribución y de solidaridad. El presupuesto es que las medidas sean comunes y procedan por correspondencia y homogeneidad. De ahí que la única solidaridad posible sea la que se da entre iguales: su concreción más cabal está en la solidaridad entre trabajadores.” (de Sousa Santos, 2004, p.8). Finalmente, el espacio-tiempo privilegiado es el del Estado-nación. “En este espacio-tiempo se consigue la máxima agregación de intereses (...).La economía alcanza su máximo nivel de agregación, integración y cohesión en el espacio-tiempo nacional y estatal que es también el ámbito en el que las familias organizan su vidas y establecen el horizonte de sus expectativas, o de la falta de las mismas. La obligación política de los ciudadanos ante el Estado y de éste ante aquéllos se define dentro de ese espacio-tiempo que sirve también de escala a las organizaciones y a las luchas políticas, a la violencia ^legítima y a la promoción del bienestar general. (...)Por último, el espacio-tiempo nacional y estatal es el espacio señalado de la cultura en cuanto conjunto de dispositivos identitarios que fijan un régimen de pertenencia y legitiman la normatividad que sirve de referencia a todas las relaciones sociales que se desenvuelven dentro del territorio nacional; desde el sistema educativo a la historia nacional, pasando por las ceremonias oficiales o los días festivos.” (de Sousa Santos, 2004, pp.8-9).
  El contrato social, sobre cuyos principios se asientan la sociabilidad y la política de las sociedades modernas, pretende crear un paradigma que produzca cuatro bienes públicos: legitimidad del gobierno, bienestar económico y social, seguridad e identidad colectiva. Los mismos sólo se realizan conjuntamente; son, en efecto, los “distintos pero convergentes modos de realizar el bien común”. Su consecución se proyectó, históricamente, a través de una basta constelación de luchas sociales. “De esta prosecución contradictoria de los bienes públicos, con sus consiguientes contractualizaciones, resultaron tres grandes constelaciones institucionales, todas ellas asentadas en el espacio-tiempo nacional y estatal: la socialización de la economía, la politización del Estado y la nacionalización de la identidad. La socialización de la economía vino del progresivo reconocimiento de la lucha de clases como instrumento, no de superación, sino de transformación del capitalismo.” (de Sousa Santos, 2004, p.10). Entre los hitos en el largo camino de la socialización de la economía destacan “la regulación de la jornada laboral y de las condiciones de trabajo y salariales, la creación de seguros sociales obligatorios y de la seguridad social, el reconocimiento del derecho de huelga, de los sindicatos, de la negociación o de la contratación colectivas” (de Sousa Santos, 2004, pp.10-11). En él, se fue reconociendo que la economía capitalista “no sólo estaba constituida por el capital, el mercado y los factores de producción sino que también participan de ella trabajadores, personas y clases con unas necesidades básicas, unos Intereses legítimos y, en definitiva, con unos derechos ciudadanos.” (de Sousa Santos, 2004, p.11). A su vez, la socialización de la economía influyó grandemente en la configuración de la segunda constelación institucional, a saber, la politización del Estado, proceso asentado en su capacidad reguladora de la economía y para la intermediación en los conflictos. “El desarrollo de esta capacidad asumió, en las sociedades capitalistas, principalmente, dos formas: el Estado de bienestar en el centro del sistema mundial y el Estado desarrollista en la periferia y semiperlferia del sistema mundial. A medida que fue estatalizando la regulación, el Estado la convirtió en campo para la lucha política, razón por lo cual acabó politizándose. Del mismo modo que la ciudadanía se configuró desde el trabajo, la democracia estuvo desde el principio ligada a la socialización de la economía. La tensión entre capitalismo y democracia es, en este sentido, constitutiva del Estado moderno”, cuya legitimidad estuvo siempre vinculada al modo en que resolvió esa tensión. (Ibidem). “El grado cero de legitimidad del Estado moderno es el fascismo: la completa rendición de la democracia ante las necesidades de acumulación del capitalismo. Su grado máximo de legitimidad resulta de la conversión, siempre problemática, de la tensión entre democracia y capitalismo en un círculo virtuoso en el que cada uno prospera aparentemente en la medida en que ambos prosperan conjuntamente. En las sociedades capitalistas este grado máximo de legitimidad se alcanzó en los Estados de bienestar de Europa del norte y de Canadá.” (De Sousa Santos, 2004, pp.11-12).
  Finalmente, la nacionalización de la identidad cultural es el proceso mediante el que quedan territorializadas y temporalizadas las diferentes identidades de los distintos grupos, dentro del espacio-tiempo nacional. “La nacionalización de la identidad cultural refuerza los criterios de inclusión/exclusión que subyacen a la socialización de la economía y a la politización del Estado, confiriéndoles mayor vigencia histórica y mayor estabilidad.” (De Sousa Santos, 2004, p.12).
  Las tres constelaciones institucionales arriba señaladas tienen, sin embargo, dos límites, que sirven de contrapartida a las mismas: el primero es inherente a los propios criterios, por lo que “la inclusión siempre tiene como límite lo que excluye. La socialización de la economía se consiguió a costa de una doble des-socialización: la de la naturaleza y la de los grupos sociales que no consiguieron acceder a la ciudadanía a través del trabajo. Al ser una solidaridad entre iguales, la solidaridad entre trabajadores no alcanzó a los que quedaron fuera del círculo de la igualdad. De ahí que las organizaciones sindicales nunca se percataran, y en algunos casos sigan sin hacerlo, de que el lugar de trabajo y de producción es a menudo el escenario de delitos ecológicos o de graves discriminaciones sexuales y raciales. Por otro lado, la politización y la visibilidad pública del Estado tuvo como contrapartida la despolitización y privatización de toda la esfera no estatal: la democracia pudo desarrollarse en la medida en que su espacio quedó restringido al Estado y a la política que éste sintetizaba. Por último, la nacionalización de la identidad cultural se asentó sobre el etnocidio y el epistemicidio: todos aquellos conocimientos, universos simbólicos, tradiciones y memorias colectivas que diferían de los escogidos para ser incluidos y erigirse en nacionales fueron suprimidos, marginados o desnaturalizados, y con ellos los grupos sociales que los encarnaban.” (De Sousa Santos, 2004, pp.12-13).
  El segundo límite respecta a las desigualdades articuladas por el moderno sistema mundial. “Los ámbitos y las formas de la contractualización de la sociabilidad' fueron distintos según fuera la posición de cada país en el sistema mundial (...). “En la periferia y semiperiferia la contractualización tendió a ser más limitada y precaria que en el centro. El contrato siempre tuvo que convivir allí con el status; los compromisos no fueron sino momentos evanescentes a medio camino entre los pre-compromisos y los post-compromisos; la economía se socializó sólo en pequeñas islas de Inclusión situadas en medio de vastos archipiélagos de exclusión; la politización del Estado cedió a menudo ante la privatización del Estado y la casimundialización de la dominación política; y la identidad cultural nacionalizó a menudo poco más que su propia caricatura.” (De Sousa Santos, 2004, p.13).
1.2. El contrato social en crisis: postulación de su ampliación y adaptación en el siglo XXI
  El contrato social ha presidido la organización de la sociabilidad económica, política y cultural de las sociedades modernas. “Este paradigma social, político y cultural viene, sin embargo, atravesando desde hace más de una década una gran turbulencia que afecta no ya sólo a sus dispositivos operativos sino a sus presupuestos; una turbulencia tan profunda que parece estar apuntando a un cambio de época, a una transición paradigmática.” (ibidem).
  Su régimen común de valores no parece poder resistir la creciente fragmentación de una sociedad dividida “en múltiples apartheids y polarizada en torno a múltiples eges económicos, sociales, políticos y culturales. En este contexto, no sólo pierde sentido la lucha por el bien común, también parece ir perdiéndolo la lucha por las definiciones alternativas de ese bien. La voluntad general parece haberse convertido en un enunciado absurdo.” (De Sousa Santos, 2005, p.14). “Lo cierto es que cabe decir que nos encontramos en un mundo post-foucaultiano (lo cual revela, retrospectivamente, lo muy organizado que era ese mundo anarquista de Foucault). Según él, dos son los grandes modos de ejercicio del poder que, de modo complejo, coexisten: el dominante poder disciplinario, basado en las ciencias, y el declinante poder jurídico, centrado en el Estado y el derecho. Hoy en día, estos poderes no sólo se encuentran fragmentados y desorganizados sino que coexisten con muchos otros poderes. El poder disciplinario resulta ser cada vez más un poder indisciplinario a medida que las ciencias van perdiendo seguridad espistemológica y se ven obligadas a dividir el campo del saber entre conocimientos rivales capaces de generar distintas formas de poder. Por otro lado, el Estado pierde centralidad y el derecho oficial se desorganiza al coexistir con un derecho no oficial dictado por múltiples legisladores fácticos que, gracias a su poder económico, acaban transformando lo fáctico en norma, disputándole al Estado el monopolio de la violencia y del derecho. La caótica proliferación de poderes dificulta la identificación de los enemigos y, en ocasiones, incluso la de las víctimas.” (Ibidem).
  Los valores de la modernidad –justicia, igualdad, libertad, solidaridad, subjetividad, autonomía-, junto con sus antinomias, perviven, pero los mismos están sometidos a una “creciente sobrecarga simbólica: vienen a significar cosas cada vez más dispares para los distintos grupos y personas, al punto que el exceso de sentido paraliza la eficacia de estos valores y, por tanto, los neutraliza.” (Ibidem).
  “La turbulencia de nuestros días resulta especialmente patente en el sistema común de medidas.” El autor portugués señala que hay una “turbulencia por la que atraviesan las escalas con las que hemos venido identificando los fenómenos, los conflictos y las reacciones. Como cada fenómeno es el producto de las escalas con las que lo observamos, la turbulencia en las escalas genera extrañamiento, desfamiliarización, sorpresa, perplejidad y ocultación: la violencia urbana es un ejemplo paradigmático de esta turbulencia en las escalas. Cuando un niño de la calle busca cobijo para pasar la noche y acaba, por ese motivo, asesinado por un policía o cuando una persona abordada por un mendigo se niega a dar limosna y, por ese motivo, es asesinada por el mendigo estamos ante una explosión imprevisible de la escala del conflicto: un fenómeno aparentemente trivial e Inconsecuente se ve correspondido por otro dramático y de fatales consecuencias.” (De Sousa Santos, 2004, p.15). según parece, “nuestras sociedades están atravesando un periodo de bifurcación, es decir, una situación de inestabilidad sistémica en el que un cambio mínimo puede producir, imprevisible y caóticamente, transformaciones cualitativas.” Así pues, “la turbulencia de las escalas deshace las secuencias y los términos de comparación y, al hacerlo, reduce las alternativas, generando impotencia o induciendo a la pasividad. (...)La constante transformación de la perspectiva se da igualmente en las tecnologías de la información y de la comunicación donde la turbulencia en las escalas es, de hecho, acto originario y condición de funcionamiento. La creciente inter-actividad de las tecnologías permite prescindir cada vez más de la de los usuarios de modo que, subrepticiamente, la inter-actividad se va deslizando hacia la Inter-pasividad.” (De sousa Santos, 2004, pp.15-16).
  Por último, el espacio-tiempo nacional está perdiendo su primacía frente a la creciente competencia de los espacios-tiempo global y local. “El espacio-tiempo nacional estatal se configura con ritmos y temporalidades distintos pero compatibles y articulables: la temporalidad electoral, la de la contratación colectiva, la temporalidad judicial, la de la seguridad social, la de la memoria histórica nacional, etc. La coherencia entre estas temporalidades confiere al espacio-tiempo nacional estatal su configuración específica. Pero esta coherencia resulta hoy en día cada vez más problemática en la medida en que varía el impacto que sobre las distintas temporalidades tienen los espacios-tiempo global y local.” Lo que ocurre es que “aumenta la importancia de determinados ritmos y temporalidades completamente incompatibles con la temporalidad estatal nacional en su conjunto.” (De Sousa Santos, 2004, p.16). A este respecto, de Sousa Santos mencionará, especialmente, dos de dichos fenómenos, de gran actualidad: “el tiempo instantáneo del ciberespacio, por un lado, y el tiempo glacial de la degradación ecológica, de la cuestión indígena o de la biodiversidad, por otro.” (Ibidem). El tiempo instantáneo de los mercados financieros hace inviable cualquier deliberación o regulación por parte del Estado. El freno a esta temporalidad instantánea sólo puede lograrse actuando desde la misma escala en que opera, la global, es decir, con una acción internacional. El tiempo glacial, por su parte, es demasiado lento para compatibilizarse adecuadamente con cualquiera de las temporalidades nacional-estatales. De hecho, las recientes aproximaciones entre los tiempos estatal y glacial se han traducido en poco más que en intentos por parte del primero de canibalizar y desnaturalizar al segundo. Basta recordar el trato que ha merecido en muchos países la cuestión indígena o, también, la reciente tendencia a aprobar leyes nacionales sobre la propiedad intelectual e industrial que inciden sobre la biodiversidad.” (De Sousa Santos, 2004, pp.16-17).
  “Pero donde las señales de crisis del paradigma resultan más patentes es en los dispositivos funcionales de la contractualización social. A primera vista, la actual situación, lejos de asemejarse a una crisis del contractualismo social, parece caracterizarse por la definitiva consagración del mismo. Nunca se ha hablado tanto de contractualización de las relaciones sociales, de las relaciones de trabajo o de las relaciones políticas entre el Estado y las organizaciones sociales. Pero lo cierto es que esta nueva contractualización poco tiene que ver con la idea moderna del contrato social. Se trata, en primer lugar, de una contractualización liberal individualista, basada en la idea del contrato de derecho civil celebrado entre individuos y no en la idea de contrato social como agregación colectiva de intereses sociales divergentes. El Estado, a diferencia de lo que ocurre con el contrato social, tiene respecto a estos contratos de derecho civil una intervención mínima: asegurar su cumplimiento durante su vigencia sin poder alterar las condiciones o los términos de lo acordado. En segundo lugar la nueva contractualización no tiene, a diferencia del contrato social, estabilidad: puede ser denunciada en cualquier momento por cualquiera de las partes. (...) En tercer lugar, la contractualización liberal no reconoce el conflicto y la lucha como elementos estructurales del contrato. Al contrario, los sustituye por el asentimiento pasivo a unas condiciones supuestamente universales e Insoslayables. Así, el llamado consenso de Washington se configura como un contrato social entre los países capitalistas centrales que, sin embargo, se erige, para todas las otras sociedades nacionales, en un conjunto de condiciones ineludibles, que deben aceptarse acríticamente, salvo que se prefiera la implacable exclusión. Estas condiciones ineludibles de carácter global sustentan los contratos individuales de derecho civil.” Todas estas razones prueban que “la nueva contractualización no es, en cuanto contractualización social, sino un falso contrato: la apariencia engañosa de un compromiso basado de hecho en unas condiciones impuestas sin discusión a la parte más débil, unas condiciones tan onerosas como ineludibles. Bajo la apariencia de contrato, la nueva contractualización propicia la renovada emergencia del status”  (De Sousa Santos, 2004, p.18). “El status posmoderno es el contrato leonino.” (Ibidem).
  La crisis de la contractualización moderna es puesta de manifiesto en el actual predominio estructural de los procesos de exclusión sobre los de inclusión. “Estos últimos aún perviven, incluso bajo formas avanzadas que combinan virtuosamente los valores de la modernidad, pero se van confinando a unos grupos cada vez más restringidos que imponen a grupos mucho más amplios formas abismales de exclusión.” Dicho predominio se presenta bajo dos formas aparentemente opuestas: el post-contractualismo y el pre-contractualismo. “El post-contractualismo es el proceso mediante el cual grupos e intereses sociales hasta ahora incluidos en el contrato social quedan excluidos del mismo, sin perspectivas de poder regresar a su seno. Los derechos de ciudadanía, antes considerados inalienables, son confiscados. (...)El pre-contractualismo consiste, por su parte, en impedir el acceso a la ciudadanía a grupos sociales anteriormente considerados candidatos a la ciudadanía y que tenían expectativas fundadas de poder acceder a ella.” (De Sousa Santos, 2004, p.19). Aunque la diferencia estructural entre ambas formas es clara, a menudo el discurso político las confunde; “a menudo se presenta como post-contractualismo lo que no es sino pre-contractualismo. Se habla, por ejemplo, de pactos sociales y de compromisos adquiridos que ya no pueden seguir cumpliéndose cuando en realidad nunca fueron otra cosa que contratos-promesa o compromisos previos que nunca llegaron a confirmarse. Se pasa así del pre- al post-contractualismo sin transitar por el contractualismo.” (ibidem). En verdad, las exclusiones generadas por el pre- y el post-contractualismo “tienen un carácter radical e ineludible, hasta el extremo en que los que las padecen se ven de hecho excluidos de la sociedad civil y expulsados al estado de naturaleza, aunque sigan siendo formalmente ciudadanos. En nuestra sociedad posmoderna, el estado de naturaleza está en la ansiedad permanente respecto al presente y al futuro, en él inminente desgobierno de las expectativas, en el caos permanente en los actos más simples de la supervivencia o de la convivencia.” (De Sousa Santos, 2004, p.20).
 La crisis del contrato social viene siendo provocada por las transformaciones que, directa o indirectamente, atraviesan a los tres dispositivos señalados más arriba –la socialización de la economía, la politización del Estado y la nacionalización de la identidad cultural-, por lo que de Sousa Santos denomina el consenso liberal, en el cual convergen cuatro consensos básicos: el primero es el consenso económico neoliberal o consenso de Washington, referente a la organización de la economía global, el cual promueve la liberalización de los mercados, la desregulación, la privatización, el recorte del gasto social, “la reducción del déficit público y la concentración del poder mercantil en las grandes empresas multinacionales y del poder financiero en los grandes bancos transnacionales.” (ibidem). El segundo consenso es el del Estado débil, ligado al primero. “Para este consenso, el Estado deja de ser el espejo de la sociedad civil para convertirse en su opuesto. La debilidad y desorganización de la sociedad civil se debe al excesivo poder de un Estado que, aunque formalmente democrático, es inherentemente opresor, ineficaz y predador por lo que su debilitamiento se erige en requisito ineludible del fortalecimiento de la sociedad civil. Este consenso se asienta, sin embargo, sobre el siguiente dilema: sólo el Estado puede producir su propia debilidad por lo que es necesario tener un Estado fuerte capaz de producir eficientemente, y de asegurar con coherencia, esa su debilidad. El debilitamiento del Estado produce, por lo tanto, unos efectos perversos que cuestionan la viabilidad de las funciones del Estado débil: el Estado débil no puede controlar su debilidad.” (De Sousa Santos, 2004, p.21). El tercer consenso es el consenso democrático liberal, “la promoción internacional de unas concepciones minimalistas de la democracia erigidas en condición que los Estados deben superar para acceder a los recursos financieros internacionales. (...) El consenso democrático liberal descuida la soberanía del poder estatal, sobre todo en la periferia y semiperiferia del sistema mundial, y percibe las funciones reguladoras del Estado más como incapacidades que como capacidades.” (ibidem). Por último, el consenso liberal contempla un cuarto consenso básico, el de la primacía del derecho y de los tribunales. Se trata de un modelo que “confiere absoluta prioridad a la propiedad privada, a las relaciones mercantiles y a un sector privado cuya funcionalidad depende de transacciones seguras y previsibles protegidas contra los riesgos de incumplimientos unilaterales. Todo esto exige un nuevo marco jurídico y la atribución a los tribunales de una nueva función, mucho más relevante, como garantes del comercio jurídico e instancias para la resolución de litigios: el marco político de la contractualización social debe ir cediendo su sitio al marco jurídico y judicial de la contractualización individual. Es ésta una de las principales dimensiones de la actual judicialización de la política.” (De Sousa Santos, 2004, p.22).
  “El trabajo fue, en la contractualización social de la modernidad capitalista, la vía de acceso a la ciudadanía”, mediante la extensión a los trabajadores de los derechos civiles o políticos, o por la conquista de nuevos derechos propios, como el derecho al trabajo. “La creciente erosión de estos derechos, combinada con el aumento del desempleo estructural lleva a los trabajadores a transitar desde el estatuto de ciudadanía al de lumpen-ciudadanía.” (Ibidem).
  Ya sea por medio del pre-contractualismo o del post-contractualismo, la intensificación de la lógica de exclusión crea nuevos estados de naturaleza: “la precariedad y la servidumbre generadas por la ansiedad permanente del trabajador asalariado respecto a la cantidad y continuidad del trabajo, la ansiedad de aquellos que no reúnen condiciones mínimas para encontrar trabajo, la ansiedad de los trabajadores autónomos respecto a la continuidad de un mercado que deben crear día tras día para asegurar sus rendimientos o la ansiedad del trabajador ilegal que carece de cualquier derecho social.” (De Sousa Santos, 2004, pp.22-23). Por otro lado, cuando el consenso neoliberal habla de estabilidad, lo hace en detrimento de la inestabilidad de las personas, refiriéndose a las expectativas de los mercados, nunca a las de aquellas.
  Por todo lo anterior, el autor señala que se vive una crisis de tipo paradigmático, un cambio de época, lo que algunos autores han llegado a denominar desmodernización o contra-modernización.
1.3. El fascismo societal
  Lo que emerge, fruto del consenso liberal, es lo que, a partir de aquí, el autor llamará “fascismo societal”, afirmando que “No se trata de un regreso al fascismo de los años treinta y cuarenta. No se trata, como entonces, de un régimen político sino de un régimen social y de civilización.” (De Sousa Santos, 2004, p.26). Éste es un fascismo que “no sacrifica la democracia ante las exigencias del capitalismo sino que la fomenta hasta el punto en que ya no resulta necesario, ni siquiera conveniente, sacrificarla para promover el capitalismo.” (ibidem).
  Las principales formas de este nuevo fascismo, de la sociabilidad fascista, son: el fascismo del apartheid social, “la segregación social de los excluidos dentro de una cartografía urbana, dividida en zonas salvajes y zonas civilizadas.” (ibidem). El segundo es el fascismo del Estado paralelo; éste se caracteriza tanto por una acción estatal distanciada del derecho positivo, como por la utilización de una doble vara en la medicción de dicha acción, una para las zonas salbajes y otra para las civilizadas. En estas últimas, el Estado actúa democráticamente, como Estado protector, mientras que en las salvajes actúa de modo fascista, como Estado predador, “sin ningún propósito, ni siquiera aparente, de respetar el derecho.” (de Sousa Santos, 2004, p.27). La tercer forma de fascismo societal es el fascismo paraestatal, “resultante de la usurpación, por parte de poderosos actores sociales, de las prerrogativas estatales de la coerción y de la regulación social. Usurpación, a menudo completada con la connivencia del Estado, que o bien neutraliza o bien suplanta el control social producido por el Estado. El fascismo paraestatal tiene dos vertientes destacadas: el fascismo contractual y el fascismo territorial.” (Ibidem). “La cuarta forma de fascismo societal es el fascismo populista. Consiste en la democratización de aquello que en la sociedad capitalista no puede ser democratizado (por ejemplo, la trasparencia política de la relación entre representantes y representados o los consumos básicos). Se crean dispositivos de identificación inmediata con unas formas de consumo y unos estilos de vida que están fuera del alcance de la mayoría de la población.” (De Sousa Santos, 2004, p.28). Una quinta forma es el fascismo de la inseguridad, que consiste en “la manipulación discrecional de la Inseguridad de las personas y de los grupos sociales debilitados por la precariedad del trabajo o por accidentes y acontecimientos desestabilizadores.” (Ibidem). La sexta forma es el fascismo financiero.
1.4. Sociabilidades alternativas
  Ante los riesgos devenidos de la crisis del contrato social, es imperioso buscar nuevas alternativas de sociabilidad que neutralicen y prevengan dichos riesgos y abran el camino a nuevas posibilidades democráticas.
  Se trata de un desafío teórico-práctico complejo, ya que el consenso liberal y la sociabilidad fascista a la que da lugar, desorganizan y confunden a los actores, de modo en que no sólo se torna dificultoso definir al enemigo, sino que la propia resistencia y las reivindicaciones emancipadoras se enfrentan a la dificultad de tener que redefinir también a favor de qué y de quién se resiste. “Esta reivindicación debe reclamar, en términos genéricos, la reconstrucción y reinvención de un espacio-tiempo que permita y promueva la deliberación democrática.” (De Sousa Santos, 2004,p.33).
  Primero, hay que señalar que no basta con sugerir alternativas; éstas a menudo o suelen ser irrealistas, y por ello desacreditadas como utópicas, o cuando han sido más realistas, por ello son susceptibles de ser cooptadas por aquellos cuyos intereses podrían verse negativamente afectados por las mismas. Entonces, como afirma el autor, necesitamos un “pensamiento alternativo sobre las alternativas.” (ibidem). En segundo lugar, hace falta concebir y construir una epistemología crítica y situada, cuya trayectoria desde un punto de ignorancia a un punto de saber, equivale a partir del caos para llegar al orden en el análisis; una que “tenga como punto de ignorancia el colonialismo y como punto de llegada la solidaridad”, un conocimiento como emancipación (ibidem). “El paso desde un conocimiento-como-regulación a un conocimiento-como-emancipación no es sólo de orden epistemológico, sino que implica un tránsito desde el conocimiento a la acción.” Gracias a lo cual, el autor esboza el segundo de sus principios de la reinvención de la deliberación democrática: propone que, desde ahora, centremos la atención “en la distinción entre acción conformista y acción rebelde, esa acción que, siguiendo a Epicuro y Lucrecio denomino acción-con-clinamen.” Mientras que la acción conformista es aquella que reduce el realismo a lo meramente existente, la acción rebelde debe ser –e inspirarse en- una acción con clinamen. “Clinamen es la capacidad de desvío atribuida por Epicuro a los átomos de Demócrito: un quantum inexplicable que perturba las relaciones de causa-efecto. El clinamen confiere a los átomos creatividad y movimiento espontáneo. El conocimiento-como-emancipación es un conocimiento que se traduce en acciones-con-clinamen.” (De Sousa Santos, 2004, pp.33-34). Se vuelve imperioso un pensamiento turbulento, que sepa responder a este período de escalas en turbulencia; la acción con clinamen se define así no solamente como una acción creativa y espontánea, sino también como “la acción turbulenta de un pensamiento en turbulencia. (...) Este pensamiento puede redistribuir socialmente la ansiedad y la inseguridad, creando así las condiciones para que la ansiedad de los excluidos se convierta en motivo de ansiedad de los incluidos hasta conseguir hacer socialmente patente que la reducción de la ansiedad de unos no se consigue sin reducir la ansiedad de los otros.” (De Sousa Santos, 2004, p.34). Por último, el tercer principio consiste en pensar la reinvención de espacios-tiempo que consigan promover la deliberación democrática, en contrapartida al fascismo societal, que divide y disgrega a la sociedad en zonas salvajes y zonas civilizadas.
  Estos principios definen, en general, parte de la exigencia cosmopolita de reconstruir el espacio-tiempo de la deliberación política. El objetivo final consiste en la construcción y concreción de un nuevo contrato social, muy diferente al de la modernidad, que deberá ser mucho más inclusivo, contemplando en su interior no ya sólo a los hombres y a los grupos sociales, sino que incluya, además, a la naturaleza; asimismo, será uno mucho más conflictivo, que tendrá que seguir criterios tanto de igualdad como de diferencia; en tercer lugar, no puede quedar limitado él mismo, como hasta entonces lo era, limitado al espacio-tiempo nacional, sino que ha de incluir los espacios-tiempo local, regional y global; finalmente, este nuevo contrato no se basa en una distinción clara y tajante entre Estado y sociedad civil, economía, cultura y política, o entre público y privado: “la deliberación democrática, en cuanto exigencia cosmopolita, no tiene sede ni forma institucional específicas.” (De Sousa Santos, 2004, p.35). Y, ante todo, debe poder neutralizar la lógica de la exclusión impuesta tanto por el pre-contractualismo como por el post-contractualismo, allí donde dicha lógica resulta más virulenta, a través de dos cuestiones, el redescubrimiento democrático del trabajo y el Estado como novísimo movimiento social.
  El redescubrimiento democrático del trabajo depende de tomar en cuenta tres condiciones: la reconstrucción social de la economía, mediante un aumento en los flujos de trabajadores de las periferias al centro, para reducir la competencia internacional entre trabajadores, así como promover medidas que desnacionalicen la ciudadanía de los inmigrantes, garantizando tanto la igualdad como el respeto de la diferencia, transformando el reparto del trabajo en un reparto multicultural de la sociabilidad. La segunda implica el reconocimiento, para su inter-complementación, del polimorfismo del trabajo, es decir de las diversas formas que ha venido adquiriendo el mundo del trabajo, irreductible a las que tomara, por ejemplo, en el fordismo. La ercera consiste en la separación entre trabajo productivo y economía real, por una parte, y capitalismo financiero o economía de casino, por la otra, lo cual implica a su vez la puesta en ejercicio de regulaciones al poder financiero mismo. Asimismo, el sindicalismo tiene que revalorizar y reinventar la tradición de solidaridad y reconstruir sus políticas sociales antagónicas, para ampliar así su abanico de solidaridad y adaptarse para responder a las nuevas condiciones de exclusión social y de explotación. Deberá ser “un sindicalismo más político, menos sectorial y más solidario; un sindicalismo con un proyecto integral de alternativa de civilización, en el que todo esté relacionado: trabajo y medio ambiente, trabajo y sistema educativo, trabajo y feminismo, trabajo y necesidades sociales y culturales de orden colectivo, trabajo y Estado de bienestar, trabajo y tercera edad, etc. En suma, su acción reivindicativa debe considerar todo aquello que afecte a la vida de los trabajadores y de los ciudadanos en general.” (De Sousa Santos, 2004, p.42). Por su parte, cuando el autor se refiera a repensar al Estado como un “novísimo movimiento social” va a concebir al mismo como un campo ampliado de lo social, rechazando tanto las concepciones liberales como las de raigambre marxista del Estado. Nos enfrentamos así a que “bajo la denominación "Estado" está emergiendo una nueva forma de organización política más amplia que el Estado: un conjunto híbrido de flujos, organizaciones y redes en las que se combinan y solapan elementos estatales y no estatales, nacionales y globales. El Estado es el articulador de este conjunto.” (De Sousa Santos, 2004, p.43). Es de esa manera que los bienes públicos son objeto de luchas y negociaciones permanentes, no ya producidos por el Estado, sino coordinados en red por él desde distintos niveles de superordenamiento. Esta nueva organización política no tiene centro: “la coordinación del Estado funciona como imaginación del centro.” (Ibidem).
  Si la democracia entendida hasta ahora como democracia representativa ya no sirve para responder a la actual crisis de la contractualización debido al consenso liberal introducido poco a poco en su interior de diversas formas, ésta debe transformarse en una democracia que sea, además de representativa, sobre todo participativa. Para lograr tal propósito, “el Estado experimental debe (...) asegurar no sólo la igualdad de oportunidades entre los distintos proyectos de institucionalidad democrática, sino (...) unas pautas mínimas de inclusión que hagan posible una ciudadanía activa capaz de controlar, acompañar y evaluar la valía de los distintos proyectos.” (De Sousa Santos, 2004, p.49).
2. Algunas críticas a la postura de de Sousa Santos
  El análisis del sociólogo portugués resulta, sin duda, esclarecedor a la luz de las actuales problemáticas que quedan por resolver en el presente y futuro inmediato, tanto global como regional y localmente. En él, las visiones de corte contractualista son puestas a prueba de los problemas histórico-políticos del contexto internacional; su nueva concepción acerca del Estado es clave tanto para comprender el papel jugado en la política, entendida como lucha por la hegemonía de los intereses de grupos sociales en pugna, por los Estados de bienestar y desarrollistas, así como para reapropiarnos de lo que de útil y práctico tuvieron, hasta su virtual desintegración entre los 80 y 90, con la consolidación de las teorías neoliberales de la economía, la política y la cultura. Supo demostrar cómo el neoliberalismo se introdujo engañosamente en el discurso político y en los planes de contención sociales de los últimos decenios.
  Es sin embargo criticable su balance de cómo el espacio-tiempo nacional y estatal ha venido siendo desplazado por otros, como el instantáneo tiempo digital de Internet, o el glacial tiempo del medio ambiente. Pero, como cualquiera puede comprobar hoy en día, las nuevas tecnologías y los nuevos desarrollos en red a través de las mismas han servido –y siguen sirviendo- a un “novísimo movimiento social”, aunque voluble y complejo, como tienden a decantarse y a transformarse en una novísima forma de hacer política o, incluso, como una novísima forma de lo político en tanto tal. Y, por extensión, tanto reorganizan lo político como las formas culturales, de la comunicación social, de la participación colectiva y de la interacción humana, por lo cual la crisis de tipo paradigmático pasa por ser, hoy más que nunca, y con el retorno de los regímenes conservadores en la región latinoamericana, más una situación de quiebre o de dislocación, del contrato social, moderno o ampliado.
  Por otra parte, la reinvención teórico-práctica del espacio-tiempo social tiene sus dificultades, tanto de orden comprensivo como en su momento de aplicación real. Si a nivel teórico, se nos exige un conocimiento emancipador que tanto parta de un caos epistemológico como arribar a un supuesto orden del saber situado, lo cual implica, al menos hasta cierto punto, ir declinando la creatividad y espontaneidad de la acción social y política, la “acción-con-clinamen” a los nuevos criterios de ordenación y organización de dicho conocimiento, por más igualitarista y respetuoso de la diferencia que sea. En definitiva, lo que se pretendía como “acción turbulenta de un pensamiento en turbulencia”, debe ceder su lugar a un “pensamiento organizado para una acción ordenada”. En lo que al orden práctico se refiere, sigue predominando la guía teórica por sobre la acción práctica, con el detalle de que el sujeto de la emancipación se mueve entre aquel asignado, significantemente, a los trabajadores, y sus organizaciones sindicales, incluyendo a los movimientos sociales en la concepción ampliada del Estado como Estado experimental, en una más amplia experimentación política, postulación provisional, creemos, de un paradigma político y social nuevo; aún así, el papel de los movimientos sociales sigue sin ser definido, o es reducido a su tensión, agónica o antagónica, con el campo estatal, o se lo pone en simetría con los mismos movimientos sindicales, sin conseguir diferenciarlos.
  Es interesante revisar y destacar la redefinición del concepto de Estado, que podríamos desglosar en los siguientes tres enunciados: 1) el Estado, como reflejo de la sociedad civil, es el espacio-tiempo último de la disputa política y del cambio social; 2) el Estado experimental, como lugar fundamental –y casi podríamos decir fundante- de una práctica más amplia, denominada experimentación política, es una herramienta o instrumento disputado por los sectores en pugna, ya sea para su utilización antidemocrática y antipopular por las corporaciones financieras y las elites, siendo su resultado el Estado predador y su correlato jurídico, económico y social la sociabilidad fascista, ya para su empoderamiento, igual de instrumental, popular y democrático, por los que, hasta entonces, estaban excluidos, es decir fuera, declarados en “régimen de muerte civil”, negados e invisibilizados por el contrato social, pero cuya meta final no es tanto redefinir y adquirir nuevos derechos, como lo sigue siendo, aún en su versión ampliada por la deliberación democrática, su inclusión en un contrato social materialmente conflictivo y en permanente ampliación, pero formalmente estático y basado todavía en la idea del contractualismo moderno del paso del estado de naturaleza al estado civil, con su consiguiente tensión permanente. Y 3) como “componente del espacio público no estatal”, el Estado podría definirse como el límite del campo de lo público frente al mundo privado individual, y como contratara a la ciudadanía como límite privado e individual al campo público, definido y delimitado en principio por el Estado.
  Si, como en alguna parte dice el autor, el Estado resurge hoy bajo una serie de prácticas que exceden al Estado en su seno y que, por lo tanto, incluyen también al campo público no estatal, y si afirma además que el nuevo Estado de bienestar debe coordinar desde distintos niveles de superordenamiento la producción del bien común, en conjunto con los diferentes actores y movimientos no estatales, ello implica que la posibilidad de seguir concibiendo al mismo Estado como instrumental o herramienta se torna problemático, ya que su misma existencia como significante vacío en la disputa por su significado, vuelve factible de introducir el dilema neoliberal –la autoproducción de su propia debilidad, en contraposición con su fuerte presencia como mecanismo administrativo para la eficiencia de los mercados- nuevamente en su interior. Si la desorganización y puesta en crisis del viejo contrato social moderno, y su transformación en mero contrato civil e individual, tornaba difícil identificar tanto contra quienes y qué se resistía y a favor de qué y de quiénes, ello gracias a la sobrecarga simbólica de los valores de la modernidad en tanto que significantes vacíos, no dejan de serlo, por su relación con los mismos, los elementos que sirven de base para la nueva práctica política en tanto conocimiento para la emancipación, es decir el Estado y la democracia.
  No por nada habla el autor de –y por ello titula su libro- reinventar la democracia, reinventar el Estado: la primera, en tanto que desplazando su carácter formal y representativo por las nuevas formas participativas de la ciudadanía; el segundo, recuperando el sentido que tuvo para las teorías del Estado de bienestar y desarrollistas. Pero la exigencia de reinvención de ambos términos sigue siendo problemática (si bien de Sousa Santos acabe cruzando “democracia” y “revolución” afirmando que se tiene que democratizar la revolución y, entonces, revolucionar la democracia ). El racionalismo epistémico de su planteamiento vuelve sospechosa la invitación del autor portugués a desplazar las epistemologías imperantes en las ciencias sociales y de la política de origen eurocéntrico, etnocidas y epistemocidas, por una epistemología de las emergencias, que sigue buscando diferenciar el caos del orden en el seno de su concepción metodológica, reduciéndolos a momentos en el conocimiento. ¿Quién podría esperar que el caos epistemológico tendiera a organizarse o a desaparecer después del momento de orden? ¿Por qué deberíamos, una vez comprendida la necesidad de abandonar esquemas epistemológicos eurocéntricos, colonialistas y antipopulares, continuar sosteniendo una concepción cientificista del nuevo hacer-saber sobre el cual basáremos las nuevas perspectivas sobre el quehacer humano de nuestros pueblos y nuestras colectividades? En otras palabras, ¿deberemos seguir concibiendo las problemáticas sociales y políticas desde supuestas ciencias sociales y de la política, o tendremos que abandonar los afanes de llamar ciencia a los nuevos saberes y conocimientos que pujamos por crear? Si es menester que una acción turbulenta sea la base para un pensamiento turbulento, su carácter espontáneo, que los define, no puede quedar mensurado a la razón política. Falta una articulación autónoma desde las mismas periferias y semiperiferias, que no sólo han de refutar, rebatir, disputar y deconstruir los saberes y conocimientos hegemónicos y etnocéntricos, también es imperioso que, si quieren –y si también nosotros queremos- acabar con la contractualización del consenso liberal o neoliberal, con sus retornos al régimen de la jerarquía y del status, y neutralizar y disolver las diferentes formas de fascismo societal, construir, crear y pensarse desde su interior, llámense los resultados epistemología, conocimiento o sistema, pero que, en definitiva, siguen teniendo al predominio del rasgo teórico sobre el práctico como obstáculo para llevar a feliz realización todas sus intenciones. En cambio, pensamos que teoría y práctica son dos expresiones o lados de una misma cosa, fenómeno, situación o ser, en la acción en tanto que combinación de un hacer y de un actuar particulares, en la teoría en tanto que su comprensión de la conexión de ese hacer con aquel actuar, de ciertas acciones con ciertas circunstancias, de ciertos principios con ciertas consecuencias, de ciertos discursos con determinados contextos de su producción, reproducción, distribución, recepción y respuesta por otros discursos y contextos equivalentes, etc.
  Si la repolitización –que podríamos llamar también repoliticidad o repolítica- de las prácticas de los movimientos sociales, culturales y políticos, de la que habla Boaventura de Sousa Santos se sostiene en lo que él llama experimentación política, también se la puede contraponer con otra postulación de dicha repolitización, como por ejemplo la teorización de la exposición política que, en diferentes textos y momentos, utiliza la filósofa feminista queer estadounidense Judith Butler, en obras como Vida precaria: el poder del duelo y la violencia, o en Cuerpos aliados y lucha política: hacia una teoría performativa de la asamblea. Centrando su análisis más en las historias particulares –ya sea individuales o colectivas- de experiencias complejas, la autora se refiere a la necesidad de reconocernos como seres que cohabitamos un mundo precario en constante vulnerabilidad, distribuida la misma subrepticiamente por el poder soberano y la gobernabilidad del grupo de poder que se encuentre en el gobierno y, por lo tanto, como seres corporeizados e interdependientes, expuestos cada vez que actuamos en pos de nuestra libertad de reunión a la violencia institucional, incluso a la posibilidad de la muerte. La espontaneidad que se da cada vez que el pueblo ejerce su derecho a la aparición en el espacio público, en la asamblea o en una marcha por derechos, o para oponerse a determinadas políticas o a determinado gobierno, o al mismo Estado, para poner o deponer a un gobierno, para disolver a un Estado, etc.
  Si en el caso de la exposición política, la teoría impera por sobre la práctica, ello es merced al reconocimiento de que la teoría se da y se construye conjunta y simultáneamente, con la práctica.
  Más que en una sociabilidad fascista y pluralista, que divide a la sociedad civil en zonas salvajes y zonas civilizadas, mi perspectiva es que vivimos en un estado de excepción, es decir, en una situación en la cual la política como práctica legítima, y ésta a su vez como exigencia y ejercicio de la acción humana tanto para la convivencia como para su rechazo, en el conflicto y en el consenso, ha desaparecido del seno del sistema capitalista, así como para sus actuales detentadores en el gobierno nacional, que practican una suerte de despolítica, una despolitización o despoliticidad del mundo público, que podríamos denominar provisionalmente desfantocracia –es decir un término que designa tanto la desaparición de un poder como la legitimidad o legitimación de algún otro para desaparecerse a sí mismo o para desaparecer a otros-, creando campos donde el derecho está ausente en su ejercicio, y donde ciertos sectores y poblaciones objetivo quedan por fuera de la ley, habilitando la violencia institucional. Una democracia que contempla en su interior su propia suspensión, en casos excepcionales, como una crisis económica o política, para su propia conservación, cada vez que las calles, pública o privativamente, se convierten en campos de lucha y de disputa agónica y antagónicamente, con la emergencia de nuevas formas de la acción política, social y cultural, que han llegado a disolver, en ciertos casos, la diferenciación entre lo público y lo privado, coincidiendo en este punto con de Sousa Santos. Nuestra tarea, sin embargo, implica no sólo reconocer estos problemas, sino también responsabilizarnos de nuestra propia condición como seres interdependientes y expuestos, dar lugar a los excluidos como a los incluidos, poniéndolos en igualdad de condiciones, así como de reconocer y responsabilizarnos del goce y de su carácter de exceso, otro de los rasgos constitutivos, como su ser político e histórico, del ser humano, sin desmerecer, en su reconocimiento jurídico y político a los grupos disidentes, las diversidades sexuales, los pueblos originarios y las comunidades naturales –plantas, animales, por ejemplo-, dejándoles decidir a ellos bajo qué criterios, con qué discursos, en qué lenguas, con qué nombres y con qué derechos se incluyan o no al contrato, comunitario, democrático y popular, debatiendo entre todes si siguen siendo la forma y el contenido de un contrato social, moderno o ampliado, las aristas necesarias, suficientes y justas para la turbulenta y mutante colectividad del presente, tanto global y regionalmente, pero que debemos comenzar desde lo local, en nuestras propias periferias y semiperiferias, ya sea para erigir un nuevo universal parcial, ya para pararnos al mismo nivel de otros particulares, disputando la hegemonía del plural y abierto campo de lo político, en un mundo vivo y despierto.
  Bibliografía:
  Agamben, Giorgio. Estado de excepción. Homo sacer II. Traducción de Flavia Costa e Ivana Costa. Buenos Aires: Adriana Hidalgo editora. 2005.
  Agamben, Giorgio et al. Democracia, ¿en qué Estado? Traducido por Matthew Gajdowskí. Buenos Aires: Prometeo Libros. 2010.
  Butler, Judith. Cuerpos aliados y lucha política: hacia una teoría performativa de la asamblea. Traducción de María José Viejo. Bogotá: Editorial Planeta Colombiana S.A. 2017.
  _____________ Vida precaria: el poder del duelo y la violencia. Buenos Aires: Paidós. 2006.
  De Sousa Santos, Boaventura. Reinventar la democracia, reinventar el Estado. Quito: Ediciones Apya-Yala. 2004.



[1] Trabajo final para el curso Filosofías para la emancipación, dictado por el prof. Sebastián Artola, realizado en COAD, Rosario, entre el 4 de junio y el 10 de septiembre de 2019.

viernes, 26 de abril de 2019

Los límites del neoliberalismo: ¿por qué no al camino macrista?

El pasado domingo 21 de abril, con las elecciones municipales, provinciales y presidenciales a la vuelta de la esquina, Viviana Canosa le hizo una nota en la TV Pública a Mauricio Macri, quizás con la esperanza la una de respuestas, el otro de repuntes en las encuestas para su candidatura. De más está decir que la entrevista, arreglada como estuvo, fue todo un fiasco. Incluso, cuando la periodista, con sus sesgos evidentemente oficialistas, no pudo evitar interrogar al presidente sobre la pobreza en el país, su respuesta fue de lo más deplorable, al punto que los espectadores no supimos si se trataba de una broma de mal gusto o de un diálogo de sordos: en efecto, cuando a Macri le preguntó qué podía decir acerca de la actual situación nacional y local que gran parte de la población sufre en la pobreza, el presidente tuvo la desfachatez de responder que, en todo caso, los chicos pobres que van a la escuela, tienen que agradecerle a él y a su camarilla de ladrones, que pueden caminar sobre calles pavimentadas y que ya no conviven más con la mierda. Traducción: en otras palabras, que el pavimento de la calle, aún no siendo comestible, podría ser alimento para los pobres. Cuando, casi finalizando la entrevista, la periodista le preguntó hacia dónde vamos si él fuese reelecto, respondió que el camino económico actual, el único posible según su mirada, es el correcto; "cuando la gente piensa en la Argentina, piensa en China y en Estados Unidos", dijo. Traducción: cuando los sectores medios, y algunos intelectuales, tanto nacionales como extranjeros, piensan en la Argentina, se imaginan un país que guarda ciertas similitudes con la República Popular China, un país con rasgos claramente imperialistas, donde la saga dinástica y monárquica del viejo imperio ha sido reemplazada, secuencialmente, por un paradigma republicano liberal primero -de 1912 a 1925-, por la Revolución de Xinhay de Sun Yatsen, reemplaza ésta a su vez por un nacionalismo fascista, el ejercido por Zhang Kayzhek, y, finalmente, por el régimen comunista, cuyos únicos años de relativa cercanía con su pueblo fue de cortísima duración, de 1950 a 1966, cuando, con el Salto Adelante de 1953 primero y la Revolución Cultural de 1963-69 después, acabó por quedar cristalizado y se degradó al puro militarismo y la dictadura de partido único. Finalmente, y desde 1976, con la muerte de Mao, desde entonces hasta 1997, y de ahí hasta la actualidad, Deng Xiaoping llevó a China lo que acabó por denominarse capitalismo mixto, que es solo un nombre elusivo y estéticamente rentable para un régimen totalitario, donde el imperialismo económico, la élite del partido comunista y los grandes empresarios, confluyen para oprimir, como ya es clásico para un pueblo con más de tres mil años de historia, a sus habitantes, que no tienen derechos garantizados. Y Estados Unidos: un país que, gobernado hoy en día por Trump, soporta un régimen que ya nadie sabe bien qué nombre ponerle, populismo de derecha, fascismo, racismo yanky, pero en el cual el complejo tecnológico-mediático-militar-imperialista encuentra, si no su representante más acérrimo, al menos su mejor excusa para que nadie siga pensando que bajo su rostro se esconden otros intereses, con un muro al sur del país que solo aumenta las presiones internacionales a su alrededor.
Ahora, por otra parte, y por falta de tiempo, no nos dedicaremos a esbozar los orígenes del neoliberalismo, que en un futuro todo aquel que se digne llamarse a sí mismo intelectual comprometido con la realidad de la región estará obligado a realizar, pero si ahora nos dedicamos a esbozar sus límites, es porque entre estos y sus orígenes, una fina línea separa a ambos, a saber que los orígenes hablan de una arqueología o genealogía del pasado al presente, mientras sus límites deben mostrar, concomitantemente, cómo el presente no está lejos del futuro.
Si hemos llegado a pensar que mecanismos e instrumentos propios de los regímenes dictatoriales, autoritarios y totalitarios del siglo XX confluyen y resurgen, sintomáticamente, en el actual régimen de gobierno neoliberal, ello se debe a cómo la violencia económica, racial, social y política, por ejemplo, se manifiesta tanto desde los miembros y la estructura de la coalición gobernante, en el PRO y Cambiemos, como desde sus voceros intelectuales y mediáticos, con diferentes poblaciones objetivo: los pueblos aborígenes, el peronismo, las izquierdas, los trabajadores, los docentes de la educación pública, comerciantes y empresarios de PIMEs, entre otras, con una rama del paradigma biopolítico, a saber, la necropolítica, que arroja a la muerte sistemática a los sectores sociales que no pueden subsistir por sí mismos. No es lo mismo sobrevivencia que supervivencia; todo ser viviente, vegetal, animal o humano, nace en el mundo con ciertas condiciones y capacidades de supervivencia; tanto en la naturaleza como en la sociedad humana, deben estar aseguradas condiciones mínimas para la mínima supervivencia, lo que Aristóteles llamaba los bienes exteriores, ya que para el filósofo, para que un hombre pudiera alcanzar la virtud y ser virtuoso, para poder ejercer sus virtudes morales e intelectuales, primero necesitaba tener asegurados bienes exteriores como alimento, vestimenta o familia, por ejemplo. Pero sin medios que aseguren condiciones mínimas de supervivencia, a todo ser viviente lo único que le queda es sobrevivir, ya sea porque su medio de subsistencia se ve amenazado por la alteración natural o artificial de su entorno, porque una catástrofe medioambiental o social y económica lo arroja a la arbitrariedad de una realidad incontrolable, a la lucha por la vida y por la misma subsistencia. Y cuando esto ocurre, no hay selección natural o lucha por la especie que valga para justificar una catástrofe económica, social, cultural y política como lo representa el neoliberalismo de Cambiemos. Ello sin ignorar, por supuesto, otros regímenes cercanos espacial e ideológicamente al del macrismo, como el impulsado en sus diferentes fases tras el golpe al gobierno de Dilma Roussef en Brasil, primero por la gestión títere de Michel Temer, ahora por una especie de neofascismo por Bolsonaro; un retorno del conservadurismo en Chile o el mismo régimen racista y panamericanista e imperialista de Donald Trump desde Estados Unidos.
Por fuerza es imperioso buscar los orígenes de este retorno regional de los regímenes conservadores, que también en Europa expande sus tentáculos. Ya no se trata de explicar qué ocurrió o quiénes lo llevaron a cabo, sino del por qué y el cómo, el de dónde y desde cuándo. Tiene Cambiemos, sus orígenes, sus filiaciones, creemos, que en el pensamiento revanchista de la libertadora del 55, la doctrina económica y de seguridad nacional de la última dictadura cívico-militar del 76, así como en el golpe de mercado del 89 al alfonsinismo y los principios económicos, políticos y culturales del menemismo de los 90, con su consolidación durante el gobierno de De la Rúa entre el 99 y el 2001. Pero también implica haber fundido en su seno elementos tanto de dictaduras y democracia, por no ser, en su aplicación, efectivamente ni una democracia plena, porque lo es solo de forma, siendo la misma vaciada de su sentido y principios tradicionales, ni tampoco, a pesar de adoptar sus mecanismos represores contra marchas populares mediante la instrumentalización del aparato policial, una dictadura, porque ha suspendido de hecho, aunque quizás no de derecho, las garantías y libertades constitucionales. pero si hecho y derecho ya no son distinguibles, si legalidad e ilegalidad, legitimidad e ilegitimidad ya no son contrapuntos opuestos de disyunciones equivalentes y válidas, sino solo expresiones contradictorias de otra cosa cuyo nombre se desconoce y cuyas categorías suelen ignorarse, lo que queda es un estado de excepción, a saber, un estado de cosas en el cual lo legal, la constitución, los códigos y sus leyes subordinadas, están suspendidos en su aplicación, quedando inoperantes, siendo convertidos en puras formas de ley, mientras se aplica y surge en una especie de reglamentación arbitraria y momentánea, una fuerza de ley, en forma de decretos discrecionales. Un estado de excepción que queda revestido por nombres tales como estado de necesidad o de urgencia, mientras el pueblo y la oposición buscan hacer patente el estado mismo de excepción como estado de emergencia: emergencia alimentaria, económica, ambiental, tarifaria y social.
Empero, si la famosa grieta que el gobierno ha querido imponer en el imaginario social y cultural en los últimos tres años y medio va diseminándose en su cada vez más improbable confirmabilidad, como una pura categoría de política imaginaria, por otra parte, las marchas populares y las voces de intelectuales y opositores han intentado detener la violencia estatal y gubernamental que el gobierno utiliza para denostar y violentar derechos de la población. Una población política y económicamente expuesta, rebelada contra su precarización; invisibilizada pero que, mientras algunos pujan por su desaparición real y virtual, otros -y el pueblo mismo en su conjunto- luchan por su derecho a reaparecer y repolitizar los espacios públicos.
El neoliberalismo, que en su crítica por izquierda pero también en su aplicación, desde la derecha en el poder, muestra sus límites: formador de subjetividades atomizadas y de sujetos emprendedores de sí mismos, con paradigmas económicos que reducen los intercambios humanos a su absorción total por los mercados financieros, que no es más mercantilista sino que se ha vuelto mercadista, ya no hay para él capitalismo mercantil, como había durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, sino una lógica financiera sostenida en los discursos del marketing, para el cual la vida ya no vale nada, mientras vivir se torna imposible y absolutamente irrentable, demasiado cara la vida para seguir siendo digna, demasiado caro vivir, a menos que se acepte vivir sobreviviendo en condiciones de miseria. 
 Recuerda la aptitud del presidente, tomada por algunos periodistas e intelectuales del propio stablishment como infantil, a aquella particular promesa de campaña durante 2015 de que, cuando se equivocase, escucharía a los demás para corregirse a sí mismo. Sócrates y Confucio habrían admirado semejante aptitud, sino fuese que tal declaración habría de resultar ser falsa. En efecto, en sus Analectas, dice Confucio: «Un caballero que carece de gravedad no tiene autoridad y lo que ha aprendido es superficial. (...) Cuando comete una falta no tiene reparos en corregirla.» (Confucio, 1997, 1.8). Y en otra parte, dice: «En los asuntos del mundo, un caballero no tiene una posición predeterminada: adopta la posición que es justa.» (Confucio, 1997, 4.10). Sobre un discípulo que llevaba más dinero del que realmente necesitaba (arroz en la Antigua China), se dice que Confucio comentó: «Siempre he oído que un caballero ayuda a los necesitados, no que haga aún más ricos a los ricos.» (Confucio, 1997, 6.4). Incluso llegó a decir: «Un caballero debería avergonzarse si sus obras no están a la altura de sus palabras.» (Confucio, 1997, 14.27). Sí, es cierto que Confucio también justificaba al despotismo ilustrado y monárquico de su época, afirmando que los que ocuparan cargos públicos y en el gobierno central no tendrían que hacerlo por su nacimiento, sino por sus virtudes en el conocimiento, la benevolencia y el respeto a sus semejantes, al tiempo que estos siempre se hallarían, necesariamente, por encima del vulgo, pero lo que queremos recalcar aquí es la falsedad -o mala fe, si se admite que Macri declaró aquello en su campaña, es decir que realizó un acto declarativo y performativo, discursivo de habla- de la declaración del presidente, ya que un error es factible de ser corregido y quien se equivoca puede corregir su error sabiendo en qué se equivocó, y continuar adelante; Macri, en cambio, no se equivocó; su único error, quizás, sea el presentarse para ser reelecto, pero se trata de una mala táctica electoral, donde es la ineficacia de la acción la que se muestra errónea, no la buena o la mala fe de quien la realiza. Macri no se equivoca, vino a hacer "lo que hay que hacer", es decir, vino a representar con su voz y sus decretos, con sus declaraciones públicas y sus medidas, los intereses neoliberales, imperialistas y colonialistas de la élite que lo ayudó a llegar al poder. no es culpa de sus votantes, los cuales fueron sistemáticamente engañados en su mayor parte; al menos no de los votantes que lo votaron de buena fe; es responsabilidad de Macri y de todos los que colaboraron con él para que haya durado todo el tiempo que duró en el gobierno. Logró su efecto, ya que convenció a la suficiente cantidad de votantes de la población para que le dieran su voto, pero dichos votantes ignoraban la intención de Cambiemos, excepto por aquellos que, advertidos por los medios, intelectuales y partidos peronistas, de la izquierda o con memoria del 2001, que quedaron recortados de la ecuación del oficialismo.
Pero los límites -espacio-temporales, políticos, económicos y culturales- del neoliberalismo macrista también expresan los de otro ideal económico-político, a saber, el liberalismo clásico. Hay una disputa en el liberalismo contemporáneo desde la filosofía entre Rawls y Nozick; el primero aboga por un orden social liberal, sí, pero con un reparto equitativo -justicia social- de los recursos entre la población, junto con una normativa acorde con dicho orden social, mientras el segundo imagina que la asociación libre entre dos o más individuos, en cualquier época y lugar, daría paso a un liberalismo total, en el cual cualquier grupo de personas podría estar dispuesto a tomar cualquier decisión, ya que unos preferirían tomar determinado modelo económico o político, mientras otros no, etc. Por otra parte, y saltándose el ideal de Adan Smitz de una sociedad donde la mano invisible esté equilibrada con cierta solidaridad mutua entre los individuos, solidaridad que solamente podría darse de forma efectiva entre burgueses con el mismo nivel económico, ya que bien sabido es que, incluso entre dos personas que negocian el precio de un producto a ser empeñado, subastado o revendido en el mercado hay intereses en lucha, Carl Schmmmit criticaba al parlamentarismo liberal de su época, ya que el tiempo que se tarda en tomar una decisión a través de una cámara legislativa suele ser mucho más largo que el que lleva tomar decisiones por fuera, por lo cual los presidentes en el poder ejecutivo así como los dictadores y dirigentes totalitarios siempre han conseguido poner en práctica sus ideas y disposiciones antes que los congresos tuvieran el tiempo necesario para decidirse a apoyarlos o no. Macri no solamente no respeta a la oposición y se asegura de representar intereses de dominación sobre el pueblo argentino, resulta que también traiciona los principios liberales tras su propio partido, cuya posición liberal de origen le impediría precipitarse a declarar o decretar decisiones no aprobadas simultáneamente por el congreso nacional, así como sus nociones republicanas, porque vuelve inoperantes a las leyes, disponiendo en su lugar decretos excepcionales cuya única apariencia de tales se denota, apenas, en sus predicados discursivos, puro poder soberano y disciplinario.
El "único camino posible" que, según Cambiemos, nos permite "estar en el mundo" se prueba, así, no solo como falaz y antipopular, heredero de la última dictadura cívico-militar y títere de los intereses de instituciones como el FMI o la CIA, sino, además, como un mal camino, cruel y antidemocrático, que salva únicamente a sus promotores, los financistas y exportadores, mientras excluye y mata sistemáticamente al resto de la población. Un camino ante el cual alternativas como el peronismo nacional y popular, los movimientos social-libertarios, los partidos de la nueva izquierda o les intelectuales feministas y de otros grupos en defensa de la diversidad de los géneros, no puede ni conectarse, ni dialogar, mucho menos mantenerse en funcionamiento, a menos que ello implique su imposición forzada por encima de cualquier otra propuesta económica, política, jurídica, social y cultural de rasgos populares.
Si Franz Hinkelammert piensa al neoliberalismo de los 90 como un totalitarismo de mercado, en el caso macrista, como en otros de rasgos conservadores del resto de la región, algunos intelectuales de la centro izquierda y del peronismo -como Santiago Cúneo o Jorge Beinstein-, por ejemplo- coinciden en calificarlo de régimen mafioso que, a modo del nazismo y el stalinismo, como al de los líderes del narco contemporáneo, tiene en sus manos el control de una determinada población, extensible indefinidamente en el espacio y el tiempo según sus capacidades de dominio territorial. Hitler, por ejemplo, duplicó todos los ministerios y cargos diplomáticos durante el nazismo, por lo cual existían, simultáneamente, una embajada del Estado alemán y una embajada del partido nazi; Macri ha hecho esto una vez, con el ministerio de economía, el cual fue transformado en dos ocasiones, siendo ampliado a ministerio de economía y finanzas en la primera, con una tercera ampliación a ministerio de economía, finanzas y deportes de la nación, en la segunda. Su particular forma de desplazar funcionarios de ministerios a presidencias del Banco Central, sus notas y conferencias idénticas en su contenido, en las cuales la separación de la realidad y la producción sistemática de un relato ficcional para explicar la situación nacional del dólar y de la inflación, por mencionar solamente algunas de las decisiones del presidente y de sus allegados, son similares y hasta equivalentes a veces, con decisiones afines en los regímenes antes mencionados. El asesinato y desaparición forzada de Santiago Maldonado, así como la desacreditación de la complicidad con el Reino Unido en el hundimiento a punta de misil del Ara San Juan, la represión ya cotidiana y automática de la policía a las marchas populares, son formas en las que mecanismos de terrorismo de Estado resurgen como herramientas de legitimación de la violencia de un régimen en el cual capitalismo financiero, autoritarismo político y control mediático, persecución política, judicial y mediática a opositores, así como la insensivilización del gobierno nacional hacia los reclamos populares, se encarna lo peor de la antipolítica de la élite argentina. Aunque, si es cierto lo que algunos ya anuncian, de continuar las cosas como están, lo peor aún no ha llegado; una vieja frase de eslóganes de las promociones a Bariloche de otros tiempos nos viene a la mente: "no hay alegría sin dolor, y todavía falta lo mejor", que se transforma en la explicitación de un mensaje similar, oculto por el anterior, a saber: "ya no queda alegría sino dolor, y todavía falta lo peor".
Si denunciar lo que ocurre y a quienes ejercen los dispositivos de su legitimación ya no basta, la acción colectiva conjunta del pueblo, la oposición y los intelectuales populares es indispensable para articular la denuncia con la práctica del activismo social; teoría y acción ya no han de ser pensadas como fases de un pensamiento, sino que deben mostrarse como dos caras o modos del mismo impulso originario y creativo del pueblo, con su responsabilidad ciudadana en juego, para que no deje a la suerte de la buena fe su voto, sino que exija y obligue, como lo hace el contrato implícito de cualquier elección, al próximo gobierno, como lo hace con el actual, a que cumpla sus promesas y que, a su vez, haga cumplir en justicia de sus votantes las penas y procesos necesarios para retraer la deuda externa y devolverle a les argentines su capacidad de compra y poder adquisitivo, repuntando al país en su consumo interno, la reapertura de sus fábricas y el relanzamiento de sus industrias, así como del trabajo.
Bibliografía recomendada: la lista de títulos es incalculable, y no alcanzaría el breve espacio del que dispongo ahora -ni del tiempo- para anotarlos. Sin embargo, véanse, tentativamente, los siguientes: La sociedad excluyente y Debates latinoamericanos, de Maristella Svampa. El Estado burocrático autoritario de Guillermo O'Donnell, Socialismo, autoritarismo y democracia, de Alain Touraine y otros autores. De Roberto Esposito, Bíos. Biopolítica y filosofía, Inmunitas, y Comunitas. de Michel Foucault, Vigilar y castigar, El nacimiento de la biopolítica, El gobierno de sí y de los otros I y II, La verdad y las formas jurídicas, y Obrar mal, decir la verdad. De Giorgio Agamben y otros, Democracia en qué estado; del mismo autor, estado de excepción, El poder soberano y la nuda vida, Stasis: la guerra civil como paradigma político, Qué es un campo, y Qué es un dispositivo. De Judit Butler, Vida precaria. El poder del duelo y la violencia, Marcos de guerra: las vidas lloradas, Violencia de Estado, guerra, resistencia. Por una nueva política de la izquierda, y Cuerpos aliados y lucha política. Hacia una teoría performativa de la asamblea. Crítica de la víctima de Daniele Giglioli, Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt, Horrorismo de Adriana Cavarero, Qué es un genocidio de martín Shaw, ESMA: Fenomenología de la desaparición de Claudio Martiniuk, Por que: La rápida agonía de la Argentina kirchnerista y la brutal eficacia de una nueva derecha, de José Natanson, Vida de perro: del 55 a macri. Conversaciones con Diego Schluart, de Horacio Vervitski. De Carl Schmitt, La dictadura, y El concepto de lo político. De Slavoj Zizek, Bienvenidos al desierto de lo real, Pedir lo imposible, Primero como tragedia, después como farsa, Problemas en el paraíso, y Viviendo en el final de los tiempos. De Ernesto Laclau, La razón populista, y Debates y combates. De Chantal Mouffe, El retorno de lo político, En torno a lo político, y La paradoja democrática. De Antonio negri y Michael Hardt, Imperio, Multitud. Guerra y democracia en la era del imperio; de Antonio Negri y otros, Diálogo sobre la globalización, la multitud y la experiencia argentina, y Guías. Cinco lecciones en torno a Imperio. De Atilio Borón, Estado, democracia y capitalismo en América Latina, Imperio e imperialismo, Socialismo siglo XXI. ¿Hay vida después del neoliberalismo?, y Tras el búho de Minerva. Historia mínima del neoliberalismo de Fernando Escalante Gonzalbo, Breve historia del neoliberalismo de David W. Harvey, Después del liberalismo de Immanuel Wallerstein, Filosofía política del poder mediático y Crítica del neoliberalismo de José Pablo Feinmann. De Franz J. Hinkelammert y Henry Mora Jiménez, Hacia una economía para la vida; de Franz J. Hinkelammert, Democracia y totalitarismo, Dialéctica del desarrollo desigual, Quieren el mercado total. El totalitarismo del mercado, Teología del mercado total, y La vida o el capital. El grito del sujeto vivo y corporal frente a la ley del mercado. De Enrique Dussel, 14 Tesis de ética, 16 Tesis de economía política, 20 Tesis sobre política, Filosofías del sur y descolonización, Hacia una filosofía política crítica, Política de la liberación I. Historia mundial y crítica, Política de la liberación II. La arquitectónica, y Seminario: El orden ontológico-político. Las dictaduras argentinas. Historia de una frustración nacional de Alejandro Horowitz, Macri: orígenes e instalación de una dictadura mafiosa de Jorge Beinstein, Endeudar y fugar: un análisis de la historia económica argentina de martínez de Hoz a Macri de Eduardo Basualdo, Golpe en Brasil de Varios Autores, Cadáver Exquisito de Agustina Bazterrica, El hombre rebelde y Escritos libertarios de Alber Camus. De Néstor García Canclini, Consumidores y ciudadanos, Culturas híbridas, Diferentes, desiguales y desconectados, El mundo entero como lugar extraño, Imaginarios urbanos, y La sociedad sin relato. De Rita Laura Segato, La crítica de la colonialidad en ocho ensayos y una antropología por demanda, La nación y sus otros, Las estructuras elementales de la violencia, y Las nuevas formas de la guerra y el cuerpo de las mujeres. De Noam Chomsky, El nuevo humanismo militar, Estados fallidos, Miedo a la democracia, y con Michel Foucault, Justicia VS. poder: un debate. De Tzvetan Todorov, El nuevo desorden mundial, La conquista de América, La experiencia totalitaria, y Los enemigos íntimos de la democracia. De Achille Mbembe, Crítica de la razón negra, y Necropolítica. De la necropolítica neoliberal a la empatía radical, de Clara Valverde Jesaell, La intimidad como espectáculo y ¿Redes o paredes? La escuela en tiempos de dispersión, de Paula Sibilia, Crisis y utopía en el siglo XXI 
de Félix Rodrigo Mora, El Estado en la historia de Gastón Leval, El nacimiento del Estado de Quentin Skinner. De Pierre Bourdieu, Campo de poder, campo intelectual, Intervenciones políticas, Sobre el Estado, y Sobre la televisión. De Zigmunt Bauman, Retrotopía, En busca de la política, Extraños llamando a la puerta, La globalización. Consecuencias humanas, Miedo líquido, Modernidad líquida, Trabajo, consumismo y nuevos pobres, Vida de consumo, Vida líquida, Vidas desperdiciadas, con David Lyon, Vigilancia líquida, y con Leónidas Donskis, Ceguera moral. La pérdida de sensibilidad en la modernidad líquida. Pueblos expuestos, pueblos figurantes de Georges Didi-Huberman, Qué es un pueblo de Varios Autores. De Gilles Deleuze, Derrames entre el capitalismo y la esquizofrenia, y con Félix Guattari , Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Del propio Félix Guattari, La ciudad subjetiva y postmediática. La polis reinventada, Generación postalfa. Patologías e imaginarios en el semiocapitalismo, y La fábrica de la infelicidad. Nuevas formas de trabajo y movimiento global, de Franco Bifo Berardi . Crédito a muerte. La descomposición del capitalismo y sus críticos, de Anselm Jappe , La vida administrada: sobre el naufragio social de Juanma Agulles. De Gilles Lipovetsky, La sociedad de la decepción, Los tiempos hipermodernos, con Elvette Roix, El lujo eterno, con Herve Juvin, El occidente globalizado, y con Jean Serroy, La pantalla global. Decir no no basta de Naomi Klein, Planeta de ciudades miseria de Mike Davis, El hambre por Martín Caparrós, La derrota y la esperanza de Horacio González, Qué es el peronismo, de Alejandro Grimson, Fuerza de ley de Jacques Derrida, Para una crítica de la violencia y otros ensayos de Walter Benjamin, Populismo y psicoanálisis de Nora Merlín, Psicoanálisis extramuros de Silvia Bleichmar, Orizontes neoliberales en la subjetividad y Lacan en las lógicas de la emancipación, de Jorge Alemán, Escritos a contrapelo y Escritos contra teclado de Carlos Solero, Masa y poder de Elías Canetty, La silenciosa conquista china de Juan Pablo Cardenal y Heriberto Araújo, China: el imperio de las mentiras de Guy Sorman, La China de Mao y después de Maurice Meisner, China. Una nueva historia, por John King Fairbank, China. El despertar del dragón de Julio Díaz Vázquez , China: una revolución en agonía de Róbinson Rojas, China irrumpe en Latinoamérica: ¿dragón o panda? de Alfredo Jalife-Rahme, Economía para el 99% de la población y Qué fue del buen samaritano. Naciones ricas, políticas pobres, de Ha-Joon Chang, El capital en el siglo XXI, La crisis del capital en el siglo XXI y La economía de las desigualdades, de Thomas Piketty, entre otros.